El opio del pueblo

Cuatro palabras que conforman una expresión conocida y, en tiempos, muy popular sobre la que, además, hay plena conciencia de que no es apócrifa. Su autor, Carlos Marx, la desliza al final de una famosa frase en la Crítica de la filosofía del derecho de Hegel: “la religión es el sollozo de la criatura oprimida, el significado real del mundo sin corazón, así como es el espíritu de una época privada de espíritu. Es el opio del pueblo”. Ha pasado siglo y medio desde su enunciación y quienes llegamos a pensar que era una antigualla debemos recoger velas. No solo es que el imperio de la razón pareciera cuartearse ante el avance del papel que desempeñan las emociones, ni que religiones poderosas hoy se encuentren arrinconadas por la opinión pública como le ocurre a la Iglesia católica ante los escándalos de pederastia, el asunto empata con unos tiempos muy peculiares en los que se asientan las sociedades actuales.

Si Marx hacía alusión a contextos de opresión, pero también de zozobra descorazonadora en los que la existencia carecía de alma o, si prefiere, de sentido, el momento presente no tiene visos de ser muy diferente. El paroxismo del consumo, la soledad rampante y la exacerbación del yo que catapultan vidas aisladas en sociedades líquidas según la conocida concepción de Zygmund Bauman parecieran abonar la validez de la recuperación del popular alegato. Cierto es que las instituciones que acogen la acción colectiva y que dan sentido a la política manifiestan comportamientos zombis, a los que no son ajenos aquellas que actúan estrictamente en el terreno religioso, sumiéndose todas en un estado de descrédito, desconfianza e irrelevancia como nunca ocurrió. Pero no por ello el papel opiáceo de algunas no dejó de tener su utilidad ante el dolor, el desvalimiento y la necesidad de conmiseración. En esta arena, las de carácter religioso, por su perfil intimista e igualmente exotérico, tienen una oportunidad de oro a la hora de generar consuelo y esperanza.

Los procesos de colonización se articularon sobre la religión católica siendo los actores vinculados a la vista (monarquías, papado, órdenes religiosas) agentes fundamentales.

En América latina, la religión ha venido desempeñando un papel muy sólido a la hora de configurar relaciones de dominación y de elaborar identidades. Los procesos de colonización se articularon sobre la religión católica siendo los actores vinculados a la vista (monarquías, papado, órdenes religiosas) agentes fundamentales. A la idea de cruzada, se añadió la más compleja de evangelización con su importante impacto en la actividad educadora. Durante mucho tiempo la confrontación en el universo cristiano se inclinó del lado católico algo que se mantuvo tras las independencias del primer cuarto del siglo XIX. Solo fue un siglo después cuando el avance de las iglesias protestantes comenzó a cambiar el panorama hasta llegar a dibujar en el siglo XXI un panorama mucho más diverso como han puesto de relieve Pérez Guadalupe y Grundberger en el libro que han editado en Lima Evangélicos y Poder en América latina (2019).

Ahora bien, hay una forma expresiva de usar el carácter narcotizante de la religión que integra un tipo de liderazgo concreto con un mensaje enclavado en la más rancia tradición eclesial. Tres países latinoamericanos, Brasil, México y El Salvador, que acogen formas de hiperpresidencialismo incuestionables, brindan suficiente evidencia para constatar el sentido del presente configurando casos extrapolables a otros escenarios de la región. Sus presidentes, cuyos mensajes buscan paliar el sufrimiento ofreciendo una vía hacia la felicidad, son epítomes del pastor que guía al rebaño desvalido por una senda trascendente. Sus reclamos en pro de un comportamiento moral, donde la honestidad individual debe ser el único vector de actuación, sobrepasan la acción de la justicia demasiado apegada al comportamiento humano. En la simplicidad de su oratoria llegan a los rincones más remotos con palabras que retoman el sabor de la niñez: amor, familia, bendiciones. En el fragor de sus peroratas invocan repetidas veces a la divinidad, ignorando aquel precepto aprendido en su infancia de “no usar el nombre de Dios en vano”.

Jair Bolsonaro, Andrés Manuel López Obrador y Nayib Bukele, que gozan de unos índices de popularidad que los sitúan a la cabeza entre sus pares latinoamericanos, coquetean constantemente con grupos de activistas de marcado cariz religioso y, lo que me parece más significativo, integran en su estilo de liderazgo su condición de autoproclamados mesías que tienen una inequívoca misión de carácter redentor que llevar a cabo.

Bolsonaro, que se jacta de ser un presidente “cristiano en un país laico”, ubicó a Damares Alves, una pastora evangélica, al frente del Ministerio de la Mujer, Derechos Humanos y Familia. Alentada por el presidente, Alves lanzó propuestas polémicas, en connivencia con consignas levantadas por pastores neopentecostales, como un plan para evitar embarazos adolescentes que plantea la abstinencia sexual como una de las principales estrategias.

López Obrador reiteradamente usa citas bíblicas en sus mañaneras, y en cualquier otra intervención pública, y hábilmente provoca constantemente la confusión del acrónimo de su movimiento político con el nombre de la virgen: Morena. Además, ha mandado imprimir diez millones de ejemplares de la Cartilla moral del pensador católico Alfonso Reyes en su querencia a redactar una constitución moral.

Nayib Bukele, subido a un escenario instalado improvisadamente frente al palacio legislativo salvadoreño el 9 de febrero se dirigió a sus seguidores con los siguientes términos: “Yo les quiero pedir que me dejen entrar al Salón Azul de la Asamblea Legislativa a hacer una oración y que Dios nos dé sabiduría para los pasos que vamos a tomar y luego la decisión estará en ustedes. ¿Me autorizan?”. Al rato regresó y proclamó: “Dios, tú me pediste paciencia, pero estos sinvergüenzas [los legisladores] no quieren trabajar por el pueblo. Dios es más sabio que nosotros. Dios es más sabio que nosotros. Una semana, señores. Una semana. Una semana. Ningún pueblo que va en contra de Dios ha triunfado, démosle una semana a estos sinvergüenzas: los convocamos de nuevo si no aprueban el plan”.

Los tres están convencidos de que si aceptan la ley es porque esta emana de Dios, e inmediatamente se arrogan la capacidad de interpretación absoluta pues están ungidos por la divinidad. Un asunto viejo, medieval, que hoy, además, vuelve a desempeñar el papel de adormidera del enajenado soberano.

Foto de maxbsb en Foter.com / CC BY-NC-SA

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