La captura de Maduro no abrió una transición democrática en Venezuela, sino un precedente inquietante: el de una soberanía intervenida sin consentimiento ni legalidad internacional.
La política estadounidense hacia la isla ya no busca gestionar una realidad, sino cerrar una historia inconclusa convirtiendo el sufrimiento económico y la migración en pruebas morales.
La intervención de Estados Unidos en Venezuela reactivó en América Latina y Europa una política exterior marcada por el realismo periférico: cautela, adaptación al poder y defensa retórica de principios sin confrontación directa.
Bajo la retórica moral de ayer y el cinismo descarnado de Trump hoy, las potencias vuelven a exhibir una verdad incómoda: sin reglas ni disfraces, Estados Unidos se asume como gendarme global al servicio de sus intereses.
Cuando Nicolás Maduro desafió al mundo con un “¡vengan por mí!”, no imaginó que ese grito marcaría el principio del fin de su poder y abriría una transición incierta para Venezuela.
Las presiones comerciales de Estados Unidos, disfrazadas de acuerdos bilaterales, erosionan el multilateralismo y profundizan la vulnerabilidad económica de América Latina.