La explosiva insatisfacción latinoamericana

Los estallidos sociales de gran magnitud que han convulsionado en las últimas semanas a Ecuador, Chile y Bolivia, más las masivas manifestaciones que vienen sucediéndose en Haití han sacudido América Latina, estremeciendo los gobiernos y en cierta medida, también el tejido social de dichos países. Estas movilizaciones no son un fenómeno exclusivo de América Latina. Regiones con contextos políticos tan diferentes como Líbano, Hong Kong o Cataluña, ilustran un fenómeno que no se limita a una determinada región.

De estas manifestaciones sobresalen tres características comunes. En primer lugar, la dimensión de las multitudes congregadas, si bien comparables a las de la primavera árabe al comienzo de la década donde las nuevas tecnologías facilitaron la acción colectiva, han tenido lugar en regímenes democráticos salvo las de Hong Kong. El segundo aspecto a destacar es que no son el resultado de convocatorias de líderes políticos opositores y que en general carecen de claros liderazgos, a pesar de que en algunos casos líderes opositores han apoyado las movilizaciones una vez que éstas comenzadas.

El tercer aspecto en común es que, si bien la amplia mayoría de los manifestantes ha participado de forma pacífica, la violencia de grupos radicales minoritarios ha sorprendido por su virulencia. Estos episodios tienen sus propios factores sociológicos explicativos. La anomia social no es desconocida de las sociedades modernas, especialmente en procesos de rápida transformación social. Si bien buena parte de estas acciones violentas indican un buen grado de organización, no hay hasta ahora evidencias, al menos en los casos latinoamericanos, de actuaciones con objetivos políticos partidarios. Solo un genuino y amplio descontento genera movilizaciones de tal magnitud, independientemente del grado de planificación y organización que puedan tener las diferentes agrupaciones.

Más allá de esas características comunes, las causas desencadenantes de estos estallidos sociales no son las misma, inclusive entre los países de América Latina. El descontento generalizado de los chilenos con el sistema económico de marcado perfil liberal vigente desde la dictadura militar, ya sea debido a la gran desigualdad o al enlentecimiento del crecimiento económico que venía experimentando el país, no se asemeja a la revuelta popular que sacudió Ecuador, producto del profundo malestar generado por un ajuste económico –en particular la eliminación del subsidio al combustible– que afectaba fuertemente la vida cotidiana de sectores sociales con gran capacidad de organización como los transportistas y las organizaciones indígenas que representan a los sectores menos favorecidos de la sociedad. Substancialmente diferente es el caso de las manifestaciones en Bolivia, motivadas por las sospechas de fraude en la reelección del presidente Evo Morales. Allí las protestas se desenlazaron después de situaciones confusas en el conteo de los votos en el contexto de una elección polarizada debido a la rocambolesca decisión judicial que permitió al presidente candidatearse a un cuarto período tras perder un plebiscito para habilitar ese objetivo. Las fuertes protestas en Bolivia muestran, como ya lo viene haciendo la masiva emigración de ciudadanos venezolanos, que la insatisfacción en América Latina es independiente a las ideologías.

En los tres casos, como en el resto de América Latina, a excepción de Uruguay, se trata de países con altos grados de desigualdad cuyas sociedades han sido tradicionalmente poco homogéneas a pesar de los avances de las últimas décadas. Chile y Bolivia, por ejemplo, están entre los 10 países que más rápido aumentaron los ingresos de la población pobre en el mundo en la presente década, según un informe reciente (2018) del Banco Mundial. Según la CEPAL, Chile tiene la segunda tasa más baja de pobreza en América Latina después de Uruguay. Y Bolivia y Ecuador están entre los que más han reducido la brecha salarial en la región. Pero a pesar de la mejora de los indicadores de pobreza previo a la caída de los precios de las materias primas, la paciencia parece haberse agotado con la persistente desigualdad.

la reducción de la desigualdad en las sociedades democráticas tiende a generar mayor indignación e impaciencia con la desigualdad persistente

Alexis de Tocqueivlle, el filósofo político francés del siglo XIX, argumentaba en su principal obra, Democracia en América (1835), que la reducción de la desigualdad en las sociedades democráticas tiende a generar mayor indignación e impaciencia con la desigualdad persistente, porque ésta se vuelve más notoria e intolerable. Las manifestaciones multitudinarias de Brasil en 2013, que pueden ser consideradas un precedente de las movilizaciones de estas últimas semanas en los países andinos, tuvieron lugar después de una década de continuo crecimiento y reducción de la desigualdad. Y curiosamente, en las manifestaciones de  Brasil de 2013, también se hablaba, como en Chile hoy, del “despertar” del país.

La desigualdad se vuelve aún más intolerable cuando se le suma el estancamiento o la desaceleración económica y se evidencia el retroceso de las mejoras que habían experimentado los sectores más pobres de la población. Esto es lo que ha pasado en América Latina en los últimos años tras la reducción del valor de sus materias primas, que continúan siendo sus principales fuentes de divisas. A esto se suma una fuerte disociación entre las elites políticas y las demandas de la mayor parte de la ciudadanía. Es evidente que los canales de comunicación institucionales no han funcionado de forma efectiva ya que la demandas no han sido escuchados debidamente por los gobernantes. No en vano, la percepción de que las elites políticas no gobiernan para la mayoría llega al 70% en la región, según datos del Latinobarómetro. Esa disociación quedó evidenciada en las equivocadas reacciones iniciales de los presidentes de los tres países en cuestión, contribuyendo con ello a amplificar el descontento social.

No es posible saber si este fenómeno va a continuar propagándose por más países de la región. Pero no es improbable que América Latina, quien tiene pendiente reducir más y con mayor celeridad las diferencias económicas, aumentar el crecimiento económico y diversificar la capacidad productiva entre otras demandas urgentes, esté iniciando un período de frecuentes convulsiones políticas. Sobre todo si las elites políticas siguen sin interpretar adecuadamente las demandas sociales y sin lograr acuerdos que hagan posible las reformas necesarias.

Foto de loco085 en Foter.com / CC BY-SA