Cada cuatro años creemos que el Mundial solo habla de fútbol. Pero basta mirar un poco más de cerca para descubrir que también habla de democracia, de desigualdad, de instituciones, de liderazgo y de reglas.
El fútbol sigue generando identidad colectiva en Brasil y Argentina, pero la fragmentación mediática y política ha reducido su capacidad para fortalecer la legitimidad del Estado.
Tan políticamente correcto ha sido Messi a lo largo de su carrera, evitando minuciosamente cualquier tipo de afirmación política, que su aceptación como mercancía transnacional global ha sido natural.
El fútbol y la política son, sobre todo en América Latina, dos pasiones que van de la mano, mal que les pese a todos aquellos que aseguran que no hay que mezclar ambas aficiones.
El mundial en Catar estuvo signado por la polémica. Desde la controvertida adjudicación del emirato como sede a las condiciones de vida de los miles de trabajadores migrantes, hasta las amenazas a los jugadores en caso de plegarse a alguna manifestación.