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Capitalismo verde: ¿solución ecológica o nueva dependencia?

El capitalismo verde se ofrece como salida a la crisis climática, pero corre el riesgo de reciclar, con otro lenguaje, las mismas desigualdades y dependencias de siempre.

La transición energética debe ser comprendida desde una perspectiva multiescalar, que abarque el complejo juego de intereses globales e internacionales que en ella convergen. Por ello, primero debemos situar la cuestión en un plano más amplio, el del orden mundial capitalista y las profundas desigualdades que lo constituyen, para luego recuperar la cuestión de los riesgos en torno de la dependencia externa.

¿Un capitalismo verde como alternativa a la crisis?

La situación mundial actual es de emergencia ecológica. Sin embargo, esta emergencia es una de las múltiples dimensiones de una crisis más amplia que afecta al propio orden capitalista globalizado, neoliberal, financiarizado y fósil. Lo que venimos viendo es una transformación de este orden en varios sentidos, entre ellos en sentido “verde”. Y esa transformación expresa un momento de adaptación, de acomodación del sistema con vistas a su reproducción.

En el centro de este giro verde se encuentra la transición energética que, en tanto expresión de la articulación de gobiernos, fondos de inversión, big techs y energéticas para la generación de fuentes de energía renovable, busca contribuir al fortalecimiento de un capitalismo que, desde 1970, a pesar del cada vez mayor desarrollo científico-tecnológico, se encuentra en una fase marcada por la tendencial de caída de la tasa de ganancia.

Esta tendencia ha sido agravada en las últimas décadas por los efectos prolongados de la crisis económico-financiera de 2008, la crisis sanitaria del Covid-19, conflictos bélicos como los de Ucrania y Gaza y los reiterados golpes de mano que viene asestando EE.UU. al orden internacional. Es decir, el deterioro económico, que ha puesto en evidencia las desigualdades de la globalización neoliberal, viene acompañado de una crisis medioambiental que se profundiza a cada segundo. Ante esto, algunos de los debates que se vienen proponiendo en el mundo occidental, como el Green New Deal, plantean que es posible llegar al desacoplamiento entre el crecimiento económico y el deterioro del medio ambiente a través (entre otros aspectos) de la transición hacia una matriz energética.

Esta transición se viene defendiendo como una “solución inevitable” ante el calentamiento global, que el año pasado batió récords y superó las previsiones. No hay duda de que la crisis climática afecta al mundo, pero la emergencia ecológica no se limita solo al cambio climático. En este sentido, no podemos pasar por alto el hecho de que, tal y como se plantea hoy en día, esta transición energética prioriza las dimensiones productiva y tecnológica en detrimento de transiciones ecosociales más amplias que favorezcan transformaciones estructurales.

O sea, más allá de pensar cómo producimos la energía y las fuentes alternativas (que es lo que prevalece bajo la perspectiva hegemónica), el desafío está en entender dónde y cómo la energía es consumida, así como los aspectos urbanísticos, culturales y alimentarios, más allá del tecnológico necesario para una transición justa. A través de defender la idea de una transición energética “neutra”, “técnica”, “despolitizada” y “desideologizada”, la narrativa hegemónica crea una falsa ilusión de “solución verde”. Una que no cuestiona los patrones de consumo y producción, ni el desplazamiento de los costos de la transición a los países del Sur, destinados a proveer las materias primas necesarias para el desarrollo tecnológico del Norte.

América Latina: ¿nuevo traje y misma dependencia?

Aunque los países de la región no representan ni el 8% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero, soportan la presión extractiva de los recursos naturales estratégicos y la sobreexplotación de la mano de obra, lo que refuerza la especialización productiva, la deforestación, la pobreza y la devastación socioambiental. Por lo tanto, lo que hay es una transición corporativa, tecnocrática y neocolonial.

Y es por medio del extractivismo exportador y de la dependencia tecnológica y financiera que esta transición garantiza el mantenimiento de las tradicionales condiciones de subordinación de la periferia latinoamericana. En lo que respecta al extractivismo exportador, las grandes potencias siguen tratando los territorios latinoamericanos como “zonas de sacrificio”. Estos se disputan, mediante inversiones o préstamos orientados a la explotación y exportación de recursos naturales, el acceso a “minerales críticos” esenciales para la producción de baterías e imanes de alto rendimiento, utilizados en vehículos eléctricos, torres eólicas y robótica industrial, pero también para tecnología militar avanzada y la explotación petrolera.

Si bien se considera que América Latina es un receptor privilegiado de financiamiento externo “verde”, que puede en alguna medida impactar positivamente las economías locales, hay que ser consciente del riesgo que implica el control de los recursos energéticos por parte de grupos y capitales extranjeros, así como la expansión de la frontera extractivista y de sus impactos socioambientales. Y lo que la experiencia viene mostrando es que faltan salvaguardas o mecanismos por parte de los Estados para proteger a las comunidades tradicionales y originarias de las empresas.

Además, hay una gran ausencia de transferencia de tecnología o de contratos que garanticen inversiones en desarrollo científico-tecnológico. Lo que hay es capacitación del personal que utilizará la tecnología importada. Y al pago de regalías por la tecnología importada se suman los préstamos para infraestructura y equipamiento. Por medio de esos préstamos, los países latinoamericanos acumulan deuda y avanzan hacia la austeridad fiscal, lo que a su vez limita la capacidad de los Estados para formular e implementar agendas sociales y climáticas más ambiciosas.

En suma, el debate y la reflexión en nuestra región deben ampliar sus horizontes más allá de la cuestión de subir al tren y aprovechar la demanda externa vinculada a la construcción de un supuesto capitalismo verde. Se deben discutir las vulnerabilidades, en términos de aceleración de la devastación ecológica y de dependencia externa. Pero también las oportunidades de desarrollar proyectos nacionales de autonomía estratégica a largo plazo que, en la medida de las posibilidades, se articulen regionalmente. Las salidas, hoy más que nunca, deben pensarse sobre bases integradas, soberanas, populares y justas.

Autor

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Profesor de la Escuela de Administración de la Universidad Federal de Rio Grande do Sul - UFRGS (Porto Alegre, Brasil). Doctor en Economía Política Internacional por la Universidade Federal do Rio de Janeiro (UFRJ).

Profesor e investigador de la Institución Universitaria Digital de Antioquia. Historiador, magíster en estudios políticos y Doctor en ciencias humanas y sociales de la Universidad Nacional de Colombia.

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