Brasil, emblema de sociabilidad y alegría, enfrenta hoy una paradoja inquietante: millones de personas viven una soledad persistente que erosiona los vínculos.
La migración no es una “crisis” temporal: es una fuerza global que está reescribiendo fronteras, tensionando derechos y obligando a los Estados a elegir entre integración o exclusión.
El poder del "lobby" empresarial y la concentración extrema de la riqueza están profundizando la desigualdad y debilitando las bases sociales y democráticas, empujando a las economías hacia un riesgo creciente de fractura social.
Las relaciones humanas —más que el ingreso o los recursos materiales— emergen como un pilar decisivo del bienestar, revelando que la pobreza también se manifiesta en la fragilidad de nuestros vínculos y de la confianza social.
En medio de la polarización digital, pequeñas comunidades en redes sociales reinventan los rituales y crean vínculos afectivos mínimos que desafían la soledad contemporánea.
La región enfrenta una encrucijada: solo incorporando la resiliencia al desarrollo humano será posible proteger los logros alcanzados y avanzar en medio de la incertidumbre.