La paridad de género ha avanzado de cuotas a principio democrático, pero sigue siendo frágil, desigual y aún insuficiente para garantizar una igualdad real en la representación.
El mundo “descubre” con sello oficial lo que ya se sabía: que crecer sin límites destruye la vida, y la verdadera novedad es la grieta que abre para cambiar el relato.
En la Argentina actual, la calidad de los vínculos está cada vez más condicionada por el tiempo, los recursos y la etapa de vida, revelando una creciente desigualdad emocional.
La creciente concentración de la riqueza en manos de una élite global amenaza con capturar el poder político y erosionar las bases mismas de la democracia.
La concentración extrema de riqueza no solo profundiza la desigualdad, sino que amenaza la supervivencia misma de la democracia al convertir el poder político en un privilegio de las élites económicas.