El avance de las nuevas derechas en América Latina no se explica solo por ciclos ideológicos, sino por su capacidad de transformar el malestar social profundo y anómico en proyecto político.
La crisis venezolana expone no un nuevo orden mundial, sino la persistencia del viejo principio del poder del más fuerte, ahora reconfigurado en una disputa abierta por las áreas de influencia.
Entre promesas incumplidas y el peso del lobby fósil, la COP30 volvió a mostrar la distancia entre la urgencia climática y la voluntad política de dejar atrás el petróleo.
Tras años de bloqueos y renegociaciones, la Unión Europea aprobó el acuerdo con el Mercosur, pero la batalla decisiva —la ratificación— recién comienza.
Bajo narrativas de legalidad y orden, el sistema internacional actual normaliza la excepción, legitima la fuerza y reconfigura las relaciones de poder globales, con impactos directos en América Latina.
Bajo la retórica moral de ayer y el cinismo descarnado de Trump hoy, las potencias vuelven a exhibir una verdad incómoda: sin reglas ni disfraces, Estados Unidos se asume como gendarme global al servicio de sus intereses.