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El chavismo sin Maduro: supervivencia, negociación y poder en un nuevo escenario geopolítico

La salida forzada de Nicolás Maduro no supone el fin del chavismo, sino la apertura de una estrategia de supervivencia basada en cohesión interna, negociación con Estados Unidos y adaptación a un nuevo orden geopolítico.

Todo análisis político serio parte de supuestos. No de certezas, ni de deseos, sino de condiciones del entorno que abren o cierran cursos de acción para los actores. En este marco, la presión externa de la administración Trump y la posibilidad de un gobierno encabezado por Edmundo González Urrutia y María Corina Machado reforzaban una adaptación autocrática del chavismo. Bajo amenaza, los regímenes no se liberalizan: se repliegan, se cohesionan y redefinen sus prioridades. En ese contexto, el principal riesgo para el chavismo no era electoral ni económico, sino existencial e identitario.

La operación militar conducida por Estados Unidos para la extracción de Nicolás Maduro y Cilia Flores introduce una coyuntura crítica en ese proceso de adaptación. Contrario a lo que esperaban muchos actores venezolanos — que apostaban por una “barrida” que dejara el tablero limpio — , el resultado ha sido funcional tanto para Washington como para el chavismo remanente en términos de sus objetivos de corto y mediano plazo.

Para el chavismo, la salida forzada de Maduro no representa el colapso del régimen. Al contrario, alimenta su narrativa fundacional. Maduro se convierte en mártir de la revolución bolivariana y en símbolo del antiimperialismo, reforzando la épica, la identidad chavista y la cohesión interna. La figura del líder derrotado por una potencia externa cumple una función política clara: cerrar filas.

Pero más allá del relato, la remoción de Maduro y la amenaza creíble del uso de la fuerza abren un espacio para nuevos equilibrios. El chavismo que permanece en el poder gana margen para reducir presión externa y reacomodarse estratégicamente de cara al año por venir.

En este escenario, Delcy Rodríguez es reconocida por la administración Trump como interlocutora válida para un proceso de negociación sobre el papel de Venezuela dentro de la nueva estrategia de seguridad nacional estadounidense. Este dato no es menor: señala que el problema venezolano ha sido desplazado del terreno normativo al terreno transaccional.

La salida de Maduro del poder ofrece así al chavismo una vía de adaptación y supervivencia mediante un realineamiento con las prioridades nacionales y geopolíticas de Estados Unidos. Dicho de otro modo, sin Maduro en la ecuación, el chavismo puede reacomodarse para sobrevivir.

Primero, sin Maduro en el poder y aceptando la existencia de una amenaza existencial sobre el territorio, el chavismo estaría más dispuesto a cooperar en el retorno de la inversión norteamericana en la industria petrolera y en la extracción de minerales estratégicos. El control del aparato militar, policial y paramilitar permitiría garantizar un mínimo de gobernabilidad en las zonas clave para dichas inversiones.

Segundo, el reconocimiento de Delcy Rodríguez podría traducirse en un alivio parcial de las sanciones internacionales, no solo sobre la industria petrolera, sino también sobre el Estado venezolano. Esto abriría la puerta al descongelamiento y eventual devolución de activos por parte de Estados Unidos, resolviendo de forma pragmática el dilema institucional de CITGO y PDVSA Ad-Hoc.

Tercero, el flujo de divisas derivado de la inversión extranjera permitiría mitigar parte del shock económico vivido durante 2025. El chavismo recuperaría acceso a ingresos petroleros, esta vez reduciendo el riesgo de destruir la industria por incompetencia o corrupción abierta, debido al mayor control externo sobre su operación.

Cuarto, desde el punto de vista migratorio, una estabilización económica relativa serviría como argumento a favor de una política de retorno de venezolanos, reforzando las razones que llevaron a la suspensión del TPS para esta población.

Quinto, en materia de narcotráfico y delincuencia organizada, la captura del presunto líder del “Cártel de los Soles” empujaría a las Fuerzas Armadas a mostrar cooperación con Estados Unidos. Aunque sea para la galería, como lo evidencian las recientes acciones contra avionetas en el sur del país, esta cooperación cumple una función política y simbólica.

La acción militar de la administración Trump coloca al eventual gobierno de Delcy Rodríguez en una posición relativamente ventajosa para garantizar la supervivencia adaptativa del chavismo. La nueva estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos — explicitada en el discurso del 3 de enero de 2026 — no tiene como eje la promoción de la democracia. Prioriza recursos estratégicos, control migratorio, lucha contra el narcotráfico y estabilidad económica mínima.

En ese marco, el chavismo puede operar con relativa comodidad siempre que garantice esos objetivos.

Desde la política interna estadounidense, Maduro funciona como un trofeo: una victoria rápida que demuestra capacidad militar y envía un mensaje disuasivo a otros países de la región, en particular Colombia y México, principales fuentes de producción y tráfico de drogas hacia Estados Unidos.

Es en este contexto que el fraude del 28 de julio de 2024 pierde centralidad. La victoria de Edmundo González Urrutia, la autoridad moral de María Corina Machado, las violaciones masivas de derechos humanos documentadas por la ONU y la CPI pasan a segundo o tercer plano. Mientras tanto, la oposición carece de los recursos políticos y organizativos necesarios para reorganizarse de cara a una posible elección presidencial en el corto plazo. Este es el costo de externalizar la política interna o reducirla al marketing y a las redes sociales. Nada de esto niega que una mayoría de venezolanos quiera un cambio de gobierno. Pero querer no equivale a poder.

El escenario sigue siendo fluido. Falta observar si estos reacomodos serán aceptados por todos los actores con poder dentro del chavismo y si Delcy Rodríguez logrará establecer, más allá del discurso ideológico, una relación pragmática y estable con Estados Unidos.

Persisten además varias incógnitas: si los actores vinculados al Cártel de los Soles conservan poder, ¿habrá garantías de impunidad en una eventual negociación? ¿La presión de los sectores más ideologizados saboteará acuerdos petroleros sostenibles? ¿Qué papel jugarán el ELN y otros grupos irregulares que controlan partes del territorio? ¿Luego del ataque la FANB aceptará este tipo de reacomodo? ¿Cómo se posicionarán China, Irán y Rusia en este nuevo escenario? ¿Qué pasará con los presos políticos?

La pregunta central, sin embargo, ya no es si el chavismo caerá. La pregunta es cómo y con quién logrará adaptarse para sobrevivir en la nueva configuración geopolítica de la región.

Autor

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Doctor en Procesos Políticos Contemporaneos por la Univ. de Salamanca. Fue coordinador de investigaciones en el Centro de Estudios Políticos de la Univ. Católica Andrés Bello. Coautor del libro "Crisis y Democracia en Venezuela" (UCAB Ed., 2017).

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