Trump y la mentira fascista

En el marco de una pandemia que Trump constantemente ninguneo, y en estos días de protesta y de malestar civil en Estados Unidos, el caudillo de la Casa Blanca no hizo más que avivar las llamas del incendio que se desató a partir del asesinato de un ciudadano afroamericano, George Floyd, por parte de un policía de Minneapolis. En realidad, las protestas por este asesinato implican una condena clara de la política de mano dura y el racismo estructural que ha existido históricamente en el país del norte, pero Trump lo explicó a partir de la mentira de una conspiración de izquierda, una acción de anti-fascistas radicalizados que incluso usan ancianos que se golpean a propósito la cabeza contra el piso. Trump agregó que Floyd desde el cielo estaba contento por la situación económica y social del país: “Con suerte, George esté mirando hacia abajo en este momento y esté diciendo que lo que está sucediendo en nuestro país es algo grandioso… Hoy es un gran día para él. Es un gran día para todos…Hoy es un gran, gran día en términos de igualdad.”

Esta forma de deformar la realidad tiene un precedente en la historia de la mentira fascista. Trump está utilizando esta crisis para promover su marca de autoritarismo, posicionándose no como un funcionario electo sino como un líder que posee la verdad y cuya autoridad es “total”.

La mentira y la propaganda ha sido una herramienta poderosa para los líderes autoritarios en el pasado pero estos líderes consideraban que sus mentiras representaban una verdad ultima y trascendental.

La mentira y la propaganda ha sido una herramienta poderosa para los líderes autoritarios en el pasado pero estos líderes consideraban que sus mentiras representaban una verdad ultima y trascendental. De hecho, el propagandista fascista más famoso, el líder nazi Joseph Goebbels, a menudo es citado erróneamente diciendo que repetir mentiras era fundamental para el nazismo. Goebbels nunca dijo eso. Esta cita errónea ha llevado a una imagen de líderes fascistas como plenamente conscientes del alcance de sus falsedades deliberadas.

La relación entre las verdades percibidas y las mentiras en el nazismo es más complicada que eso. Cuando Goebbels dijo que Hitler lo sabía todo y que era “el instrumento naturalmente creativo del destino divino”, no solo quiso adular a su jefe. En realidad creía en sus mentiras. ¿Goebbels se mentía a sí mismo o creía en una forma de verdad que trascendía la demostración empírica? Ambas cosas son ciertas. Para los fascistas como Goebbels, el conocimiento era una cuestión de fe, y especialmente una fe profunda en el mito del líder fascista. Creían en una verdad que trascendía los hechos.

En las décadas de 1930 y 1940, los fascistas de todo el mundo vieron la verdad encarnada en mitos antisemitas, así como en mitos de un pasado dorado que iba a ser restablecido y expandido, lo que el filósofo judío alemán Ernst Cassirer llamó ” un mito planificado”.

Los fascistas planearon políticas concretas destinadas a remodelar el mundo de acuerdo con las mentiras fascistas. Por ejemplo, si las mentiras antisemitas declaraban que los judíos eran inherentemente sucios y contagiosos y, por lo tanto, debían ser asesinados, los nazis crearon condiciones en los guetos y campos de concentración donde la suciedad y la enfermedad generalizada se hicieron realidad. Los prisioneros judíos hambrientos, torturados y radicalmente deshumanizados se convirtieron en aquello que los nazis habían planeado para ellos y, en consecuencia, fueron asesinados.

En su búsqueda de una verdad que no coincidiera con el mundo experimentado, los fascistas concibieron lo que vieron y no les gustó como falso.

Hitler, y también Goebbels, creían firmemente que lo que decían era cierto. En 1942, Goebbels escribió en su diario privado que “la esencia de la propaganda es la simplicidad y la repetición”.

Por supuesto, simplemente repetir mensajes de propaganda puede ser increíblemente peligroso, especialmente cuando éstos no se basan en hechos sino en mito e ideología.

Cuando Trump miente repetidamente sobre el virus y su fortaleza al enfrentar a los manifestantes, el presidente también está creando un sentido sagrado de la “verdad”, de su propia grandiosidad e invencibilidad. En 2018, Trump le dijo a sus seguidores que “lo que estás viendo y lo que estás leyendo no es lo que está sucediendo”. Según esta mentalidad, lo que el líder dice y hace es más importante que los hechos, la ciencia e incluso las propias percepciones de los seguidores sobre el mundo. Lo mismo hace Jair Bolsonaro en Brasil con su deformación de la realidad de la pandemia y la negación de la ciencia.

Trump y Bolsonaro creen que su opinión es superior a la de los médicos y científicos. Trump no usa máscaras para protegerse a sí mismo y a los demás del covid-19, y junto a Bolsonaro promueven curas de fantasía y exigen que todos sigan sus falsedades como si fueran verdades. Aún más peligroso, ignoran precauciones de salud pública para favorecer una reapertura económica, como si la economía se pudiera encender como un interruptor de luz mientras miles mueren diariamente por el coronavirus.

Millones están desempleados, argumentan, no debido a una amenaza legítima para la salud y esfuerzos de mitigación dolorosos pero necesarios, sino porque sus enemigos políticos lo están castigando al insistir en cierres, órdenes de quedarse en casa y reaperturas graduales.

Al reemplazar la realidad, al insistir en milagros, enemigos fantasmas y curas dudosas, en resumen repitiendo puntos de propaganda dañinos que niegan o minimizan la propagación de la pandemia, deforman la realidad de las protestas contra el racismo y culpan a otros por el dolor económico resultante, Trump y Bolsonaro se hacen eco de lo que hizo Goebbels y, como él, creen en sus propias mentiras. Los resultados ya son parte del registro histórico y son catastróficos.

Foto de Johnny Silvercloud en Foter.com / CC BY-SA

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