La crisis venezolana expone no un nuevo orden mundial, sino la persistencia del viejo principio del poder del más fuerte, ahora reconfigurado en una disputa abierta por las áreas de influencia.
Bajo narrativas de legalidad y orden, el sistema internacional actual normaliza la excepción, legitima la fuerza y reconfigura las relaciones de poder globales, con impactos directos en América Latina.
Bajo la retórica moral de ayer y el cinismo descarnado de Trump hoy, las potencias vuelven a exhibir una verdad incómoda: sin reglas ni disfraces, Estados Unidos se asume como gendarme global al servicio de sus intereses.
La nueva estrategia de Donald Trump hacia Venezuela priorizó la estabilidad y los intereses geopolíticos de Estados Unidos, dejando a la oposición democrática venezolana como la primera gran damnificada.
Paraguay, pese a su tamaño y lejanía, se ha convertido en una pieza clave de la disputa geopolítica entre China, Taiwán y Estados Unidos por ser el único país de Sudamérica que aún reconoce diplomáticamente a Taipéi.
La salida forzada de Nicolás Maduro no supone el fin del chavismo, sino la apertura de una estrategia de supervivencia basada en cohesión interna, negociación con Estados Unidos y adaptación a un nuevo orden geopolítico.