El daño antropológico brasileño

El concepto daño antropológico resulta interesante para comprender el pasado inmediato y el presente político y sociocultural de un país. Fue utilizado por el sociólogo venezolano Rafael Uzcátegui para referirse al drama político y cultural de su país, como forma de caracterizar la identidad y los valores adquiridos en Venezuela desde la llegada del chavismo al poder. Lo tomó prestado, en realidad, del historiador cubano Luis Aguilar León, que en su libro Reflexiones sobre Cuba y su futuro lo define asociado al miedo al cambio y la represión, la desesperanza, el servilismo y el desarraigo generados por lo que ha sido la intervención estatal en las relaciones sociales y la psiquis de los habitantes de la isla desde los años de 1960.

Un tipo de daño antropológico ha quedado al descubierto en Brasil en los últimos meses, en la medida que fue avanzando una estrecha relación entre la pandemia del Coronavirus y las particularidades de la vida política cotidiana. Podría pensarse que el virus llegó en un mal momento, que el país no terminaba de adaptarse a un presidente como Bolsonaro, a su gabinete ministerial y a sus escándalos diarios en torno a su familia y amigos. Recientemente, viejos aliados como su Ministro de Justicia, el ex juez Sergio Moro, y dos ministros de Salud Pública han renunciado evidenciando una conflictividad política que trasciende las circunstanciales funciones públicas. El gobierno, y el propio Bolsonaro, han ido perdiendo la adhesión de muchos de sus electores, mientras otros se arraigan aún más a su discurso y accionar. 

Los brasileños han vivido este atípico año 2020 como una reedición del 2016 y las grandes desavenencias políticas. La conflictividad política y social se ha trasladado a las instituciones del Estado, a las tensiones entre el Supremo Tribunal Federal y el Poder Ejecutivo, a los intentos de silenciamiento de la Policía Federal, a la gestión de los gobernadores estaduales, al papel adquirido por la Fuerzas Armadas y al juego político oscilante del Congreso. Con los ánimos crispados, los brasileños todavía parecen estar bajo los efectos de la resaca de un ciclo político que se resiste a concluir.

En marzo, mientras ciertos sectores políticos venían construyendo un discurso defensivo bajo la tesis de la inminencia de un golpe de Estado, las imágenes de la caótica situación en Italia y España con centenares de muertes diarias por el Covid-19 comenzaban a preocupar a la población. Los medios de comunicación parecían anticipar la tragedia que se viviría fundamentalmente en amplias regiones de San Pablo y Río de Janeiro, y en el norte y nordeste de uno de los países más desiguales del mundo, con 210 millones de habitantes, y un sistema de salud y de protección social con problemas estructurales históricos.

Desde el inicio, el gobierno federal no comprendió el fenómeno o simplemente se valió de él para desarrollar una nueva disputa de narrativas que generó incertidumbre y temor en la población,

Desde el inicio, el gobierno federal no comprendió el fenómeno o simplemente se valió de él para desarrollar una nueva disputa de narrativas que generó incertidumbre y temor en la población, prolongando así el clima de conflictividad como una estrategia de sobrevivencia política. Mientras los ministros de salud y los gobernadores se han inclinado por el aislamiento social, Bolsonaro se ha dedicado a cuestionar dichas medidas. El desenlace esperado fue una inercia colectiva de la población, y la leyenda “quédese en casa” que debía ser internalizada como forma de defensa ante el virus, se convirtió fundamentalmente en un mantra de oposición política al gobierno Bolsonaro, lo cual tuvo sus consecuencias prácticas.

La sociedad brasileña se vio en una disputa que asociaría sus conflictos políticos con la nueva realidad impuesta por el Coronavirus. Cualquier mínima relativización a la estrategia del aislamiento social sería vista como un acto político, y éste, en sintonía con la figura de Bolsonaro. A la inoperancia y ausencia de su liderazgo, se sumó el discurso un tanto apocalíptico sobre la inminencia de un golpe por parte de la oposición. Esta politización en torno a las respuestas sanitarias, sociales y económicas a la pandemia, llevó a que médicos, epidemiólogos e investigadores prefirieran el ostracismo a un eventual escrache público en medio de un clima social hostil, dejando así a la sociedad brasileña privada de un debate abierto y democrático.

El país se privó de reflexionar por qué las muertes con Coronavirus se producen en esas regiones, y cómo en el desarrollo de una pandemia intervienen múltiples factores como el medio ambiente, la demografía, la psicología, el urbanismo, la sociología, la genética, además de la biología. También en qué medida las carencias en infraestructura médica y de formación académica podrían explicar la triste marca de fallecidos.  O temas como la corrupción y los desvíos de dinero público que podrían haber sido utilizados para la compra de insumos y hasta la construcción de hospitales de campaña.

A falta de un debate publico, el miedo llevó a la sociedad brasileña a aislarse como medida de protección. Esto provocó consecuencias económicas y psicosociales enormes, así como el costo de vidas humanas que por temor al contagio en hospital falleció sin acceder siquiera a atención médica. Los brasileños, inmovilizados por el pánico generado por los datos difundidos por los medios de comunicación, apenas se plantean que todo esto pueda ser cuestionado.

El aislamiento social dejó en evidencia el daño antropológico brasileño y la vigencia de un ciclo político que mantiene prisionero a una sociedad que parece más adepta al conflicto ideológico y político que al compromiso con la realidad. Hay un aire de resignación en la población y luego de tres meses de aislamiento, quedarse en casa no parece ser una solución práctica y legítima para quienes ya han perdido demasiado.

Foto de jeso.carneiro en Foter.com / CC BY-NC