Con la afirmación de Daniel Ortega de que en Nicaragua "no volverá a haber elecciones", el FSLN abandona la ficción democrática y oficializa su deriva hacia un régimen de partido único.
El aislamiento del régimen ha relegado a Nicaragua a una posición de creciente irrelevancia internacional, debilitando su capacidad de influencia y su inserción en las dinámicas regionales.
El colapso democrático de Nicaragua ha creado las condiciones ideales para que China consolide un modelo de cooperación basado en control político, dependencia comercial y extracción de recursos.
Las purgas constantes y el descontento generalizado sugieren que muchos traicionarán a la primera dama para buscar otro rumbo para la nación ante la inminente sucesión.
El régimen Ortega-Murillo prepara un traspaso de poder basado en su propio círculo de confianza con el fin de continuar su proyecto familiar dictatorial.