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El nuevo Mercosur: una herramienta común al servicio de intereses individuales

La coordinación regional persiste, no como proyecto compartido, sino como una vía pragmática para enfrentar presiones externas cada vez más intensas.

Las ratificaciones sudamericanas del acuerdo Mercosur–Unión Europea nos permiten observar cómo está cambiando la lógica del regionalismo en la región. En un contexto internacional marcado por crecientes rivalidades geoeconómicas, el Mercosur parece operar menos como expresión de convergencias políticas profundas y más como una herramienta institucional a la que los Estados acuden para gestionar vulnerabilidades estratégicas en el plano global.

Durante más de tres décadas, el acuerdo entre ambos bloques avanzó y retrocedió al ritmo de los cambios políticos regionales y de las oscilaciones del orden global. El anuncio del principio de acuerdo en 2019 pareció marcar un punto de inflexión tras veinte años de negociaciones. Sin embargo, el entusiasmo inicial se diluyó rápidamente ante objeciones ambientales en Europa, cambios de gobierno en Sudamérica y un clima internacional cada vez menos favorable a la liberalización comercial, entre otros factores.

Siete años después, el escenario volvió a moverse. Tras la firma del histórico acuerdo en enero de 2026, Uruguay y Argentina aprobaron el acuerdo en febrero. Brasil avanzó con media sanción en Diputados y Paraguay inició su proceso legislativo. En paralelo, la Comisión Europea anunció su intención de acelerar la aplicación provisional del tratado, considerándolo una prioridad estratégica.

En este marco cabe preguntarnos: ¿por qué ahora?, ¿qué implicancias tienen estos movimientos para la integración regional sudamericana?

Un entorno internacional amenazante

Entre 2019 y 2026, el entorno global cambió de manera profunda. China consolidó su presencia económica en Sudamérica y se convirtió en el principal socio comercial de varios países de la región. Las cadenas globales de valor comenzaron a reorganizarse bajo criterios de seguridad económica más que de eficiencia. Estados Unidos y la Unión Europea reforzaron políticas de relocalización industrial y ampliaron el uso de medidas comerciales justificadas en términos de seguridad nacional.

Sin embargo, el regreso de Donald Trump a la presidencia en Estados Unidos y el aumento de aranceles a productos europeos, con un gran aumento de la fricción en las relaciones transatlánticas, empujaron a la Unión Europea a diversificar socios y acelerar acuerdos pendientes. En ese marco, avanzar con el acuerdo con Mercosur adquirió para Bruselas un valor adicional como forma de asegurar mercados y fortalecer alianzas económicas en un escenario comercial cada vez más incierto. En este contexto, los acuerdos comerciales dejaron de ser simples instrumentos de apertura económica y se transformaron en verdaderas herramientas de posicionamiento geopolítico.

Una paradoja regional

El avance del acuerdo Mercosur–Unión Europea ocurre, paradójicamente, en un momento de escasa coordinación política en Sudamérica. El regionalismo atraviesa una etapa marcada por agendas nacionales divergentes, instituciones debilitadas y la ausencia de un liderazgo regional capaz de articular un proyecto común. Lejos de un impulso integracionista renovado, el proceso de ratificación parece desarrollarse en un escenario de fragmentación política.

Las posiciones de los presidentes del Mercosur reflejan esa diversidad. Para Lula da Silva, el acuerdo es una oportunidad para ampliar el desarrollo industrial brasileño. Para Javier Milei, representa una estrategia de reinserción de Argentina en el comercio global. Yamandú Orsi lo interpreta como una vía pragmática para ampliar las opciones externas de Uruguay y Santiago Peña lo presenta como una plataforma para atraer inversiones hacia Paraguay.

Más que una visión compartida sobre el rumbo del Mercosur, lo que emerge es una convergencia circunstancial de intereses nacionales. Cada gobierno interpreta el acuerdo desde prioridades domésticas distintas, pero todos encuentran en él un instrumento útil para mejorar su margen de maniobra internacional.

En ese sentido, el punto de encuentro no radica tanto en una idea común de integración regional como en la percepción de que actuar a través del Mercosur permite amortiguar, al menos parcialmente, las vulnerabilidades que cada país enfrenta por separado en un sistema internacional cada vez más cargado de amenazas.

El nuevo uso del regionalismo

Aquí aparece la transformación más relevante. La integración regional deja de operar como un proyecto político con significado propio y pasa a funcionar como un dispositivo institucional disponible para objetivos nacionales diferenciados.

El Mercosur ya no actúa como fuente de preferencias comunes. Funciona como infraestructura diplomática y jurídica que permite negociar colectivamente en un mundo de bloques, tensiones comerciales y competencia estratégica.

En este contexto, el Mercosur adquiere una función que va más allá de la lógica integracionista tradicional. Su valor reside menos en profundizar la convergencia regional que en ofrecer una plataforma desde la cual los países sudamericanos pueden negociar, proteger intereses y reducir costos de exposición frente a un entorno internacional más exigente.

El regionalismo bajo presión

El avance del acuerdo muestra que la coordinación de acciones regionales puede persistir incluso cuando la cohesión política es limitada. El proceso ratificatorio en Sudamérica permite entrever en qué medida y de qué forma que las instituciones pueden sobrevivir a los ciclos ideológicos y continuar ofreciendo marcos de acción colectiva aun cuando los consensos políticos son débiles.

Esto tiene implicaciones importantes. Este tipo de acciones sugieren que el futuro del regionalismo sudamericano podría depender menos de grandes proyectos políticos compartidos que de su utilidad práctica frente a un entorno internacional cada vez más amenazante.

En un orden global atravesado por rivalidades geoeconómicas, competencia tecnológica y fragmentación comercial, los países de la región enfrentan vulnerabilidades estructurales conocidas: economías fuertemente dependientes de exportaciones primarias, exposición a shocks financieros y escasa capacidad para influir en la definición de reglas globales. En ese contexto, el Mercosur conserva una relevancia que no proviene necesariamente de la cohesión política entre sus miembros, sino de la escala institucional que ofrece para actuar en un sistema internacional más competitivo.

Las ratificaciones del acuerdo Mercosur–Unión Europea reflejan precisamente esa lógica. No anuncian un relanzamiento del regionalismo sudamericano, pero sí muestran que las instituciones regionales siguen siendo un recurso disponible cuando el entorno externo se vuelve más demandante.

Autor

Doctoranda en Relaciones Internacionales y becaria doctoral del CONICET en la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de Rosario. Investiga regionalismo sudamericano, gobernanza financiera internacional y transformaciones del orden económico global.

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