La cumbre “Escudo de las Américas”, celebrada en Miami, fue en muchos aspectos un espectáculo familiar. El presidente Trump reiteró temas ya conocidos: mano dura contra los cárteles de la droga, persistente antagonismo hacia Cuba y la justificación de la guerra con Irán. Sin embargo, en medio de esa retórica habitual, hubo un detalle que llamó la atención: el orgullo visible de Trump al recordar los respaldos que brindó a figuras de derecha en distintos países de América Latina. En Argentina, por ejemplo, el condicionamiento de la asistencia financiera al triunfo de Milei fue clave durante las últimas elecciones legislativas. Algo similar ocurrió durante las elecciones presidenciales en Chile y Honduras. A medida que se acercan elecciones en Brasil, Colombia y Perú, dinámicas parecidas podrían repetirse. El “Escudo de las Américas” podría resultar menos un mecanismo de seguridad que una especie de franquicia política: un vehículo para exportar hacia el sur una marca de política conservadora, con el beneplácito de Washington.
En términos operativos, la iniciativa parece estar impulsada principalmente por el secretario de Estado Marco Rubio y el secretario de Defensa Pete Hegseth. Ambos respaldaron con entusiasmo la reciente operación conjunta contra redes de narcotráfico en Ecuador, un precedente que merece ser analizado con cautela. Si la lógica del “Escudo de las Américas” se toma en serio y se desarrolla más a fondo, operaciones similares podrían repetirse bajo el argumento de un supuesto consenso regional. La pregunta es: ¿consenso de quién? ¿y con qué objetivo?

Aquí aparece una contradicción fundamental y evidente en el corazón de la agenda presentada en Miami. México y Colombia, los dos países más afectados por el narcotráfico, y cuya cooperación sería indispensable para cualquier arquitectura de seguridad regional auténtica, no fueron invitados. Tampoco lo fue Brasil. Esta ausencia es quizás la más reveladora de todas. Brasil cuenta con las fuerzas armadas más grandes y capaces de América Latina, posee la mayor economía del continente y comparte fronteras con diez de los doce países sudamericanos. Cualquier inicitativa de seguridad regional que excluya a Brasilia no es realmente un marco de seguridad, sino más bien una declaración de preferencias ideológicas.
Hace décadas, el politólogo argentino Juan Carlos Puig sostenía que países como Argentina y Brasil no deberían aspirar a una alineación plena con una potencia hegemónica, sino a la autonomía: la capacidad de actuar en el sistema internacional sin sucumbir a presiones externas. El Brasil de Lula ha encarnado precisamente esa lógica, lo que Puig denominaba autonomía heterodoxa: mantener un diálogo abierto con Washington mientras diversifica de manera sistemática sus asociaciones en el Sur Global. Esa postura, al parecer, resulta inaceptable en Miami.
Una región fracturada
La doctrina “Donroe” de Trump está empujando a algunos líderes latinoamericanos a diversificar sus estrategias internacionales hacia África, Asia y Medio Oriente, precisamente para reducir la dependencia de una Casa Blanca volátil. Sin embargo, los asistentes a la reunión de Miami parecen preferir un estatus cercano al de protectorado estadounidense.
Además, el “Escudo de las Américas” se asemeja menos a un mecanismo integral de seguridad que a un club político. Al igual que el llamado Board of Peace de Trump, difícilmente abordará los factores estructurales que impulsan el narcotráfico: la pobreza, la debilidad institucional, la falta de alternativas económicas para las poblaciones rurales y la insaciable demanda de narcóticos en Estados Unidos.
Las cumbres de seguridad que excluyen a los actores más afectados y priorizan la ideología sobre el pragmatismo no producen resultados duraderos. Producen fotografías.
Hay además otra señal que merece atención. A pesar de lo que muchos esperaban, China no apareció como una prioridad central en la reunión de Miami, quizá debido a la próxima visita de Trump a Pekín. El Canal de Panamá fue mencionado, como era previsible, pero no hubo un rechazo frontal a la influencia china en América Latina. Esto resulta revelador. El “Escudo de las Américas”, pese a su retórica marcial, puede terminar siendo menos un instrumento para contener a China que una herramienta para reconfigurar el panorama político interno de América Latina a imagen de Washington.
Al enmarcar la seguridad regional desde una perspectiva ideológica y excluir a actores clave, la administración Trump probablemente esté acelerando precisamente la diversificación Sur-Sur que afirma querer evitar. A medida que los gobiernos latinoamericanos observan cómo Washington intenta imponer sus preferencias políticas en la arquitectura de seguridad regional, el atractivo de integrarse a los BRICS, ampliar los vínculos con China —como ya ocurre en el caso de Uruguay— y fortalecer asociaciones comerciales con Medio Oriente puede volverse cada vez mayor. La dependencia de una potencia hegemónica volátil siempre ha sido el incentivo más poderoso para buscar autonomía.
La lección que dejan décadas de política exterior latinoamericana es, de hecho, la opuesta a la que se propuso en Miami. Los gobiernos de la llamada “marea rosa” —los de Lula, Kirchner y Chávez— con todas sus limitaciones internas, entendieron que la autonomía en un mundo multipolar se construye mediante la diversificación, no mediante el alineamiento. Esa es la tradición de política exterior en la que América Latina debería apoyarse: una basada en la agencia soberana, la solidaridad Sur-Sur y la ampliación pragmática del abanico de relaciones internacionales de la región.
El “Escudo de las Américas” propone, en cambio, un retorno a la lógica de la Doctrina Monroe (ahora “Donroe”): la región como un protectorado, cuya seguridad es definida y gestionada desde Washington. América Latina ya probó ese modelo. No funcionó.










