Las alarmas sobre los riesgos de la inteligencia artificial ganan fuerza, pero sin evidencia verificable que las respalde, el temor puede terminar imponiéndose sobre la realidad.
Un servicio puede exhibir buenos resultados y dejar fuera a quienes no consiguen iniciarlo. La evaluación debe mirar también al otro lado de la pantalla.
La inteligencia artificial está derribando el anonimato digital y convirtiendo la vigilancia masiva en una herramienta cada vez más barata, mientras ejercer la libertad política se vuelve más costoso y riesgoso.
El uso creciente de drones por el crimen organizado está trasladando la disputa por el control territorial al espacio aéreo de baja altitud, desafiando la capacidad de respuesta de los Estados.
En Latinoamérica, la inteligencia artificial ya no solo nos conecta, sino que se ha convertido en el refugio digital que reemplaza parte de nuestros vínculos humanos.