La tensión, aunque pausada, no baja de intensidad sino que aumenta. Las amenazas de Trump continúan, aun cuando la administración Sheinbaum hizo su mejor esfuerzo en migración y en el combate contra la producción y distribución de fentanilo.
Ese esfuerzo titánico tenía como objetivo terminar con el riesgo que representa la puesta en operación del 25% en los aranceles a la exportación de productos mexicanos al mercado estadounidense, pero Trump, insatisfecho, se burló, diciendo que lo habían hecho para hacerlo “feliz”.
Y ante la renovación de un nuevo mes sin esos aranceles que violentan el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), asalta la pregunta de dónde está la línea roja que Sheinbaum no está dispuesta a cruzar en esta carrera de obstáculos.
Convencionalmente serían tres. El primero, migración, en cuanto Trump busque reinstaurar permanentemente la política de “Quédate en México”, es decir, convertir al gobierno mexicano en una suerte de guardián fronterizo. El segundo, aranceles o presiones renovadas para renegociar partes del T-MEC en beneficio de los empresarios estadounidenses y en perjuicio de los nacionales. Y el tercero, el más espinoso, la definición de “organizaciones terroristas” para perseguir militarmente en territorio mexicano a los cárteles de la droga.
Esto adquiría una nueva dimensión si es buena la lista de 110 narcopolíticos que ya comentan periodistas y medios influyentes. El desenlace dependerá de hasta dónde quiera presionar Trump y hasta dónde esté dispuesta a ceder Sheinbaum al chantaje político. Y hablando en términos de cartas de póker, como le gusta razonar a Trump, él tiene más ases, como lo demuestra lo conseguido en el mes de febrero a cambio de continuar la agonía arancelaria.
Imaginemos que esa lista de narcopolíticos con expedientes se ponga sobre la mesa de negociación. Sheinbaum tendría que decidir entre defenderlos o combatirlos.
El problema es que, como el objetivo de la lucha estadounidense contra las drogas es el fentanilo, no otro tipo de drogas, se lo vincula al periodo de gobierno del primer piso que condujo López Obrador. ¿Acaso le redituaría a Trump meter a los expresidentes Felipe Calderón y Enrique Peña? No, el foco está puesto en el grupo gobernante.
Y eso podría significar vincular a miembros del gabinete, gobernadores, alcaldes, senadores y diputados, lo que provocaría inmediatamente un terremoto interno y en la relación bilateral al menos en tres niveles. El primero, de legitimidad por el vínculo: algunos hablan de subordinación de Sheinbaum a López Obrador por el remoto caso de que ella, buscando blindar su gobierno, deje que opere la justicia norteamericana, con el riesgo de que podrían fracturar los tres niveles de gobierno. Si eso no ocurriera, y Sheinbaum decide pagar el costo político que le significaría salir a la defensa de quienes sean señalados como narcopolíticos, se produciría un conflicto diplomático sin precedentes entre los dos países, con los subsecuentes efectos en las relaciones políticas y comerciales. Finalmente, estarían las consecuencias para la estabilidad política del país, porque, seguramente, se descompondría la unidad en el morenismo, como se ve en algunas decisiones legislativas que perfilan ya una división entre Sheinbaum y López Obrador.
Ante este escenario, la oposición buscaría aprovechar el vacío de poder bajo la lógica de “río revuelto, ganancia de pescadores”. Peor, aún, si Trump, con toda su imprevisibilidad, decide elevar la apuesta hasta llegar al expresidente López Obrador. Eso complicaría el escenario a Sheinbaum, que estaría en el dilema de ajustarse a la ley para salvar a su gobierno como en su momento hizo el expresidente Lázaro Cárdenas cuando se deshizo del llamado “jefe máximo”, Plutarco Elías Calles, o, como fraseo en la tribuna pública aquello del himno nacional: “Más si osare un extraño enemigo profanar con su planta tu suelo…”.
Buscaría, quizá, renacer ese viejo nacionalismo que en otros momentos ha sido freno a las intentonas extranjeras, pero también podría fortalecer el argumento de Estados Unidos de que México está gobernado por los cárteles y sus socios políticos. Algo que no será fácil de negar, tras sucesos como el de Jalisco, donde familias de desaparecidos encontraron, como en Auschwitz, hornos crematorios y despojos de zapatos, ropa, maletas, que dan cuenta del horror que se vive en muchas regiones del país, como también de la impotencia gubernamental.
Todo ello nos permite parafrasear aquella pregunta fundamental de Latinobarómetro de: ¿apoyarías perder libertades a cambio de un gobierno que resuelva los problemas de seguridad? La respuesta es casi siempre afirmativa, lo que da cuenta del nivel de aprecio que tienen los ciudadanos latinoamericanos por su democracia representativa.
Sin embargo, no son pocos los observadores políticos que aseguran que Sheinbaum tiene en la mano la llave para despojarse del tutelaje de AMLO, que amenaza constantemente su gobierno por el control que tiene en el gabinete, las cámaras legislativas, los 24 gobernadores, el partido.
Entonces, Sheinbaum está ante un dilema: aprovechar la presión de Trump para fortalecer su liderazgo demostrando que su gobierno es distinto y que la justicia debe seguir su curso o seguir, en una suerte de fuga hacia adelante, atrapada en una espiral de desconfianza y conflictos internos.
En definitiva, cae al dedo la expresión de AMLO, que defendía la tesis del pragmatismo político, y que le gusta repetir a la presidenta Sheinbaum: “En la política hay que optar entre inconvenientes”.