Guías alimentarias: cuando la evidencia sin territorio se vuelve imposición

Lo que se presenta como consenso científico puede convertirse en un acto de poder cuando se aplica sin considerar los cuerpos, culturas y desigualdades que pretende ordenar.

Las guías alimentarias no son recetas universales, sino respuestas políticas y científicas a realidades concretas. Cuando se extrapolan sin una mediación crítica a otros países, dejan de orientar la salud pública y comienzan a reproducir desigualdades, silencios culturales y errores epidemiológicos. La nutrición, sin territorio, pierde sentido.

Las Dietary Guidelines for Americans 2025–2030 se presentan como un giro histórico. Su mensaje central es claro: volver a la “comida real” y reducir drásticamente el consumo de alimentos ultraprocesados. El diagnóstico que las sustenta es severo y honesto. Estados Unidos enfrenta una epidemia de enfermedades crónicas asociadas a su patrón alimentario predominante.

El documento reconoce que décadas de políticas nutricionales se basaron en evidencia incompleta. Muchos mensajes oficiales priorizaron los nutrientes aislados y desatendieron el efecto acumulado de los sistemas alimentarios industriales. La nueva narrativa propone corregir ese rumbo.

Hasta aquí, el planteamiento resulta razonable. Incluso necesario. El problema surge cuando estas guías comienzan a circular como modelo implícito en otras regiones. Ahí, la evidencia se descontextualiza. Y la nutrición se vuelve colonial.

Una guía coherente con su propia crisis

Las guías estadounidenses responden a una realidad muy específica. Un país con alta disponibilidad calórica, consumo masivo de ultraprocesados y una industria alimentaria altamente concentrada. Más del 70% de los adultos vive con sobrepeso u obesidad. La prediabetes afecta a una proporción creciente de adolescentes.

En ese contexto, priorizar la proteína, reducir los azúcares añadidos y limitar los aditivos químicos es una estrategia lógica. También lo es revisar el papel de los aceites industriales y las grasas refinadas, cuyo consumo se disparó con la industrialización del sistema alimentario.

El informe científico que sustenta las guías reconoce, además, las limitaciones metodológicas del pasado. Muchas asociaciones entre la dieta y la enfermedad provinieron de estudios observacionales, vulnerables a sesgos y a la confusión metabólica. Este reconocimiento es un avance importante.

Pero ese avance sigue siendo interno. Está pensado para corregir errores en el propio sistema estadounidense. No para ser exportado sin ajustes a realidades radicalmente distintas. La coherencia de una guía depende de su territorio. Fuera de él, puede convertirse en una distorsión.

Cuando la extrapolación borra la realidad

América Latina no enfrenta la misma crisis que Estados Unidos. En muchos países conviven la desnutrición crónica infantil, la anemia, la inseguridad alimentaria y la obesidad. Es la doble o la triple carga. No hay una epidemia homogénea de exceso calórico.Extrapolar guías diseñadas para reducir la abundancia puede hacer invisibles las carencias estructurales. Puede desplazar a los alimentos locales, subestimar las prácticas culturales y reforzar las dependencias comerciales. No es un problema técnico. Es un problema político.

La nutrición no ocurre en el vacío. Ocurre en cuerpos atravesados por la historia, la pobreza, el racismo y la desigualdad. Ocurre en territorios con biodiversidad propia, sistemas agrícolas locales y memorias culinarias que no caben en una pirámide importada. Desde una perspectiva decolonial, el conocimiento no es neutral. Cuando se impone sin diálogo, reproduce jerarquías. En el ámbito de la nutrición, eso se traduce en la deslegitimación de los saberes locales y en la homogeneización de las dietas. La evidencia sin contexto puede hacer daño. Incluso cuando se presenta como ciencia.

Referentes sí, copias no

Reconocer los límites de la extrapolación no implica rechazar el aprendizaje global. Las guías estadounidenses son un referente técnico. También lo son las de Brasil y de México, ampliamente reconocidas por su enfoque cultural y social.

Brasil decidió construir guías centradas en la comida, no en los nutrientes. Defendió la cocina, el acto de comer y la dimensión social de la alimentación. México integró su perfil epidemiológico y su relación histórica con los ultraprocesados. Estos países no copiaron modelos externos. Dialogaron con la evidencia global y la tradujeron a su realidad. Esa es la diferencia entre referencia y réplica.

Las guías alimentarias deben inspirar, no imponerse. Deben abrir preguntas, no cerrar debates. Cuando se replican sin adaptación, pierden legitimidad social y eficacia sanitaria. La alimentación saludable no se exporta en documentos. Se construye desde cada país, con su gente y su territorio.

Nutrición, soberanía y futuro

Las guías alimentarias son herramientas de poder. Definen qué se produce, qué se consume y qué se considera saludable. Por eso deben construirse con cuidado, participación y conciencia histórica.El propio informe estadounidense reconoce que la investigación debe reflejar “cómo comen realmente” las personas. Esa frase, aplicada a nuestra región, es una interpelación directa. Investigar desde nuestra realidad. Normar desde nuestros cuerpos. Decidir desde nuestro territorio.

América Latina necesita guías alimentarias soberanas. Basadas en evidencia, sí. Pero también en cultura, biodiversidad y justicia social. Guías que enfrenten la malnutrición en todas sus formas, no solo el exceso.

La ciencia nutricional no pierde rigor al territorializarse. Lo gana. Porque deja de hablar en abstracto y comienza a responder a vidas concretas. Las guías de otros países pueden orientar el camino. Pero no deben marcarlo. La alimentación, como la salud, no admite atajos coloniales. Y la nutrición del futuro no será universal. Será situada, diversa y profundamente política.

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Nutricionista por PUCE y Salubrista Público por USFQ, diploma en Políticas Públicas por FLACSO. Ha coordinado proyectos de salud reconocidos por OPS y trabajado como consultor internacional. Actualmente, es docente en PUCE, enfocado en nutrición comunitaria y salud pública.