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La geopolítica del yo

En la era de la “geopolítica del yo”, el poder global deja de articularse en reglas y alianzas estables para girar en torno al liderazgo personalista, transaccional y autorreferencial de Donald Trump.

Durante décadas la geopolítica ha constituido un campo de estudio encargado de analizar cómo la ubicación, el territorio, los recursos naturales y las características geográficas influyen en el poder y en la estrategia de los Estados cuya evolución resultaba estar íntimamente ligada a ella. La relación entre espacio y política, considerando factores económicos, militares y culturales que condicionan la proyección internacional y la competencia por la influencia global ha sido su razón de ser. Sin llegar a cuestionarla de raíz, los cambios en el panorama internacional cristalizados a lo largo del último año han gestado serias dudas sobre las bases de sustentación de esa concepción en la medida en que se da una paulatina transformación de la esencia de los estados nación, nostalgias obsesivas y liderazgos abusivos.

En concreto, desde la consolidación de la doctrina Trump vertida en la Estrategia de la Seguridad Nacional, se han registrado tres momentos significativos puestos de manifiesto en diferentes foros. Bien es cierto que ello se da en el contexto excepcional de la contra actuación del primer ministro canadiense Mark Carney formulada en Davos con su crítica a un escenario que suponía una ruptura y no una transición, algo que el canciller alemán, Friedrich Merz, tres semanas más tarde en la 62 Conferencia de Seguridad de Munich ratificó al sentenciar que «el orden internacional ya no existe tal y como lo conocíamos».

Carney encabeza ahora las conversaciones entre la UE y un importante bloque comercial del Indo-Pacífico integrado por Canadá, Singapur, México, Japón, Vietnam, Malasia y Australia después de pedir a estas potencias medias que unan sus fuerzas en pro de una de las alianzas económicas globales más grandes que crearía un nuevo bloque comercial de 1.500 millones de personas.

El primer momento lo configura el evento de Munich, el gran templo histórico del transatlantismo, donde Marco Rubio asumió un papel estelar suavizando el lenguaje procaz y confrontador de su presidente. Sin embargo, el contenido de sus palabras no deja de ser desalentador. Apeló con una insólita (¿ingenua?) franqueza a una identidad compartida con Europa (“para nosotros, los estadounidenses, nuestro hogar puede estar en el hemisferio occidental, pero siempre seremos hijos de Europa”) fruto de un supuesto pasado glorioso creador de “una ejemplar civilización” sin fisuras cimentada en “la fe cristiana”.

De ello no cabía sino sentir orgullo porque “en Europa nacieron las ideas que sembraron las semillas de la libertad que cambiaron el mundo”. La denuncia de los peligros de la migración masiva fue el colofón singular de la narrativa simplista con la que se quiere unificar el miedo que configurará la identidad servil de amplias mayorías angustiadas por su supervivencia. Si el señuelo funcionó con respecto a la delincuencia en favor del publicista Bukele, ¿por qué no ahora con la satanización del ajeno, con la exaltación de la “remigración”?

El segundo momento lo constituye la puesta de largo el pasado 19 de febrero de la Junta de Paz, inicialmente pensada como una «administración de transición» para Gaza, pero cuyo radio de acción quiere ahora globalizar la Casa Blanca, a la que para su funcionamiento Estados Unidos, una vez que el Congreso así lo apruebe, va a aportar diez mil millones de dólares.  Una reunión a la que acudieron familiares de Trump (su yerno Kushner), hombres de negocios (Witkoff), de la farándula (Infantino), miembros de su gabinete (Vance y Rubio) y representantes de 27 países a quienes unían intereses privados y lazos de lealtad, venidos a rendir pleitesía y a formalizar el entierro del multilateralismo sin que, de momento, ninguno haya reembolsado la cantidad de mil millones de dólares que supone la membrecía al nuevo club.

En su discurso de bienvenida Trump se dirigió a los dos únicos presidentes latinoamericanos presentes con palabras cuyo sentido no requiere comentario alguno: ”¿Dónde está el presidente Milei? Yo lo apoyé. No se supone que deba apoyar a la gente, pero apoyo a quienes me caen bien… Iba un poco rezagado en las encuestas. Al final, obtuvo una victoria aplastante”. Después, ”el presidente Peña de Paraguay está aquí. Muchas gracias. Es un joven guapo. Siempre es agradable ser joven y guapo. Eso no significa que tengamos que quererlo. No me gustan los jóvenes guapos. Me gustan las mujeres. A mí no me interesa eso. Usted también hace un excelente trabajo”. Milei no dispuso del uso de la palabra, pero sí Peña que agradeció efusivamente las palabras del anfitrión.

Por último, Trump ha convocado a un grupo de presidentes latinoamericanos a una cumbre en Miami el 7 de marzo, pocas semanas antes de su viaje a Pekín. La lista de invitados inicial confirmados incluía a Milei (Argentina), Paz (Bolivia), Noboa (Ecuador), Bukele (El Salvador), Asfura (Honduras) y Peña (Paraguay). Se trata de la corte más fiel de la región en el nuevo orden imperial. Poco después, Molino presidente de Panamá logró ser incluido también en la nómina. La cumbre se centrará en contrarrestar la influencia china en el hemisferio al amparo de la retórica trumpista de regionalismo cerrado.

Si para analistas como Ian Bremmer, este tipo de discursos reflejan la consolidación de una era de “geopolítica transaccional” donde las alianzas se miden cada vez más en términos de intereses concretos, personalmente prefiero centrarme en el perfil más individualista y autocrático del momento actual de vasallaje. El presidente estadounidense, como otros de los jefes de estado recién citados, concentra el poder en sus manos porque el Congreso le ha cedido los suyos habiendo también aprobado menos leyes que cualquier otro desde mediados del siglo XIX. Además, ha logrado que su hoy vocero, Marco Rubio, que hace ocho años lo calificó de estafador a quien no se podían confiar los códigos nucleares, en su traición personal engalane su servilismo para satisfacción máxima del ego presidencial. La situación representa el colmo de la geopolítica del yo, pues el relato constante de Trump del acontecer pasado, presente y futuro es siempre en primera persona del singular.

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Director del CIEPS - Centro Internacional de Estudios Políticos y Sociales, AIP-Panamá. Profesor Emérito Honorífico en la Universidad de Salamanca y UPB (Medellín). Últimos libros: "El oficio de político" (Tecnos Madrid, 2020), "Huellas de la democracia fatigada" (Océano Atlántico Editores, 2024) y "Cuando la política dejó de ser lo que era" (Océano Atlántico Editores, 2025).

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