La obsesión por las cifras de criminalidad puede maquillar éxitos oficiales mientras perpetúa las dinámicas de violencia y debilita la gobernanza de seguridad en América Latina.
Tras transformar un país que parecía al borde del colapso, Colombia enfrenta ahora el desafío de adaptar sus políticas de seguridad a amenazas criminales más complejas y transnacionales.
Reducir el buen gobierno a la seguridad —sea nacional o “humana”— es una falacia que oculta la debilidad del Estado y legitima la militarización en lugar de fortalecer la democracia.
2025 dejó democracias vivas pero exhaustas y un mapa político reconfigurado. Entre miedos y urgencias, las mayorías eligieron seguridad. ¿Estamos ante una deriva hacia un orden punitivo?
América Latina es una de las regiones más pacíficas entre Estados, pero también una de las más violentas del mundo. Sin guerra declarada, sus ciudades registran más muertes que muchos países en conflicto armado.