¿Es una novedad que el vicepresidente de un Estado se declare opositor al gobierno del que él mismo forma parte? ¿Hasta dónde puede llegar un vicepresidente en su capacidad de erosionar o desestabilizar a un gobierno elegido democráticamente? Estas preguntas cobran actualidad a partir de la reciente declaración del vicepresidente de Bolivia, Edmand Lara, quien en días pasados se declaró opositor del gobierno presidido por Rodrigo Paz y de sus políticas. En particular, Lara ha cuestionado el Decreto 5503, que suprime la subvención a los carburantes y abre el país a la inversión extranjera. Las reacciones a la posición de Lara no se han hecho esperar, al punto que surgen iniciativas de sacarlo de su cargo como lo hizo el exconsejero de la Magistratura Porfirio Machicado a través de un proyecto de ley en noviembre de 2025.
Estas fuertes tensiones entre el vicepresidente y el presidente tienen dos antecedentes históricos en el país —los presidentes René Barrientos y Jaime Paz— que vale la pena reseñar para (quizá) entender mejor por qué el vicepresidente Lara actúa así.

Transcurría el año 1964 y Víctor Paz Estenssoro iba tras su tercer mandato como presidente. Si bien el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) estaba de acuerdo con su candidatura, no hallaban consenso sobre el nombre de su acompañante de fórmula. Finalmente, y luego de varios altercados, Paz decidió postular al general René Barrientos Ortuño a la vicepresidencia, porque este militar tenía contactos con sectores campesinos que para Paz eran vitales. Barrientos, ya en plena carrera electoral, solía afirmar que su misión como vicepresidente era “acompañar y ayudar a Víctor Paz para que no se cometan errores”, lo que desde luego reflejaba el grado de tensión y desconfianza que reinaba entre los dos políticos.
Lo que vino después fue la crónica de una traición anunciada. Las elecciones generales tuvieron lugar el 31 de mayo de 1964; la dupla del MNR fue reelegida con casi el 98 % de los votos y el partido retuvo su amplia mayoría en el Congreso. Sin embargo, unos meses después, el 2 de noviembre, el vicepresidente Barrientos ejecutó un golpe de estado contra Paz que lo obligó a salir de Bolivia rumbo a Lima.
Casi seis décadas después pasó algo similar. Luego de un turbulento proceso político, el 10 de octubre de 1982 fueron posesionados como presidente y vicepresidente de Bolivia Hernán Siles Zuazo, del Movimiento Nacionalista Revolucionario de Izquierda (MNRI), y Jaime Paz Zamora, del Movimiento de la Izquierda Revolucionaria (MIR). El contexto del país era de desastre económico, cuya máxima expresión era el descontrol de la inflación, con la consiguiente subida de precios. De manera sorpresiva y tras doce semanas en el poder, el MIR abandonó el gobierno de Siles, dejando al vicepresidente Jaime Paz como parte de una administración de la cual ya no formaba parte activa y con la que no coincidía políticamente. Así, Paz se convirtió en opositor a Siles.
Hoy tenemos otro contexto político y económico, pero el mismo patrón: un vicepresidente que se encuentra incómodo con el gobierno del que forma parte. Lara adolece del mismo mal que Barrientos y Paz: sus ambiciones políticas son superiores al poder estatal que creen deberían tener.
En 1964 Barrientos creía poseer el poder de las masas campesinas y el respaldo de la embajada de los Estados Unidos, y por ello estaba seguro de merecer más poder que el que le otorgaba Víctor Paz. Jaime Paz, por su parte, creía que los ministerios otorgados por Siles no correspondían a la base política que tenía (o creía tener). Lara, por su lado, se declara opositor al gobierno porque cree que el reparto del poder no corresponde a su aporte electoral al triunfo de Rodrigo Paz.
Empero, las distancias son también notables: Lara, a diferencia de Barrientos y Jaime Paz, carece de bases orgánicas dentro de su movimiento político, al punto que muchos de los laristas en el órgano legislativo parecen haberlo abandonado. De todos modos, encabeza una tendencia opositora en el país y ha enarbolado la resistencia al Decreto 5503, denunciando su inconstitucionalidad y afectación a los más pobres.
De este modo, la diferencia de Lara con Barrientos y Paz es evidente: no podría intentar un golpe de estado apoyado por las fuerzas policiales porque carece de llegada en la elite policial, y menos aún cuenta con apoyo militar. Tampoco puede debilitar al gobierno sacando a sus ministros o saliendo él mismo de la gestión porque carece de presencia en el gabinete.
De todas maneras, Lara está lejos de ser un actor irrelevante: su poder no radica en un partido político, sino en un vasto esquema de intereses que se sienten afectados por la nueva administracion y que él articula a través de sus redes de internet, un instrumento que en varios países ya ha demostrado ser un mecanismo eficaz de movilización y presión social. Lara no tiene el poder, pero tiene el algoritmo.











