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México en el discurso del primer ministro de Canadá

México en el espejo de Davos: entre la soberanía retórica, la fragilidad institucional y el riesgo de quedar fuera de la mesa geopolítica.

Mark Carney, el primer ministro de Canadá, aprovechó su presencia en el Foro Económico Mundial celebrado en Davos para pronunciar un discurso que puso los puntos sobre las íes en materia geopolítica. En él reconoció que las normas surgidas tras la Segunda Guerra Mundial, concebidas para preservar el equilibrio global, están hoy rotas. Sostuvo que ese orden ya no existe y que tampoco nos encontramos en una transición hacia un nuevo modelo basado en reglas universales. Por el contrario, describió un mundo regido por los intereses de las grandes potencias económicas y militares —Estados Unidos, China y Rusia—, empeñadas en controlar el futuro de la humanidad.

El problema es que, todavía hoy, tanto los organismos internacionales como muchos líderes mundiales actúan como si esas reglas siguieran cumpliendo la función que se les encomendó al final de la Segunda Guerra Mundial, especialmente a través de la que fue su máxima expresión institucional: la creación de la ONU y sus organismos especializados.

Carney afirma que el mundo no atraviesa una transición hacia un nuevo modelo geopolítico, sino una ruptura del orden internacional, en la que la integración económica se ha transformado en un arma de presión mediante aranceles, cadenas de suministro y mecanismos financieros. Así, la escena mundial queda determinada por la rivalidad económica entre las grandes potencias, con Estados Unidos, China y Rusia actuando sin límites claros, mientras los países más débiles sufren las consecuencias.

Frente a este cambio en el orden mundial, el primer ministro canadiense hace un llamamiento a las potencias medias para construir una autonomía estratégica en áreas clave como energía, alimentos, minerales, finanzas y cadenas de suministro.

La lógica es clara: si las normas internacionales ya no protegen a un país, este debe protegerse por sí mismo. Pero, ¿cómo encaja esta reflexión en países con modelos híbridos o abiertamente autocráticos? Para Carney, su propuesta es tremendamente pragmática: no es ingenua, sino realista, y nada más y nada menos que basada en valores democráticos, muy en la línea de lo que sostiene la Unión Europea. El dilema para los países con sistemas híbridos o autocráticos consiste en mantenerse en un modelo de integración subordinada o alinearse con valores que garanticen la cohesión social y política a mediano y largo plazo.

México se encuentra en esa encrucijada mientras avanza hacia un precipicio autocrático, con la captura y debilitamiento de instituciones democráticas —basta con mirar al Poder Judicial, seleccionado a través de reformas electorales que han favorecido a militantes confesos del partido Morena—. Esta debilidad estructural ha permitido que el gobierno de Donald Trump la utilice con fines geopolíticos propios, aumentando la presión sobre la administración de Claudia Sheinbaum. Queda claro que un líder con ambiciones autocráticas, aunque aún limitado por controles legislativos, no tolera que otro intento similar surja dentro de su esfera nacional si entra en conflicto con los intereses del MAGA.

No obstante, el gobierno de Claudia Sheinbaum mantiene a diario una soberanía retórica, mientras en la práctica cede frente a las necesidades geopolíticas del país del norte en asuntos como comercio, migración y crimen organizado. Por ello, Carney advierte que la integración económica puede convertirse en una forma de subordinación.

Esto resulta especialmente delicado para México debido a su dependencia estructural de los mercados estadounidenses, que concentran el 80% del comercio exterior del país, su integración profunda en las cadenas productivas y la vulnerabilidad frente a aranceles, sanciones o presiones regulatorias.

Peor aún, y cuando los errores cuestan más, se ha debilitado no solo al Poder Judicial al alinearlo con el oficialismo, sino también a los órganos autónomos y reguladores económicos, mientras se pone en entredicho la credibilidad del proceso electoral. Carney resume el riesgo de esta situación con una frase contundente e insuperable: “Si no estás en la mesa, estás en el menú”.

El modelo de la posguerra está, sin duda, roto. Antes, los mercados toleraban cierto déficit democrático mientras hubiera estabilidad política; hoy, ya no. Lo que importa ahora es la confianza institucional, un activo geopolítico fundamental, porque la inversión fluye hacia Estados previsibles, con reglas creíbles y respeto por contratos y tratados comerciales.

Y si México quiere estar en la mesa, tendrá menos margen para políticas discrecionales y enfrentará un mayor castigo por decisiones ideológicas que puedan relegarlo frente a otras potencias medias más confiables, como Canadá, Corea del Sur o Australia. Y, además, por la violencia criminal que no cesa. Es una gran debilidad que el crimen organizado reemplace al Estado en territorios enteros. Y estas debilidades afectan a las cadenas de suministro, la seguridad y la estabilidad territorial, lo que se traduce en una menor capacidad para aprovechar oportunidades de nearshoring, infraestructura logística o integración industrial de alto valor.

En cambio, unas potencias medias coordinades frente al nuevo escenario internacional podrían establecer un sistema de reglas comunes, construir una autonomía estratégica y defender estándares compartidos.

Lamentablemente, el gobierno mexicano hoy no ofrece garantías institucionales y solo parece buscar ganar tiempo. Pero, ¿tiempo para qué? ¿Acaso espera que Trump se debilite en el mediano plazo para volver a la etapa en que todo parecía ir viento en popa para la 4T, el ambicioso proyecto político de AMLO? Y si fuera así, ¿realmente podría beneficiarse más aliándose con China o Rusia? Hace falta un desprendimiento del ideario del obradorismo, que sigue viendo un mundo en el que los Estados nación se rigen por los dictados de la posguerra. Con esas debilidades, persisten en esa idea, sin percibir que la realidad internacional se le viene encima a su presidenta.

Pero, volviendo a las entrelíneas del discurso de Carney, llama a países como México a dar un paso atrás para luego dar dos adelante, reconstruyendo los contrapesos desmantelados y, de ese modo, enviar señales más claras a mercados y aliados políticos. Una cooperación estratégica con Estados Unidos y Canadá exige, de inmediato, revertir el impulso autocrático.

El problema para la presidenta Sheinbaum es que comparte el poder con López Obrador, y cualquier movimiento en esa dirección, por mínimo que sea, tambalea el piso donde se encuentra. Le resulta difícil reconocer ese cogobierno. Y la situación se complica aún más si Trump llega a exigir la entrega de narcopolíticos de Morena.

Sheinbaum celebró el discurso de Carney, pese a lo incómodo que resulta para el gobierno mexicano, porque parte de una premisa clara: en un mundo sin reglas sólidas, la debilidad institucional se paga cara. Los modelos cuasiautocráticos pierden margen de maniobra, se vuelven más dependientes del exterior y son más fáciles de presionar o disciplinar en un sistema de intereses geopolíticos. En otras palabras: la soberanía se construye y fortalece con instituciones, no con posturas ni discursos encendidos en la plaza pública.

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Profesor de la Universidad Autónoma de Sinaloa. Doctor en Ciencia Política y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores de México

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