Hay un meme que circula desde hace semanas en redes sociales: un mapamundi dividido en tres grandes zonas de influencia encabezadas por China, Rusia y Estados Unidos que sintetiza con naturalidad una sensación cada vez más extendida: que las relaciones entre países ya no se basan en reglas claras o en consensos multilaterales sino que están sometidas a la batuta de liderazgos fuertes y autoritarios cada vez menos dispuestos a rendir cuentas, y que las decisiones relevantes se toman cada vez más lejos de los espacios donde operan los controles democráticos. Ante este escenario cabe preguntarse: ¿cómo deben reaccionar las democracias cuando el mundo se reorganiza sin ellas?
La vía de normalización de este nuevo escenario internacional tiene un efecto directo y negativo sobre el funcionamiento de la democracia. Incluso las democracias más arraigadas en América Latina y Europa asisten al auge de liderazgos autoritarios que encuentran legitimación en un entorno cada vez más tolerante con la concentración del poder y la ausencia de controles. Abundan discursos que reniegan de la separación de poderes, cuestionan el valor de los derechos civiles o presentan los contrapesos institucionales como obstáculos a la consecución de políticas de seguridad o crecimiento económico. Este desplazamiento reduce el horizonte de alternativas democráticas disponibles, al imponer lógicas de decisión cada vez más restringidas en las que gobernar con límites aparece como una desventaja frente a quienes prometen eficacia sin controles.

Cuando estas narrativas se asumen a escala global, también se amplía el margen para su reproducción en el ámbito interno, debilitando la capacidad de los países para imponer límites y defender reglas compartidas. Las democracias se enfrentan así al desafío de ofrecer alternativas creíbles antes de que estas derivas autoritarias se consoliden como opciones electorales viables con un respaldo internacional del que antes carecían.
En este escenario internacional cada vez más marcado por la imposición y la unilateralidad, distintos gobiernos y espacios multilaterales de estas dos regiones ya han comenzado a generar respuestas. El Foro Económico Internacional América Latina y el Caribe 2026, celebrado recientemente en la Ciudad de Panamá, reflejó ese intento por recuperar la coordinación regional ante injerencias externas que afectan directamente a la estabilidad política y económica. En la misma línea, el renovado impulso a las negociaciones entre la Unión Europea y Mercosur, así como el acuerdo de libre comercio alcanzado entre la Unión Europea e India, apuntan a diversificar vínculos y ampliar márgenes de decisión ante la agresiva política arancelaria del gobierno de Trump.
“Geometría variable”, fue el término utilizado por el Primer Ministro canadiense en Davos para referirse a este esfuerzo de medianas potencias de buscar alianzas entre diferentes países y grupos de países en base a sus necesidades e intereses colectivos. Más allá de la estrategia comercial, estas iniciativas expresan la necesidad compartida de protegerse en un contexto de alta incertidumbre donde se perfila que el poder opera sin reglas claras más allá de la ley del más fuerte.
Sin embargo, las democracias no solo pueden reaccionar a nivel institucional para protegerse de estos golpes autoritarios. Ante la percepción de que la democracia está siendo agredida, la movilización ciudadana surge como una reacción defensiva que tiene como ventaja evidente la inmediatez y visibilidad a la hora de marcar las líneas rojas.
En Brasil en 2022 y Guatemala en 2023 la ciudadanía se movilizó para defender el resultado electoral frente a intentos de desconocerlo. En Argentina la ciudadanía se movilizó contra la Ley de Bases en 2024 promovida por el gobierno de Milei y se movilizó en México en 2025 contra la elección del poder judicial. En enero de este año, miles de personas se movilizaron en Nuuk y Copenhague para rechazar la intención de Trump de tomar Groenlandia por la fuerza barriendo así el principio democrático de autodeterminación. Y es que en un contexto internacional cada vez más tolerante con el uso discrecional del poder, la ciudadanía democrática está capacitada y dispuesta a reaccionar cuando percibe que la democracia está en riesgo de retroceder y estos últimos años así lo demuestran.
Cuando el mundo se reorganiza desde lógicas autoritarias, las democracias deben defenderse de manera conjunta y con todas las herramientas a su alcance. Se trata de la capacidad de sostener una defensa democrática en el tiempo frente a presiones externas e internas que tiendan a reforzarse mutuamente. Esa defensa exige una acción coordinada que combine instituciones capaces de cooperar, negociar y establecer límites contando con una ciudadanía vigilante y dispuesta a alertar ante episodios de erosión democrática.
Cuando estas dos dimensiones no se conectan, cuando las instituciones actúan sin respaldo de la ciudadanía o cuando la movilización carece de soporte institucional, el retroceso avanza con mayor facilidad. América Latina y Europa tienen hoy la oportunidad de construir un espacio común desde el cual ofrecer una alternativa democrática sólida frente al abismo que supone el meme del mapamundi.










