Una región, todas las voces

La estructura racial de las sociedades latinoamericanas

Una pregunta recurrente entre los que analizamos América Latina es: ¿Qué similitudes tiene? En mi caso, estoy cada vez más convencido de que el racismo es el elemento que mejor explica una serie de fenómenos políticos, sociales y económicos al estar presente en todos los países, continentales o insulares, grandes o pequeños, desde el Río Bravo en México hasta el Cabo de Hornos en Chile, sin importar el idioma ni si tienen pasado ancestral o son jóvenes, como Guyana.

Si bien es una tara demasiado extendida y con presencia en otros países, en la región es un rasgo compartido con origen en la colonización que las élites de cada país han mantenido y cultivado con esmero. El proceso de dominación extranjera, que en algunos casos se inició hace 500 años, ha marcado diferencias sustanciales en función de las metrópolis, los procesos de independencia, las migraciones o el tipo de sistema económico, entre otros. Se parte así de un hecho común en el que los matices dificultan generalizar sobre los efectos.

El racismo es un rezago colonial basado en la deshumanización y supuesta inferioridad de los indígenas y esclavos para justificar su sometimiento. Pero siglos después del momento fundacional, el racismo se ha mantenido, fortalecido y sofisticado por el beneficio que ha generado y genera a las élites y a las clases medias latinoamericanas. Aunque la definición más simple de racismo sería que se trata de un sistema de diferenciación en función de características fisiológicas y étnicas, lo relevante es que se trata de un mecanismo de poder que sirve para discriminar, dificultando o favoreciendo el acceso a todo tipo de recursos.

Más allá del hecho biológico, en el racismo hay además un problema identitario: al construirse las identidades en oposición a un “otro” simbólico, se subliman u ocultan ciertas características del sujeto con el fin de acentuar las diferencias. Por eso resultan tan insustanciales aquellos argumentos que quitan importancia al racismo al decir que toda la región es mestiza o que no entienden cómo se pueden percibir como “blancas” personas en cuyos rasgos se nota el abuelo que no vino de Europa.

resulta útil la idea de Andrés Guerrero de “frontera étnica”, entendida como una suerte de artilugio simbólico de dominación

Para entenderlo, resulta útil la idea de Andrés Guerrero de “frontera étnica”, entendida como una suerte de artilugio simbólico de dominación en el que las relaciones cotidianas producen y reproducen, de forma simultánea, al “indígena” y al “blanco-mestizo” (argumento fácilmente adaptable a zonas de afrodescendientes). Este orden simbólico preciso marca las diferencias y no sólo afecta a la relación entre las personas, sino que está históricamente construido con la formación de un Estado que sostiene a su vez un orden “colonial” interno. Es una estructura elemental de dominación étnica que instaura una dicotomía primaria entre lo indio o negro y lo NO indio o negro, que organiza y justifica las posiciones que ocupan las personas en la sociedad, así como las relaciones de poder.

El enfrentamiento ocurrido en Bolivia luego de que Evo Morales “renunciara”, por sugerencia del General Kalimán, mostró las caras más brutales del racismo. Igual ocurre en Brasil para deslegitimar la política social de los gobiernos del PT. Pero no se trata de fenómenos propios de zonas de alta población indígena—Andes, Mesoamérica o Cuenca del Plata—o pasado esclavista, sino de un hecho que cruza a todos los países con distintas formas de intensidad y expresión. A los signos más visibles de racismo, como el uso despectivo o insultante de indio o negro, se suman formas sutiles: microracismos por llamarlos de alguna manera. ¿Acaso “naco” en México, “cholo” en varios países, “canario” en Uruguay o los argentinismos “villero”, “grasa” o el “cabecita” peronista, no pueden adquirir connotaciones peyorativas y etnosociales? La prueba está en que no abundan villeros, nacos o cholos rubios y de ojos claros.

El racismo también es desigualdad económica—OXFAM demostró la clara relación entre ingresos y “raza” en México—y esto no es culpa de las potencias extranjeras, sino de las élites y clases medias de cada país. Además, limita la movilidad social, lo que acentúa las diferencias de clase y status, generando a la vez frustración social y política. El argumento es simple: si los espacios de poder y ascenso social y económico están muy relacionados con características raciales, y además los mecanismos clásicos de movilidad, como la educación o la carrera profesional, dejan de funcionar ¿De qué le sirve a un indígena o afro descendiente esforzarse estudiando o trabajando, si ciertas posiciones le estarán vetadas de hecho? La cosa es más burda aún cuando incluso para los trabajos con menos cualificación, y sobre todo para mujeres, se suele pedir “buena presencia”, eufemismo que encubre cánones fisiológicos y estéticos blanco-mestizos. Así, por ejemplo, vemos cómo en Chile, México o Venezuela personas de segunda o tercera generación de inmigrantes europeos o árabes han conseguido escalar posiciones sociales y económicas con más facilidad gracias al “malinchismo”. Accedieron a recursos vetados a los locales a pesar de que, en un primer momento, sus condiciones económicas pudieron haber sido iguales a las de los nativos: la diferencia sustancial entre los dos grupos se daba en términos de status. Pero uno de los peores efectos del racismo es la debilidad de la democracia, la ciudadanía y el estado de derecho: ¿Cómo pueden funcionar sistemas que parten de la idea de igualdad en sociedades que creen que las personas son desiguales en derechos en función del color de su piel?

Photo by Secretaría de Cultura CDMX on Foter.com / CC BY-SA

Es el Estado, ¡estúpido!

Hay un escenario nuevo que se extiende en un corto periodo de apenas dos meses a lo largo de un elevado número de países muy diferentes. El factor exógeno determinante es de sobra conocido. En el terreno, las acciones constituyen un elenco que configura un indudable denominador común que en ocasiones comporta medidas insólitas: las fronteras se cierran, la población es recluida en sus hogares, el transporte público se interviene, las fuerzas de seguridad ocupan la calle, los gobiernos decretan estados de emergencia o similares, dictan medidas de salud pública de obligado cumplimento, los hospitales llegan a su nivel máximo de saturación y ponen en marcha políticas fiscales excepcionales. Una institución que se decía obsoleta desde hace al menos tres décadas para muchos teóricos y oficiantes de la política, asoma su quehacer y muestra lo imprescindible de la misma. En frente, una población asustada en mayor o menor medida da hálito al proyecto hobbesiano por excelencia. El miedo como principio necesario para justificar al Estado constituye el ingrediente imprescindible para cerrar el ciclo.

Fernando Escalante Gonzalbo, en un brillante trabajo publicado el año pasado bajo el sello de El Colegio de México, desbroza la historia intelectual del neoliberalismo manteniendo el hilo conductor de su notable éxito como esquema cultural. Sus valores, conformadores de una determinada forma de vida, han terminado por alinear el esquema vital en el que la mayoría de las sociedades actuales acaban alcanzando un “momento neoliberal”. Cuatro son los vectores primigenios que han logrado alzarse como una lógica dominante: la configuración del mercado como institución reina que arrincona al Estado, caricaturizado como ineficiente y cercenador de la libertad; la privatización como regla que recluye a lo público; las ideas de competencia irrestricta, de primacía del mérito individual y de egoísmo narcisista que enmarcan la soledad de buena parte de los individuos; y, el desarrollo de una sociedad de consumo que ha terminado teniendo una expresión líquida, en términos de Zygmunt Bauman.

Ni las graves secuelas de la crisis económico-financiera de 2008, ni los ensayos puestos en marcha en diferentes países de América Latina a partir del nuevo siglo parecieran haber afectado la pujanza con la que el neoliberalismo arribó a la arena pública a partir de la década de 1970. El descalabro del sector financiero que desnudó la hipótesis de la eficiencia de los mercados y que supuso la intervención masiva de los bancos centrales con inyecciones de miles de millones de dólares del erario para aliviar el desaguisado no fue suficiente para torcer el designio neoliberal. Al contrario, la crisis intensificó este credo sobre la base de dos ideas ampliamente populares: la austeridad como terapia y que la recuperación de la economía requería que el Estado se echara al costado. Por su parte, en América Latina las propuestas bolivarianas apostaron de manera radical por la recuperación del Estado. Aupadas en un ciclo definido por el precio al alza de sus exportaciones de materias primas y por un incremento notable de su demanda, se enredaron en fórmulas mesiánicas y en esquemas de muy reducida institucionalización, quedando abrasadas por la incompetencia y, en último término, por la corrupción.

Paralelamente, después de lustros de expansión de mecanismos de globalización bajo el paroxismo de su carácter irrestricto, la existencia de un marco genuino global es una realidad. La abrumadora expansión de las tecnologías de la información y de la comunicación es un hecho en gran medida consonante con aspectos relevantes del credo neoliberal en lo atinente sobre todo al aislamiento de los individuos. De la misma manera, se han desarrollado patrones de comportamiento basados en la movilidad entre cualquier punto del planeta de capital, mercancías e incluso de personas, hasta alcanzar niveles extraordinarios en la historia de la humanidad. Las cadenas globales de valor, implementadas para abaratar costos son, así mismo, mecanismos fundamentales en la vida económica de 2020. Estas pautas suponen en gran medida un reforzamiento del neoliberalismo que, además, ve ampliado el marco del mercado y su carácter de institución por excelencia para ordenar la interacción humana según sus defensores. Sin embargo, esta situación parece que no contaba con un tipo de agente cuya naturaleza es más antigua que la humanidad y cuya trasmisión libre, como siempre había ocurrido, gozaba de todo tipo de facilidades.

Ha bastado algo más de un trimestre de actividad explícita del COVID-19 para desempolvar los viejos manuales de Teoría del Estado arrinconados por el mantra neoliberal.

Ha bastado algo más de un trimestre de actividad explícita del COVID-19 para desempolvar los viejos manuales de Teoría del Estado arrinconados por el mantra neoliberal. Asuntos como el territorio, el poder soberano, el orden jurídico que regula la conducta de las personas, el bien común, entre otros, han resurgido con un empuje indeleble. A ellos se añade la peculiaridad de acciones específicas bajo el paraguas de las políticas públicas que fueron señeras bajo el marco establecido del Estado Social de Derecho o del Estado del Bienestar, figuras que se resisten a desaparecer.

Solo una sanidad pública aupada sobre la lógica del asistencialismo universal que requiere de políticas públicas de largo alcance, con planificación y cobertura presupuestaria suficiente sabe dar una respuesta justa y adecuada a la pandemia suscitada. Solo una coordinación desde un poder ejecutivo legítimo es capaz de atemperar el desconcierto y el desorden social inicial utilizando resortes de diversa naturaleza entre los que destacan la información y el conocimiento, las fuerzas de seguridad, así como la red de comunicaciones y de transporte. Solo un orden político basado en la solidaridad y firme defensor de los principios de igualdad, libertad y justicia puede articular respuestas que mitiguen diferentes daños causados en el tejido productivo en distintos sectores de la economía al igual que en el ámbito laboral. Todo ello requiere de la presencia del Estado, sea cual sea su configuración: supranacional, nacional, regional o local. Si hace tres décadas se hizo famoso que era la economía quien tenía la última palabra hoy es el Estado el que tiene la respuesta.

Foto de D-Stanley en Foter.com / CC BY


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El opio del pueblo

Cuatro palabras que conforman una expresión conocida y, en tiempos, muy popular sobre la que, además, hay plena conciencia de que no es apócrifa. Su autor, Carlos Marx, la desliza al final de una famosa frase en la Crítica de la filosofía del derecho de Hegel: “la religión es el sollozo de la criatura oprimida, el significado real del mundo sin corazón, así como es el espíritu de una época privada de espíritu. Es el opio del pueblo”. Ha pasado siglo y medio desde su enunciación y quienes llegamos a pensar que era una antigualla debemos recoger velas. No solo es que el imperio de la razón pareciera cuartearse ante el avance del papel que desempeñan las emociones, ni que religiones poderosas hoy se encuentren arrinconadas por la opinión pública como le ocurre a la Iglesia católica ante los escándalos de pederastia, el asunto empata con unos tiempos muy peculiares en los que se asientan las sociedades actuales.

Si Marx hacía alusión a contextos de opresión, pero también de zozobra descorazonadora en los que la existencia carecía de alma o, si prefiere, de sentido, el momento presente no tiene visos de ser muy diferente. El paroxismo del consumo, la soledad rampante y la exacerbación del yo que catapultan vidas aisladas en sociedades líquidas según la conocida concepción de Zygmund Bauman parecieran abonar la validez de la recuperación del popular alegato. Cierto es que las instituciones que acogen la acción colectiva y que dan sentido a la política manifiestan comportamientos zombis, a los que no son ajenos aquellas que actúan estrictamente en el terreno religioso, sumiéndose todas en un estado de descrédito, desconfianza e irrelevancia como nunca ocurrió. Pero no por ello el papel opiáceo de algunas no dejó de tener su utilidad ante el dolor, el desvalimiento y la necesidad de conmiseración. En esta arena, las de carácter religioso, por su perfil intimista e igualmente exotérico, tienen una oportunidad de oro a la hora de generar consuelo y esperanza.

Los procesos de colonización se articularon sobre la religión católica siendo los actores vinculados a la vista (monarquías, papado, órdenes religiosas) agentes fundamentales.

En América latina, la religión ha venido desempeñando un papel muy sólido a la hora de configurar relaciones de dominación y de elaborar identidades. Los procesos de colonización se articularon sobre la religión católica siendo los actores vinculados a la vista (monarquías, papado, órdenes religiosas) agentes fundamentales. A la idea de cruzada, se añadió la más compleja de evangelización con su importante impacto en la actividad educadora. Durante mucho tiempo la confrontación en el universo cristiano se inclinó del lado católico algo que se mantuvo tras las independencias del primer cuarto del siglo XIX. Solo fue un siglo después cuando el avance de las iglesias protestantes comenzó a cambiar el panorama hasta llegar a dibujar en el siglo XXI un panorama mucho más diverso como han puesto de relieve Pérez Guadalupe y Grundberger en el libro que han editado en Lima Evangélicos y Poder en América latina (2019).

Ahora bien, hay una forma expresiva de usar el carácter narcotizante de la religión que integra un tipo de liderazgo concreto con un mensaje enclavado en la más rancia tradición eclesial. Tres países latinoamericanos, Brasil, México y El Salvador, que acogen formas de hiperpresidencialismo incuestionables, brindan suficiente evidencia para constatar el sentido del presente configurando casos extrapolables a otros escenarios de la región. Sus presidentes, cuyos mensajes buscan paliar el sufrimiento ofreciendo una vía hacia la felicidad, son epítomes del pastor que guía al rebaño desvalido por una senda trascendente. Sus reclamos en pro de un comportamiento moral, donde la honestidad individual debe ser el único vector de actuación, sobrepasan la acción de la justicia demasiado apegada al comportamiento humano. En la simplicidad de su oratoria llegan a los rincones más remotos con palabras que retoman el sabor de la niñez: amor, familia, bendiciones. En el fragor de sus peroratas invocan repetidas veces a la divinidad, ignorando aquel precepto aprendido en su infancia de “no usar el nombre de Dios en vano”.

Jair Bolsonaro, Andrés Manuel López Obrador y Nayib Bukele, que gozan de unos índices de popularidad que los sitúan a la cabeza entre sus pares latinoamericanos, coquetean constantemente con grupos de activistas de marcado cariz religioso y, lo que me parece más significativo, integran en su estilo de liderazgo su condición de autoproclamados mesías que tienen una inequívoca misión de carácter redentor que llevar a cabo.

Bolsonaro, que se jacta de ser un presidente “cristiano en un país laico”, ubicó a Damares Alves, una pastora evangélica, al frente del Ministerio de la Mujer, Derechos Humanos y Familia. Alentada por el presidente, Alves lanzó propuestas polémicas, en connivencia con consignas levantadas por pastores neopentecostales, como un plan para evitar embarazos adolescentes que plantea la abstinencia sexual como una de las principales estrategias.

López Obrador reiteradamente usa citas bíblicas en sus mañaneras, y en cualquier otra intervención pública, y hábilmente provoca constantemente la confusión del acrónimo de su movimiento político con el nombre de la virgen: Morena. Además, ha mandado imprimir diez millones de ejemplares de la Cartilla moral del pensador católico Alfonso Reyes en su querencia a redactar una constitución moral.

Nayib Bukele, subido a un escenario instalado improvisadamente frente al palacio legislativo salvadoreño el 9 de febrero se dirigió a sus seguidores con los siguientes términos: “Yo les quiero pedir que me dejen entrar al Salón Azul de la Asamblea Legislativa a hacer una oración y que Dios nos dé sabiduría para los pasos que vamos a tomar y luego la decisión estará en ustedes. ¿Me autorizan?”. Al rato regresó y proclamó: “Dios, tú me pediste paciencia, pero estos sinvergüenzas [los legisladores] no quieren trabajar por el pueblo. Dios es más sabio que nosotros. Dios es más sabio que nosotros. Una semana, señores. Una semana. Una semana. Ningún pueblo que va en contra de Dios ha triunfado, démosle una semana a estos sinvergüenzas: los convocamos de nuevo si no aprueban el plan”.

Los tres están convencidos de que si aceptan la ley es porque esta emana de Dios, e inmediatamente se arrogan la capacidad de interpretación absoluta pues están ungidos por la divinidad. Un asunto viejo, medieval, que hoy, además, vuelve a desempeñar el papel de adormidera del enajenado soberano.

Foto de maxbsb en Foter.com / CC BY-NC-SA

El coronavirus y el juego de la confianza

La economía es un juego de confianza. Las empresas, así como las naciones, crecen, se estancan o caen en función de la confianza que haya en ellas; confianza por parte de los productores, inversores, socios y consumidores. Siempre ha sido así, pero hoy, en el sistema en el que vivimos, en el que la imagen está por delante de todo, donde la competencia es cada vez más fuerte y donde todo se cuestiona, la confianza es fundamental. Y este juego de confianza es hoy uno global. Con la globalización, las posibilidades de inversión y venta se han multiplicado para empresas y nacionales por igual. Pero, a su vez, se ha multiplicado la interdependencia, la competencia y el riesgo. En el mundo globalizado, la confianza puede subir o caer a escala mundial, y con ella, la economía global en su conjunto. El coronavirus representa hoy no solo una amenaza a la salud pública mundial, sino también un torpedo directo a nuestra confianza, y con ello, a la economía del mundo.

Antes de que la amenaza de la COVID-19 se materialice en más contagios y muertes, el golpe a la confianza, y con ello, a la economía, ya se ha dado. Y es que en el sistema económico en el que vivimos hoy, la confianza va por delante. Si las expectativas son positivas, la economía crece. Pero si el miedo se amplía, la economía colapsa. Y tanto el positivismo como el miedo se refuerzan a sí mismos. Bien lo saben los mercados financieros; el entusiasmo excesivo genera burbujas, así como el miedo de unos pocos puede acarrear una espiral de pánico peligrosamente destructiva.

Las principales Bolsas mundiales han mostrado estas últimas dos semanas las peores caídas en muchos años»

Los números ya muestran la alarma. El “Índice del Miedo” (o índice VIX, cotizado en la cámara de futuros de Chicago) ha alcanzado valores cercanos a lo que se consideraría como “pánico total”. Las principales Bolsas mundiales han mostrado estas últimas dos semanas las peores caídas en muchos años. El Down Jones estadounidense cayó un 12% en menos de una semana. El EUROSTOXX y el IBEX-35 español lo hicieron en un 11%, las mayores caídas desde 2008. Otros indicadores bursátiles muestran caídas similares. Por sectores, el turismo es uno de los que más está siendo afectado. En el conjunto de la Unión Europea, las pérdidas por la baja en la llegada de turistas provenientes de China se cuantifican en 1.000 millones de euros al mes.

Pero, al igual que ha ocurrido con muchos choques externos, imprevisibles, como lo es el coronavirus, los efectos son desiguales; unos ganan y otros pierden. Ante el actual ataque de pánico global, en el que muchas empresas sufren, otras se están beneficiando de forma espectacular; farmacéuticas y supermercados están vendiendo hasta agotar sus stocks, y con ellos, productores de múltiples sectores están incrementando sus ingresos. Como bien dice el refrán: “A río revuelto, ganancia de pescadores”.

El coronavirus también ha llegado ya a Latinoamérica, lo mismo que el riesgo de pánico. China es hoy uno de los principales socios comerciales de los países latinoamericanos. La amenaza del coronavirus se traduce, por ejemplo, en dificultades para las empresas para recibir suministros, algo que afecta, por ejemplo, a más de la mitad de las empresas del sector energético brasileño. También significa un riesgo serio para el sector exportador chileno y peruano, muy dependiente de metales como el cobre, y cuyo precio se está desplomando. En Ecuador, que tiene varios casos confirmados, se han empezado a suspender eventos masivos. Dada su dependencia del comercio exterior, Ecuador, junto a Brasil, Chile y Perú, han sido señalados por entidades como Goldman Sachs como los países latinoamericanos más vulnerables, en términos económicos, por la amenaza de la COVID-19.   

A escala global, diferentes fuentes privadas, así como instituciones internacionales, prevén un menor crecimiento de la economía mundial. Grandes empresas e incluso economías nacionales pueden presentar contracciones peligrosas. En primera línea de batalla está obviamente China no solo por ser el lugar donde se originó el virus, sino por ser la segunda mayor economía nacional de tipo global y la locomotora del crecimiento económico mundial de las últimas décadas. Si China cae, caemos todos; las interdependencias de la globalización hacen que podamos enfrentar (o no) una nueva crisis económica mundial. Esto dependerá de qué tanto sufra nuestra propia confianza en el sistema.

En definitiva, el impacto de la COVID-19 en la economía global dependerá, al menos a corto plazo, de nuestra capacidad de mantener la calma y el optimismo. Si nos invade el miedo, el daño estará hecho y podrá ser importante.

Foto de Xavier Donat en Foter.com / CC BY-NC-ND

Ser mujer en México: violencia e impunidad

Las mujeres mexicanas han convocado a un paro nacional el 9 de marzo. Ante la violencia en los ámbitos públicos y privados, el paro insta a las mujeres a no asistir al trabajo, escuela o universidad, o realizar actividades en espacios públicos. Esta protesta ciudadana y legítima busca poner en evidencia la falta de una respuesta contundente por parte del Estado.

Y es que la violencia en contra de las mujeres no empieza ni termina con un feminicidio. La violencia incluye una larga cadena de acontecimientos caracterizados por la falta de espacios institucionales que permitan a las víctimas acceder a la justicia, desde presentar una denuncia hasta el castigo de los perpetradores. Esto se traduce en una cotidianeidad en la que las mujeres vivimos con miedo, y los criminales, ya sean nuestros familiares, parejas o desconocidos, pueden agredirnos sin consecuencia alguna. Es decir, vivimos en la impunidad.

Pero la solución no está en legislar más años de cárcel ni en más tigres de papel. Las soluciones comienzan por tener un diagnóstico certero del problema, así como evaluar las acciones realizadas por el Estado; conocer aquellas medidas que han funcionado y las que no han dado los resultados esperados. En México no contamos con esta información.

La mayoría de los estados incumplen con su obligación de tener los bancos de datos que permitan conocer las cifras oficiales de los asesinatos de mujeres»

Varias organizaciones de la sociedad civil han documentado durante años el subregistro de delitos de fuerte impacto como el homicidio. La evidencia apunta a dos grandes problemas: la falta de capacidad o negligencia para realizar los registros de manera adecuada, por ejemplo, homicidios culposos o dolosos, así como acciones deliberadas por ocultar o maquillar las cifras de los crímenes. El problema es aún más grave cuando hablamos de feminicidios. De acuerdo con el reporte más reciente del Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio, la mayoría de los estados incumplen con su obligación de tener los bancos de datos que permitan conocer las cifras oficiales de los asesinatos de mujeres, así como de los feminicidios. Así, incluso los datos desgarradores que tenemos a escala nacional dan un panorama incompleto de las dimensiones reales de los asesinatos de mujeres y feminicidios.

La falta de datos precisos también afecta el conocimiento de otras formas de violencia no letales. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública, que fue realizada por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), en 2018 solo se denunciaron el 10.6% de los delitos. Es decir, en el 93.2% de los delitos que se cometen, no existe una denuncia o no se inició una averiguación previa o carpeta de investigación. En algunos estados, como Guerrero, esta cifra alcanza el 98%. Según la encuesta, la tercera parte de las víctimas no denuncia porque lo considera una pérdida de tiempo, mientras que cerca del 20% desconfía de las autoridades.

Incluso en aquellos casos que llegan a juicio y donde hubo una sentencia, también desconocemos cómo los jueces realizan —o no— su trabajo, dado que en la gran mayoría de los casos las sentencias no son públicas y, en consecuencia, no pueden ser monitoreadas. La organización EQUIS Justicia para las Mujeres ha arrojado luz sobre este punto y la urgencia de conocer cómo opera el Poder Judicial. De acuerdo con su informe (In)Justicia Abierta, incluso cuando hay una sentencia, siguen existiendo violaciones del derecho de acceso a la justicia y no hay reparación del daño. Esto socava la confianza en el sistema de justicia y refuerza la noción de un Estado insensible a las víctimas.

Por ejemplo, está el caso de Ana María “N” (este fue documentado por el Observatorio Nacional Ciudadano), quien durante la audiencia en el Juzgado de Control y Tribunal de Juicio Oral Región 9 en el estado de Tabasco fue apuñalada 13 veces por su expareja a quien había denunciado por violencia familiar. O el caso de Brenda, a quien se le dictó prisión preventiva en el estado de Zacatecas, pero fue enviada a una cárcel varonil donde fue violada, golpeada y torturada durante tres semanas antes de que la trasladaran a una prisión para mujeres.

El problema de la impunidad, por lo tanto, no es solo que los perpetradores de violencia letal o no letal evadan a la justicia, sino que las víctimas no denuncien porque desconfían de las autoridades, que las autoridades incumplan con sus obligaciones de generación y sistematización de datos y que violen el derecho de acceso a la justicia en procesos que no reparan el daño, pero sí reproducen más violencia como el encarcelamiento de Brenda.

En un país con más de 250.000 homicidios en los últimos 13 años donde se ha vuelto normal descubrir fosas clandestinas, la impunidad no es una trivialidad y mucho menos un problema exclusivo de las mujeres. El paro del próximo 9 de marzo debe exigirnos reflexionar sobre cómo llegamos hasta aquí. Esta administración tiene razón cuando dice que sin justicia no hay paz, pero no llegaremos a la justicia mientras vivamos en el país de la impunidad.

Foto de Cosmopolita. en Foter.com / CC BY-NC-SA

Con la COVID-19, Bolsonaro hace de Trump un estadista

Ojalá Jair Bolsonaro hubiera aprovechado el sábado pasado en la tarde para uno de sus pasatiempos favoritos: ver por televisión los pronunciamientos del presidente estadounidense Donald Trump. Porque la crisis en la que ha desembocado la COVID-19 hace que el presidente americano parezca un estadista en comparación con el mandatario brasileño.

El comportamiento de Bolsonaro en relación con la primera gran crisis que enfrenta su gobierno es lamentable. La semana pasada, cuando el problema se agravó de manera sensible, el presidente brasileño abordó el problema de la COVID-19 desde dos puntos de vista: el efecto de la enfermedad en la economía brasileña y el de su agenda personal, y afirmó que podría llegar a  tener que cancelar un viaje a Italia.

Mientras los brasileños estaban aterrorizados por el nuevo virus, Bolsonaro destinó su aparición del jueves en la noche a los ataques a los medios de comunicación»

Sobre la salud pública, nada. Bolsonaro ni siquiera utilizó su canal de comunicación más cómodo, las transmisiones semanales en directo por Facebook, para hablar con los ciudadanos de su país sobre la enfermedad. Mientras los brasileños estaban aterrorizados por el nuevo virus, Bolsonaro destinó su aparición del jueves en la noche a los ataques a los medios de comunicación y a los periodistas.

Si no quería hablar él mismo, el presidente podría al menos haber llevado al asesor del área, como lo hizo en otras ocasiones con el ministro de Sanidad, Luiz Henrique Mandetta, quien ha sido ponderado y claro en sus discursos públicos. Pero ni siquiera hizo eso.

Trump no es ciertamente un gran ejemplo y ha sido criticado en los EE. UU. por sus acciones contra el coronavirus. Incluso llamó a la COVID-19 una farsa. Este sábado, sin embargo, hizo una declaración sobre el virus y pidió calma a la población. En el momento de sus declaraciones estaba de pie junto a su ayudante, Mike Pence, quien es el responsable de coordinar la reacción del Gobierno de los EE. UU. ante la enfermedad. Pence dio recomendaciones específicas a la población: no viajar a ciertas regiones de Italia y Corea del Sur. Trump y Pence estaban acompañados por dos de los principales ejecutivos de la salud pública. Después de los discursos, todos respondieron a una batería de preguntas de los periodistas sobre la enfermedad.

Trump parece haber caído en la cuenta de que la COVID-19 puede llegar a contaminar su campaña para la reelección de este año. Incluso el líder de China, Xi Jinping, que no depende de los votos de la gente, percibió la enfermedad como una amenaza política. Sin embargo, Bolsonaro debe creer que descubrió la vacuna contra el coronavirus.


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Foto de Palacio del Planalto en Foter.com / CC BY

Uruguay y una foto para el recuerdo

La foto del 1.º de marzo del nuevo presidente de Uruguay, Luis Lacalle Pou, representante de la nueva coalición de gobierno integrada por los partidos que durante quince años fueron oposición, fue portada en infinidad de diarios. Es una foto histórica que marca el inicio de un nuevo ciclo político en el país. Pero no es esta foto a la que me refiero, sino a otra que también fue portada y que quedó grabada en el subconsciente de los uruguayos. Una foto en la que aparecen casi todos los líderes de esta misma coalición en un lluvioso mediodía de abril de 2016. Se les ve de gabardina beige, reunidos en la explanada del Teatro Solís, para dirigirse a los juzgados del Crimen Organizado para presentar las denuncias de lo que se conoció como la “megacausa Ancap”.

Las cuatro denuncias, interpuestas por diferentes partidos políticos de Uruguay, incluían originalmente once presuntos delitos ocurridos durante la gestión del ente en los cinco años anteriores. Este era el último paso tras meses de investigación de la comisión parlamentaria, que, con los votos oficialistas, concluyó que no existieron actos ilícitos.

Un año antes de las denuncias, Ancap ya había comenzado a ocupar cada vez más espacio en los medios. La situación financiera del ente, con pérdidas millonarias, había desencadenado una crisis en el partido de gobierno. El enfrentamiento entre el entonces ministro de Economía, Danilo Astori, y el expresidente José Mujica, padrino político del entonces vicepresidente Raúl Sendic y expresidente del ente durante el período anterior, habían tensado las relaciones dentro del Frente Amplio. A ello se sumaba que Sendic, quien era visto como una amenaza interna dentro de las propias filas del partido y estaba bajo la lupa, comenzaba a acumular polémicas. Primero, las contradicciones en torno a una licenciatura que no tenía y, luego, el uso de tarjetas corporativas para uso personal.

Las críticas, reproducidas por los medios, crecieron como la espuma y las sospechas iniciales, tanto de la derecha como de la propia izquierda, se fueron agudizando y desde ciertos sectores se convirtieron en deliberadas acusaciones de corrupción que las redes sociales se encargaron de viralizar. La teoría del robo de los 800 millones de dólares empezaba a asentarse.

A principios del 2018, tras un año de audiencias, el fiscal a cargo del caso pidió a la jueza el procesamiento sin prisión de siete exdirectores por delitos de abuso de funciones y, además, de peculado en el caso de Sendic. Esto fue celebrado por los denunciantes y exhibido por muchos medios como confirmación de un Lava Jato uruguayo. En mayo, sin embargo, la jueza dejó sin efecto el pedido de procesamiento de todos los exdirectivos, menos el de Sendic, quien fue procesado, únicamente y sin prisión, por un delito de abuso de funciones y el caso de las tarjetas.

El fallo desmontaba la oscura teoría, pero el mensaje ya era una verdad consumada. Sendic, presionado por su procesamiento y convertido en primer enemigo público debido a las acusaciones y a su colosal torpeza política, terminó renunciando a la Vicepresidencia meses después.

El fiscal, desacreditado, no desistió y presentó un recurso ante el Tribunal de Apelaciones, pero tras la confirmación del fallo inicial, decidió dar la última batalla, llevando la “megacausa Ancap” ante la Suprema Corte de Justicia de Uruguay. Finalmente, el pasado 14 de febrero, la solicitud del fiscal fue rechazada en tercera y última instancia. Pero en pleno carnaval y a semanas de la asunción del nuevo presidente, el fallo pasó desapercibido. No se vieron portadas ni grandes titulares ni declaraciones de políticos y mucho menos preguntas de la prensa.

¿Cómo surgió la teoría de la corrupción en Ancap?

A partir de la mediatización del caso, ciertos sectores opositores de la política y de los medios de comunicación de Uruguay sacaron provecho para imponer una teoría en torno a la manipulación de la información contenida en estos tres puntos:

Primero. Con el fin de contener la inflación entre el 2011 y el 2015, el Ministerio de Economía no aumentó las tarifas de los combustibles, tal como indicaba el incremento de los costos de Ancap. Esto, sumado a la diferencia de cambio que estaba relacionado con el endeudamiento en dólares, causó un déficit acumulado de 800 millones de dólares. En el 2015, el exministro Fernando Lorenzo ya había reconocido en el Parlamento el desfase y tras el derrumbe de los precios del petróleo, el entonces ministro Mario Bergara permitió al ente que redujera sus tarifas apenas entre el 3% y el 5,5% y, así, corregirlas a los costos reales. El agujero quedó, pero, a partir del 2016, Ancap volvió a dar beneficios.

Segundo. La recapitalización de Ancap por 622 millones de dólares y un préstamo de la CAF por otros 250 millones se utilizaron para enderezar los números e indirectamente saldar la deuda del ente con Pdvsa, la cual, en pleno boom, había financiado el 25% de las compras de petróleo a 17 años y a un interés del 2%. En plena crisis en Venezuela, Ancap ofreció una solución. Por su grado de inversión, Uruguay accedía a préstamos a un interés del 3%, mientras que Venezuela, al 15%. Los entes y los respectivos Gobiernos llegaron a un acuerdo, en el cual Ancap saldaba su deuda beneficiándose de una importante quita. El pago adelantado de la deuda de 1.148 millones de dólares significó un ahorro de 364 millones de dólares.

Tercero. Durante la dirección de Daniel Martínez —primer período de la izquierda al frente de Ancap—, se definió el Plan Estratégico del ente y desde el 2009 y, luego con Sendic al frente del ente, se ejecutaron obras por 1.282 millones de dólares que contemplaban la reforma de la refinería, que debía modernizarse, entre otras cosas, para poder producir los combustibles utilizados por los nuevos automóviles; la reforma de dos plantas obsoletas de pórtland que eran una apuesta de negocio a largo plazo; la construcción de dos plantas de etanol y dos de biodiesel, en línea con la ley de biocombustibles; y la modernización de la distribución de combustibles.

De cada uno de estos puntos se extrajo una idea: déficit, recapitalización y obras. Y con ellas se creó un mensaje fuerte y claro: los uruguayos pagamos 800 millones de dólares para cubrir lo que se robaron durante el despilfarro. El mensaje era un éxito. El ofrecimiento registrado la noche de la primera vuelta electoral del 2014 por un micrófono abierto en el que Pedro Bordaberry, entonces líder del Partido Colorado, le decía al flamante ministro de Educación, Pablo da Silveira, “vine para que hagan mierda a Tabaré Vázquez” en relación con Ancap, dio sus frutos. La narrativa trascendió hasta tal punto que cinco años después y, a días del reciente balotaje, un senador nacionalista podía soltar sin pelos en la lengua que “ustedes se robaron 800 millones de Ancap”; el recién electo presidente, acusar a otro presidenciable de “que preparó todo para el relajo, para que se lleven la plata de los uruguayos”; y un artículo periodístico, afirmar que uno de los motivos de la derrota de la izquierda eran “los escándalos de corrupción concentrados en la figura de Sendic”.

La justicia demostró que en Ancap no hubo corrupción sistemática. Y el vicepresidente uruguayo no renunció únicamente por falsear su currículum ni por el uso indebido de las tarjetas ni por sus mentiras y contradicciones. Sendic renunció fundamentalmente porque socialmente ya había sido condenado, al igual que el resto de los directivos involucrados, gracias a un mensaje que políticos, periodistas y referentes sociales repitieron a diario y durante años en los medios de comunicación, haciendo parte, de forma consciente o no, de un proceso de manipulación de la verdad que terminó por reemplazar a la realidad.

Hoy las fotos de las portadas reflejan el azul resplandeciente luego de la tormenta. Pero aquella imagen de las gabardinas beiges quedará por ahí, en los archivos del recuerdo, como guiño a la megamentira Ancap en Uruguay.

Photo by Sec. de Comunicación – Presidencia Uruguay on Foter.com / CC BY-NC-ND

La alargada sombra de Lula

El documental Democracia en vértigo, que recibió una nominación para los premios Oscar de 2020, se ha convertido desde su estreno en una referencia para el sector mayoritario de la izquierda brasileña. En este, la directora Petra Costra traza un relato de la crisis política y social que acabó con trece años de gobierno del Partido dos Trabalhadores (PT) a través del proceso de impeachment contra Dilma Rousseff. Esta explicación coincidiría en gran medida con aquella que el propio PT ha ido tejiendo para dar sentido al turbulento periodo que comprende desde las masivas manifestaciones populares de junio de 2013 hasta la llegada de la extrema derecha al poder, gracias a la victoria electoral de Jair Bolsonaro en 2018. A grandes rasgos, dicho relato establecería que la brusca salida del poder de este partido solo se produjo después de un espurio proceso de juicio político a la presidenta, espoleado por las movilizaciones de sectores conservadores que estaban dirigidas por grandes grupos mediáticos y empresariales, y apoyadas por la conducción partidista de la operación Lava Jato que acabó encarcelando a Luiz Inácio Lula da Silva cuando este lideraba las encuestas para las elecciones de 2018.

Por tanto, no cabría otra explicación posible para la crisis política que la de la conjunción de grupos con oscuros intereses y escaso respeto por las normas democráticas para alejar del poder al PT a cualquier precio. La normalidad democrática, de esta forma, solo será alcanzada una vez que el partido vuelva a ganar una elección. Esto ocurrirá simplemente en el momento en que no se ponga ningún impedimento a la candidatura de Lula, de forma que se volverá a hacer que Brasil sea “feliz de nuevo”, como rezaba su eslogan de campaña en 2018.

Algunos detalles de este documental han pasado, sin embargo, bastante más inadvertidos para aquellos simpatizantes y dirigentes del PT que consideran Democracia en vértigo como un retrato canónico de la actual realidad política brasileña, pero olvidándose de matices que podrían complementar esta visión. En una de las escenas en que se rescata la primera victoria electoral de Rousseff en 2010, esta aparece cuando acaba de recibir la noticia de que fue electa yendo a rendir pleitesía a Lula en un tono reverencial que no se correspondería ni a la importancia del cargo de jefa del Estado ni a la cultura igualitaria de un partido de orígenes trabajadores. En una escena posterior, la ya expresidenta confiesa que ella nunca se postuló como sucesora de Lula y afirmó que fue él quien la eligió en contra de su voluntad como fruto de una política de hechos consumados, que sería el rasgo característico de la personalidad del histórico líder del PT.     

La figura de Lula ha sido el eje sobre el cual ha pivotado toda la política brasileña desde la década de 1970″

De ambos fragmentos se pueden inferir características reveladoras del estilo de liderazgo de Lula, quien, gracias a su carisma, permitió a la izquierda brasileña conectar electoralmente con los amplios sectores populares y excluidos, por primera vez en la historia, pero que hoy en día puede suponer el principal talón de Aquiles a la hora de articular a una oposición efectiva frente al gobierno de Bolsonaro.

La figura de Lula ha sido el eje sobre el cual ha pivotado toda la política brasileña desde la década de 1970, presente en todas las citas electorales desde 1989, ya fuese como principal aspirante, como candidato a batir o apadrinando a la candidatura más fuerte. Sin embargo, no deja de ser significativo que, quien ha sido protagonista principal en la creación y consolidación del PT —uno de los pocos partidos latinoamericanos con un mínimo grado de institucionalización—, haya sido incapaz de aceptar un proceso de sucesión interno que permitiera la extensión de su programa más allá del personalismo que supone su hiperliderazgo.

Actualmente, Lula se encuentra en libertad, pero aguardando sentencia firme, después de que el Tribunal Supremo dictase su liberación, aunque contradiciendo, así, su propia jurisprudencia que impidió a Lula ser candidato en las elecciones de 2018. Una vez que salió de la cárcel, la atención mediática se concentró de nuevo en el expresidente, quien ahora lucha por rescatar el legado de sus gobiernos, así como denunciar los desmanes cometidos por el juez Sergio Moro —actual ministro de Justicia del gobierno de Bolsonaro— en las investigaciones de la operación Lava Jato, que acabaron llevándole a prisión y condicionando el resultado de la más reciente disputa presidencial. Asimismo, Lula se presenta como candidato in pectore para la disputa de 2022, y, gracias a su capacidad de atracción mediática, se ha convertido en el principal referente de la oposición frente al presidente Bolsonaro.  

No obstante, esta pretensión de continuar acaparando el centro de la escena política no deja de ser problemática, incluso para los propios intereses de Lula y del PT. En términos de estrategia electoral, no parece la mejor opción la insistencia en un candidato cuyo horizonte jurídico no está en absoluto despejado, habida cuenta de los distintos procesos que todavía permanecen abiertos contra él. Esto puede llevar al PT a cometer el mismo error de la elección de 2018, cuando se quedó sin tiempo efectivo para construir una candidatura alternativa después de haber sido encarcelado. También puede ser un error estratégico confiar en un liderazgo que, si bien tiene una capacidad única para movilizar el voto popular, se trata de una figura sumamente polarizadora entre la opinión pública. En estas circunstancias, el bolsonarismo, que está perfectamente adaptado al debate visceral, podría sacar réditos, habida cuenta de que muchos de sus apoyos lo son más por la oposición al lulismo que por una adhesión real. 

Dado que la derecha moderada ha sido prácticamente devorada por el clima de radicalización que encumbró al poder al presidente Bolsonaro, cualquier intento por rescatar la democracia brasileña de su progresivo declive debe partir, al menos desde la iniciativa, de la centro-izquierda. Sin embargo, y aunque Lula pueda tener motivos para sentirse agraviado, basar todo su discurso en la denuncia de conspiraciones, sin tratar de plantear un programa más consistente que aquella apelación voluntarista de “volver a hacer feliz a Brasil de nuevo”, puede hacer que el PT caiga peligrosamente en el ensimismamiento.

Democracia en vértigo aporta un relato, basado en hechos contrastados, pero para entender de una manera más global la actual crisis de la democracia brasileña, es necesario abrirse a otras interpretaciones complementarias. Cabría preguntarse, por tanto, por qué en pleno siglo XXI la figura del líder carismático, a caballo entre los hiperliderazgos construidos por la política 2.0 y el caudillismo tradicional, continúa teniendo un vínculo tan fuerte, polarizando el debate público y dificultando una renovación constructiva de la vida política.


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Foto de midianinja en Foter.com / CC BY-NC-SA

Brasil y el síndrome de Voldemort

Hoy en día en Brasil vivimos con el síndrome de Voldemort. Los afectados por esta indisposición son principalmente periodistas y medios de comunicación del espectro político moderado, en particular los ahora huérfanos de padre y madre de la centro-derecha. Los estudios clínicos indican que los afectados son incapaces de pronunciar términos como «fascista», «extrema derecha» y «amenaza a la democracia». Sus manos se paralizan cuando tratan de escribir tales palabras en sus artículos. Tras algunos intentos, aun jadeando por el esfuerzo hercúleo, repiten al unísono: las instituciones son sólidas en Brasil.

Recientemente en el Folha de S. Paulo, el diplomático Gustavo Maultasch publicó un artículo titulado «El síndrome de Levitsky», en el que apoyaba la idea de que la izquierda fabrica discursos sobre los riesgos para la democracia que supone el gobierno de Jair Bolsonaro. Burlándose del politólogo de Harvard, Steven Levitsky, el discurso de la «muerte de la democracia» estaría motivado por el hecho de que la izquierda está resentida por haber perdido las elecciones.

Según el diplomático, el verdadero peligro radica precisamente en el discurso de la izquierda al hablar de la muerte de la democracia, que generaría un efecto de «profecía autocumplida». Incluso puedo entender el miedo del diplomático de hablar sobre el tema. Después de todo, si decimos la palabra «realidad» tres veces, esta terminará apareciendo.

Algunos de los argumentos de Levitsky con los que uno puede, o no, estar de acuerdo, ya han sido ampliamente criticados por varios expertos, por lo que no es mi intención apoyarlos o refutarlos. Aquí hablaremos de un morbo específico que afecta hoy en día a Brasil: el síndrome de Voldemort.

Análogamente a las películas de Harry Potter, el oscuro mago Voldemort es un aspirante a dictador de derecha y abiertamente de «sangre pura». En la película, es común que se refieran a Voldemort como «ya sabes quién», evitando pronunciar su nombre, además de la negativa de las autoridades a admitir que había claros indicios de que el Señor Oscuro y sus comisarios de la muerte regresaban para tanto eliminar a los adversarios y a la sangre impura como para tomar el poder.

En Brasil, así como en las películas de Harry Potter, uno duda en tildar de fascistas, o de extrema derecha, los actos, discursos y plataformas de campaña efectivamente típicos de los Gobiernos fascistas»

En Brasil, así como en las películas de Harry Potter, uno duda en tildar de fascistas, o de extrema derecha, los actos, discursos y plataformas de campaña efectivamente típicos de los Gobiernos fascistas. Existe un fuerte riesgo de que, al no llamar a las cosas por su nombre, se normalicen los actos y discursos fascistoides, lo que hace más probable que los métodos autoritarios se conviertan en exigencias de la población como única solución a los problemas reales del país. Esto también podría favorecer el surgimiento de políticas estatales con tal sesgo que trasciendan al Gobierno actual y se consoliden en la cultura política.

Personalmente, quien escribe no considera que el gobierno de Bolsonaro sea fascista en general, lo que no significa que no haya fascistas en el gobierno. Tampoco es una dictadura, y espero que no lo sea, pero esto no significa que la democracia brasileña no pueda ser debilitada por un gobierno como el de Bolsonaro y sus cómplices de la estupidez.

De hecho, el más curioso de los síntomas del síndrome de Voldemort es la negación de las amenazas a la democracia: se repite como un mantra que las instituciones brasileñas son fuertes y que no existe riesgo de ruptura democrática. Pero no se trata solo de una cuestión de ruptura democrática, porque una democracia puede debilitarse con instituciones fuertes, y seguir siendo una democracia.

Tal vez los afectados por el síndrome tengan razón. Después de todo, ¿se justifica la preocupación por los términos fascistas meramente declarados desde el poder, uno con antecedentes fascistas y que hizo campaña con promesas fascistas? Después de todo, ¿qué sería la extrema derecha o fascista? Elogiar torturadores; pedir la intervención militar y estadounidense para realizar un golpe de Estado en Brasil; amenazar con cerrar la Suprema Corte (STF); querer «ametrallar a la petralhada«, la forma peyorativa de referirse a los militantes del Partido de los Trabajadores (PT); amenazar con establecer un nuevo AI-5 para reprimir y castigar a los opositores; decir que el Régimen Militar de 1964 no fue una dictadura, aunque mataba a poca gente, pues habrían tenido que matar a treinta mil para extirpar un peligro comunista de fantasía; iniciar una guerra civil y, que si mueren personas inocentes, está bien.

La centro-derecha fue fagocitada electoralmente en 2018 y parece que aún no ha aprendido la lección. Hay que tener valor para asumirse como moderado. Mientras tanto, el «perdedor» de las elecciones, el PT, tiene en el Congreso la mayor bancada con 53 diputados y, parece ser, al día de hoy, la única alternativa con suficiente fuerza para 2022, con o sin Luiz Inácio Lula da Silva.

Por analogía, en la película Harry Potter y las reliquias de la muerte hay una escena emblemática en la que el ministro de Magia, Rufus Scrimgeour, siendo cuestionado sobre una serie de acontecimientos ocurridos que indicaban el regreso de Voldemort, hace un discurso a la prensa con un semblante tenso, como si negara la realidad, en el que dice que no obstante los tiempos oscuros vividos, el misterio se mantuvo fuerte. A continuación aparece en escena Hermione, leyendo un periódico con noticias de asesinatos políticos y varios ataques vinculados al Señor Oscuro (Voldemort).

Pero en el caso de Brasil, hay un cierto cinismo al negar los riesgos para la democracia, que está guiado por el temor de favorecer una desafección política de parte de la prensa, claramente no comprometida con la democracia y la legalidad. Lo importante es que el PT no vuelva a ganar, cueste lo que cueste. Hay aquí un aspecto de la cultura política brasileña, preponderante en quienes apoyan la operación Lava Jato como revolución ética, que está explícito en uno de los famosos memes de la «Barbie fascista»: el de la falsa integridad moral.

Los moderados en Brasil están participando en un ciclo destructivo de estupidez: para olvidar el dolor de la mano derecha rota, se rompen la mano izquierda. Mientras tanto, la enfermedad se está extendiendo.

Foto de midianinja en Foter.com / CC BY-NC-SA

Bukelazo: un golpe a la democracia de El Salvador

El principal empleado de los salvadoreños ha decidido erguirse como el máximo intérprete de la Constitución, pese a la misma Constitución. Nayib Bukele, presidente de El Salvador, decidió confiar en sus visiones (y en un Dios que aparentemente le habla) para dar un golpe a la Asamblea Legislativa. Y, así, a la democracia.

El 9 de febrero de 2020 será recordado por las infames imágenes que nos llegaron desde la Asamblea Legislativa: militares con rifles y antimotines policiales entrando y rodeando las curules del Salón Azul. Fue la introducción que necesitaba Bukele para confirmar que se había tomado la Asamblea: «Está muy claro quién tiene el control de la situación», dijo, sentado en la silla que le corresponde al presidente del Congreso.

En la noche de los Óscares, el señor Bukele montó un espectáculo patético e irresponsable, pero coherente con dos de sus objetivos: demostrar que puede manosear la Constitución para someter a otro poder del Estado y, no menos importante, lanzar oficialmente la campaña para las elecciones legislativas de febrero de 2021.

Los últimos días han sido caóticos en un país que juega a ser democrático, pero que se siente más cómodo con los capataces de finca. Los ingredientes de este cóctel bananero tuvieron necesariamente que ser dos: militares y amenazas. Y todo por la voluntad divina, esa que desde el Antiguo Testamento hace que los ejércitos del bando correcto ganen las guerras.

Militarizar la Asamblea tendrá consecuencias»

El mensaje es terrible y es poco probable que Bukele no se dé cuenta de ello. Militarizar la Asamblea tendrá consecuencias. El uso arbitrario de la Constitución para chantajear tendrá consecuencias. Decir abiertamente y sin pudor que no quiso tomarse por la fuerza la Asamblea (pese a tener el botón) tendrá consecuencias. Rezar al lado de Guillermo Gallegos no deja de ser un mal chiste, un absurdo dentro de un día absurdo, pero es una secuencia lógica en un esquema que busca desesperadamente no perder el apoyo popular.

Fuera de El Salvador, la foto que quedará será la de los militares inundando los pasillos legislativos. Afuera seguramente es conocida la facilidad de corrupción de nuestros políticos, pero también es cierto que en países menos fanáticos es fácil comprender que se puede condenar la corrupción y ser respetuoso del Estado de derecho.

Puede que Bukele se esté dando cuenta de la metida de pata. Antes del mitin de este domingo, fue él, en su cuenta de Twitter, quien se encargó de incitar al derecho a la insurrección si los diputados no asistían a la convocatoria del consejo de ministros. Horas después del fin del mitin, la Secretaría de Prensa de la Presidencia divulgó un comunicado que decía que Bukele pedía calma ante la demanda de insurrección. Es difícil creer que los fanáticos más duros no se percaten de que su líder miente descaradamente, pero también es sabido que las lunas de miel suelen ser muy permisivas.

Antes del 6 de febrero, El Salvador ya se había posicionado como el país más seguro del mundo. Con una reducción comprobada en los homicidios, el país mostraba una cara similar a Noruega gracias al Plan Control Territorial. La estrategia, dijo entonces Bukele, dependía ahora de la aprobación de un crédito de 109 millones de dólares para la tercera fase de su plan, un préstamo que por ley debe ser ratificado por la Asamblea Legislativa. Una rareza, pues, urgir por esos millones, cuando ya tus ciudadanos viven en el Edén.

Tras las amenazas, el presidente de la Asamblea de El Salvador dio su brazo a torcer y se arrodilló ante el líder supremo. El diputado Mario Ponce convocó a plenaria este 7 de febrero y, tras el fracaso de la asistencia, nuevamente para el 10 de febrero. También le juró obediencia (y eso que no es ministro de la Defensa) con la promesa de aprobar el préstamo que el Ejecutivo necesita.

Es lo de menos. Este domingo 9 de febrero la intención (al igual que lo demostraron las tarimas, los acarreados y la estupidez) no fue otra que montar un enorme mitin de cara a 2021. Sí, las estrategias comunicativas han demostrado ser más eficaces; lo burdo de las intenciones electorales no desaparece con el tiempo ni el gel.

Lo cierto es que la idea de invocar el 167 de la Constitución del consejo de ministros ha sido cuestionada por organizaciones con, digamos, algo más de experiencia constitucional. ¿Qué han dicho exmagistrados de la Sala de lo Constitucional, organizaciones de derecho constitucional u organismos internacionales que defienden el Estado de derecho? Que los artículos 167 y 87 son para situaciones excepcionales, de gravedad; que la Asamblea Legislativa puede ser convocada de forma extraordinaria únicamente si no está sesionando; que el derecho a la insurrección es del pueblo y no de los gobernantes. Menos de quien fuera presidente frente a otro poder del Estado.

Lo último es particularmente decisivo en esta coyuntura. Bukele ha logrado arrogarse la categoría de pueblo ante el pasmo, la ingenuidad y la apatía de una parte de la ciudadanía dispuesta a cederle sus derechos y su voz a un político mentiroso, ególatra y con mucha necesidad de atención.

El mitin frente al centro de gobierno es la consolidación de la carrera a los objetivos de 2021, y la concentración absoluta del poder. No hay que menospreciar, en cualquier caso, la latente posibilidad de disolución de la Asamblea y la ruptura del orden constitucional.

La ceguera es peligrosa, tanto o más que la apatía de los que, sentados, contemplan el nacimiento de un rey.

El lunes pasado, tras la toma de la asamblea del domingo 9 de febrero, el presidente de la Asamblea Legislativa de El Salvador suspendió por tiempo indefinido la sesión extraordinaria en la que se debía debatir la autorización del crédito y se condenó la militarización del Parlamento por parte de Bukele, y se le instó a «desistir de sus amenazas y uso de la fuerza». El mismo lunes, la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia (CSJ) ordenó al presidente que se abstuviera de usar al Ejército en actividades que pusiesen en riesgo el sistema constitucional.


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Foto de US Embassy Guatemala en Foter.com / CC BY-NC-ND