La política internacional funciona como una obra de teatro: organiza narrativas, define personajes y establece clímax, generando un diálogo permanente con su público. Esta dimensión imaginativa moldea las percepciones y guía formas específicas de comprender los conflictos armados. Mediante juegos de simulación y disimulación, se construye un horizonte interpretativo que legitima las prácticas, naturaliza las intervenciones y estabiliza las lecturas. Es en esta relación entre palco, bastidores y público que se consolida un escenario marcado por la parálisis institucional, la regresión multilateral y la profundización de las prácticas imperiales, anclado en un derecho internacional corroído y selectivamente movilizado.
Acto (1): organizaciones regionales, multilateralismo y derecho internacional
En primer lugar, se observa la inoperancia de organizaciones regionales, como la UNASUR, incapaces de funcionar como una instancia autónoma de coordinación política y contención de conflictos. Paralelamente, presenciamos el vaciamiento del multilateralismo liberal posterior a la Segunda Guerra Mundial, reemplazado por una lógica de excepción, unilateralismo y uso discrecional de la fuerza. Este proceso se ve agravado por la negativa de Estados Unidos a someterse al Estatuto de Roma, así como por la Ley de Protección de los Miembros de las Fuerzas Armadas Estadounidenses, que institucionaliza el excepcionalismo legal al impedir que los ciudadanos estadounidenses sean juzgados por la Corte Penal Internacional. Esto revela un sistema jurídico internacional jerárquico, profundamente asimétrico y alejado de cualquier universalismo efectivo.

En el ámbito nacional, Estados Unidos opera bajo un estado de excepción permanente. Si bien la Constitución prevé controles institucionales, la concentración de poder en el Poder Ejecutivo, sumada a la neutralización de los poderes Legislativo y de la Corte Suprema, vacía los mecanismos de pesos y contrapesos. Se trata de una reactualización del excepcionalismo estadounidense, intensificado por el trumpismo, que rechaza los principios normativos de la democracia liberal al tiempo que instrumentaliza selectivamente sus instituciones. La política exterior estadounidense se estructura mediante la producción recurrente de la figura del enemigo —del comunismo al terrorismo, del narcotráfico a China—, una gramática indispensable para la legitimación de las intervenciones y la reorganización del consenso interno, a pesar de la creciente resistencia de la opinión pública ante los costos de las nuevas aventuras militares.
Acto (2): Estados Unidos, Venezuela y América Latina
Lo que se observa no es solo una crisis del orden internacional, sino el colapso de sus bases normativas mínimas, sustituidas por una lógica abierta de fuerza, excepción y jerarquización. La expansión de la cartografía imperial de objetivos —con Irán, Cuba y Colombia como espacios de contención— no representa una desviación, sino la transformación misma del orden contemporáneo. La escalada estadounidense debe interpretarse menos como una demostración de poder y más como un síntoma de ansiedad estratégica ante los cambios estructurales económicos, energéticos, geopolíticos y simbólicos que amenazan su posición hegemónica.
En este contexto, Venezuela no aparece como una causa, sino como un espacio de condensación de esta ansiedad imperial. El uso de la coerción, la tutela y la violencia discursiva revela más inseguridad que fuerza. A nivel regional, el trumpismo combina prácticas clásicas de intervención con tecnologías de guerra híbrida, vigilancia e inteligencia, buscando la desestabilización política y electoral. Aun así, el chavismo no desaparece. La nacionalización del petróleo a través de PDVSA reconfiguró la geopolítica energética regional, reduciendo la influencia directa de Estados Unidos y convirtiendo el petróleo en el eje central de la disputa estratégica. Los intentos de ruptura institucional en 2002, 2019 y 2026 deben entenderse como parte de una estrategia recurrente de contención y disciplinamiento político, en la que la democracia liberal figura como retórica secundaria frente a los intereses energéticos.
A pesar de ello, una parte significativa de las relaciones comerciales petroleras tiende a mantenerse con Estados Unidos, aunque cada vez más mediadas por otras monedas, como el yuan. Esto señala cambios relevantes en la arquitectura financiera internacional e impone límites materiales a los intentos de aislamiento promovidos por Washington, a la vez que consolida a China como el principal socio económico de varios países latinoamericanos.
La acción estadounidense en Venezuela, por lo tanto, no es civilizadora, sino que expresa una forma contemporánea de barbarie política. La retórica pacifista del trumpismo opera como un dispositivo de simulación: bajo el discurso de una «Venezuela libre», se ocultan prácticas coercitivas, intereses energéticos y estrategias imperialistas, transformando la violencia en cuidado, la intervención en liberación y la dominación en responsabilidad. Si bien Estados Unidos no constituyó un imperio colonial formal, esto no implica la ausencia de prácticas coloniales, rearticuladas en forma de tutela y negación de la soberanía del otro.
Acto (3): Plano simbólico – cultura, medios de comunicación y opinión pública
Estas dinámicas no se agotan en el plano estratégico o material. La cultura y los medios de comunicación operan como campos centrales de disputa política, generando significados, afectos y sentidos de pertenencia. En el caso venezolano, movilizan narrativas de resistencia ancladas en la memoria del colonialismo, la dependencia y la lucha antiimperialista, otorgando fuerza simbólica a la Revolución Bolivariana como imaginario histórico. Esta disputa también se expresa a nivel semántico: la normalización de términos como «intervención» en lugar de «guerra», o «captura» en lugar de «secuestro», despolitiza la violencia y oscurece las asimetrías de poder, a la vez que revela dobles estándares normativos en la caracterización de los regímenes políticos.
Acto (4): Diplomacia, América Latina-Estados Unidos
La fragmentación política de América Latina, marcada por la adhesión de múltiples gobiernos a agendas de derecha y extrema derecha, limita la construcción de respuestas colectivas y aumenta la vulnerabilidad regional ante la escalada del intervencionismo. En este escenario, la política exterior de los países críticos puede seguir tres caminos: alineamiento automático con Estados Unidos; una crítica frontal y aislada; o una postura crítica combinada con el diálogo y la negociación multilateral, especialmente a través de la CELAC y los foros regionales.
Esta trágica actuación de Estados Unidos continúa, revelando menos la fuerza de una hegemonía consolidada y más la ansiedad de una potencia en crisis.












