Medios, política y clientelismo: una relación de amor y odio

La relación entre los medios de comunicación y la política en América Latina es fundamental en la historia reciente de nuestro continente. La mayoría de los países latinoamericanos tienen características políticas, sociales y mediáticas muy similares que parecen haber sido guiadas por una cultura política de matriz similar.

Países como Brasil, Argentina y México, entre otros, son estados federales con régimen presidencial; tienen poblaciones mestizas, forzadas o debido a migraciones históricas y recientes; han sido gobernadas por regímenes autoritarios por décadas; han pasado por procesos de transición democrática a finales del siglo XX; y tienen un sistema de medios concentrado.

Para entender este escenario y la medida en que se ha ido transformando el papel del periodismo, la autonomía de sus profesionales y los temas de regulación por parte del Estado, es necesario, en primer lugar, tener en cuenta la creciente concentración del mercado de los medios en la región, así como su (todavía) fuerte dependencia de la financiación pública. Lejos de considerar la información como una mercancía, un sistema de medios sujeto a la lógica del juego político, que utiliza la financiación pública como moneda de cambio para obtener una cobertura mediática favorable, nunca podrá dar vida a un periodismo verdaderamente independiente.

Observando las transformaciones a lo largo de los siglos XX y XXI, podemos afirmar que vivimos en culturas políticas basadas en el autoritarismo, baja participación política, desigualdad social y clientelismo por parte de empresas que, contradictoriamente, se declaran liberales en la economía pero que no han encontrado fórmulas para prosperar sin recurrir a la financiación pública.

La concentración de los medios, dependientes de la inversión pública, suprimieron la formación de un mercado libre, orientado al público y que cumpliera la función social del periodismo independiente.

Un sistema mediático concentrado como el de Brasil, Argentina y México, por citar a los líderes regionales, en un contexto de post-transición democrática, donde se produjo un mayor grado de pluralismo político sin que ocurriera lo mismo con los medios, generó un desequilibrio de poder entre el sistema político y mediático. La concentración de los medios, dependientes de la inversión pública, suprimieron la formación de un mercado libre, orientado al público y que cumpliera la función social del periodismo independiente. Las nuevas élites políticas elegidas por la vía electoral mantuvieron algunas prácticas que inhibieron un mercado de medios plural, libre y competitivo, así como un periodismo más profesional, reproduciendo la misma lógica autoritaria de los regímenes que los habían dominado décadas atrás.

Se puede decir que, debido a su naturaleza de negocios de patrocinio, los intereses de los grandes grupos no responden únicamente a intereses estrictamente mediáticos, y mucho menos periodísticos. La noticia es tratada como mercancía y el trabajo del periodista es precario, lo que le obliga a comportarse como un “funcionario” prescriptivo que necesita estar políticamente alineado con esto o aquello para no perder su trabajo. En los medios de comunicación locales, la situación es aún más preocupante, siendo muy común la acumulación de puestos trabajando de asesor en gabinetes y en redacciones a la vez.

Sin embargo, no es necesario adoptar un ideal de periodismo anglosajón que, aplicado en nuestro contexto, tiende a posicionar a América Latina en una situación de déficit en cuanto a la independencia de los medios y la calidad de la democracia. Cada contexto cultural tiene sus peculiaridades y prácticas consolidadas. Pero cuando los periodistas exigen más independencia es necesario utilizar como parámetro analítico el ideal del papel de la prensa como un “papel de guardián”, en el sentido de considerar al periodista como alguien que investiga e informa al público críticamente sobre la política, ejerciendo su trabajo con total independencia.

En esta línea, las redacciones necesitan dar autonomía y apoyo institucional al profesional, incluso cuando la situación es análoga a la lucha entre Goliat y el gigante. Casos reconocidos deben servir como ejemplos del modus operandi del periodismo en América Latina. Un buen ejemplo es el caso Watergate, un escándalo político de 1974 en Estados Unidos que culminó con la dimisión del entonces presidente Richard Nixon. Otro caso es el de Vaza-Jato en Brasil, que sacó a la luz la corrupción del Ministerio Público en la Operación Lava-Jato, así como los excesos del ex juez Sérgio Moro, ahora Ministro del Gobierno de Bolsonaro, que excedió su imparcialidad y se comportó como parte del procesamiento del ex Presidente Lula.

Entre los siglos XX y XXI, hemos pasado de un modelo inhibido en su labor informativa por regímenes políticos autoritarios a otro en el que, de diferentes maneras, los grupos políticos, económicos y el crimen organizado ejercen una fuerte presión sobre la independencia de una prensa más profesionalizada, pero aún clientelista en su relación con el Estado.

Si bien aún existen preocupaciones, se pueden observar avances. En la última década han surgido algunos factores que están configurando una nueva ecología mediática, en la que la facilidad de acceso a los medios de producción y difusión del conocimiento por parte de periodistas y ciudadanos, ha contribuido al nacimiento de modelos alternativos e independientes, más cercanos al ideal del periodista investigador. Paradójicamente, por otro lado, la falta de sistemas de control social, basados en la credibilidad consolidada de los profesionales de los medios de comunicación, ha dado lugar a aberraciones como los negocios y la práctica política de difundir “información de dudosa credibilidad”. A pesar de las numerosas críticas que se han hecho a los grandes medios de comunicación en las últimas décadas, han sido los principales muros de contención contra las noticias falsas por su credibilidad a pesar de su continua caída.

En los últimos años han surgido nuevos medios de comunicación, algunos con una verdadera vocación investigadora, algo poco frecuente y beneficiosa para el sistema de medios. A la vez, nuevos medios alternativos se han alineado con los intereses de los gobiernos y partidos, produciendo noticias que, en lugar de informar, entumecen al lector-ciudadano.

Aún existen muchas incertidumbres sobre el futuro del periodismo en América Latina, especialmente sobre su capacidad de (auto)financiación, sus modelos organizativos y su relación con los públicos. No está claro cómo el uso masivo de las redes sociales, por ejemplo, afectará la forma en que el material periodístico estará disponible en el futuro. Lo que no se puede perder de vista es la necesidad de debatir qué periodismo queremos y tener la voluntad de (re)construirlo.