La historia argentina no puede ser explicada como el resultado de un proyecto de las élites nacionales orientado al blanqueamiento que reprodujo estructuras coloniales, sino como una nación latinoamericana cuya construcción identitaria fue objeto de una disputa histórica entre diferentes proyectos políticos. La europeización de ciertos sectores dirigentes existió, pero fue parte de una lucha más amplia vinculada al modelo económico, la inserción internacional y la definición de la soberanía nacional. El problema argentino fue quedar atrapado entre proyectos contradictorios sobre qué debía ser la Nación. La existencia de una élite que imaginaba a la Argentina desde Europa no demuestra que el país fuera esencialmente un proyecto europeo: demuestra que existió una lucha por imponer esa concepción como definición de la Nación.
El problema no sería que la Argentina quiso ser una nación blanca, sino que una élite política determinada, vinculada a las oligarquías locales, quiso imponer un modelo civilizatorio como identidad nacional exclusiva. La diversidad argentina no debe interpretarse exclusivamente como una operación de sustitución racial, sino también como una experiencia histórica de integración social y construcción estatal. Personajes históricos como Julio Argentino Roca no pueden reducirse a categorías morales contemporáneas, sino que deben analizarse dentro del marco de conflictos por distintos proyectos de Nación.

Desde un pensamiento nacional y latinoamericano, puede sostenerse que la etiqueta de genocidio a la Campaña del Desierto esgrimida por sectores de la inteligentzia distorsiona el registro histórico. Las bajas fueron numéricamente comparables entre el ejército y las fuerzas indígenas, mientras que la represión civilizadora contra gauchos y montoneros provincianos fue considerablemente más sangrienta. Este pensamiento enmarca la campaña de Roca principalmente como una apuesta por extender la soberanía argentina sobre un territorio que había permanecido fuera del alcance del Estado colonial y republicano. La evolución posterior complejiza, además, la interpretación de aquel proceso como un proyecto de exterminio racial sistemático: una parte significativa de los pueblos pampas y ranqueles terminó incorporándose a las estructuras de la sociedad argentina. Algunos indígenas ingresaron al Ejército de Línea o a las fuerzas policiales; otros se convirtieron en puesteros y peones de estancias, mientras determinados caciques recibieron grados militares y remuneraciones oficiales. También hubo asimilación, mestizaje y transformación de identidades.
Pero la mayoría de los historiadores contemporáneos, junto con organizaciones de derechos indígenas, rechazan hoy ese encuadre y describen a la Conquista del Desierto como una campaña de despojo de tipo colonial que reúne los criterios definitorios del genocidio. Aun así, la persistencia de esta disputa resulta reveladora: muestra cómo la lógica de civilización versus barbarie que Sarmiento desplegó contra los gauchos también estructuró la violencia contra los pueblos indígenas. Reducir ese binomio a un proyecto de blanqueamiento racial supone también deshistorizarlo: la categoría fue un arma política dentro de una disputa por la organización del Estado.
Este proyecto ideológico de las elites porteñas y oligarquías locales no operó en el vacío, sino que fue la cara cultural de una condición material más precisa: la de Argentina como semicolonia dentro de la órbita del Imperio británico. A partir de 1880, la participación de Inglaterra en las importaciones argentinas creció del 27,6 por ciento en 1880 al 40,6 por ciento en 1890, consolidando una relación de dependencia. El país exportaba materias primas mientras importaba manufacturas, capitales y, crucialmente, un sistema de ideas. El positivismo, adoptado por la intelectualidad y la clase dirigente desde fines del siglo XIX, funcionó como justificación científica de una supuesta jerarquía racial: la fe en el progreso lineal y en la superioridad de las razas europeas fue lo que autores de la tradición nacional definieron como una colonización pedagógica, la formación de una élite educada para pensarse a sí misma y al país desde la mirada de la metrópoli.
Los propios hitos de la formación nacional dificultan sostener que la Argentina haya sido cimentada exclusivamente sobre el blanqueamiento. La Asamblea del Año XIII había abolido los tributos indígenas y extinguido instituciones coloniales como la mita, la encomienda y el yanaconazgo, al tiempo que establecía la libertad de vientres; cuatro décadas después, la Constitución de 1853 consolidó la abolición de la esclavitud y la igualdad civil. A ello se suma el carácter multiétnico de los ejércitos de la Independencia, que incorporaron negros, indígenas, mestizos, gauchos y criollos. Estos procesos cuestionan la idea de una sociedad estructurada desde sus orígenes por barreras raciales infranqueables: la trayectoria nacional también puede leerse como un proceso de mestizaje, asimilación e integración en el que identidades diversas fueron incorporándose a una comunidad política común.
La persistencia contemporánea de la narrativa del blanqueamiento tampoco puede analizarse aislada de la disputa simbólica del ecosistema informacional global. Durante el Mundial de Fútbol de 2026, episodios protagonizados por la selección argentina fueron resignificados para consolidar un relato internacional donde el país aparecía como caso paradigmático de racismo e intolerancia. Desde la perspectiva de la guerra cognitiva, el objetivo no es necesariamente inventar hechos, sino seleccionar acontecimientos reales, amplificarlos y convertirlos en atributos permanentes de una identidad nacional. Bajo esa lógica, la tesis del blanqueamiento deja de ser únicamente una interpretación historiográfica sobre el siglo XIX y pasa a funcionar como un recurso narrativo capaz de reforzar un estereotipo contemporáneo sobre la Argentina ante audiencias globales.
Esta dinámica resulta significativa porque opera sobre su soft power. Su proyección internacional se apoyó en el deporte, la educación, la ciencia, la cultura y la inmigración. Reducir esa experiencia al concepto de blanqueamiento desplaza un proceso complejo de construcción estatal e integración social y erosiona un componente de su legitimidad internacional: la imagen de un país receptor de migrantes y relativamente exitoso en la integración de poblaciones distintas.
Desde este pensamiento nacional y latinoamericano, la disputa excede el debate historiográfico sobre Roca, Sarmiento o la Conquista del Desierto. Lo que está en juego es quién posee la autoridad para definir el significado histórico de la Nación argentina. La actual relectura decolonial constituye una nueva etapa de esa disputa por el sentido. No se trata de negar los episodios de violencia, exclusión o jerarquización racial que atravesaron la construcción del Estado, sino de cuestionar una interpretación que convierte esos procesos en la explicación totalizante de la experiencia argentina. Paradójicamente, una narrativa concebida para denunciar las herencias del colonialismo corre el riesgo de producir un nuevo esencialismo: reemplazar la vieja imagen de la “Argentina europea” por la de una “Argentina intrínsecamente racista”, reduciendo una historia atravesada por conflictos sociales, geopolíticos y nacionales a una única clave interpretativa. En el contexto de la competencia por las percepciones y la reputación internacional, esa simplificación puede ser instrumentalizada para consolidar una imagen-país negativa que trasciende el debate académico y se proyecta sobre la política exterior, el deporte y el prestigio internacional.
El problema de la interpretación del blanqueamiento no reside en señalar la existencia de proyectos europeizantes en la Argentina del siglo XIX, algo históricamente innegable, sino en convertirlos en la explicación dominante de la construcción nacional. La europeización de las élites fue inseparable de disputas por el Estado, la inserción internacional y la soberanía. La Argentina no fue simplemente construida para dejar de ser latinoamericana: fue el resultado de proyectos enfrentados sobre qué significaba ser una nación. El problema fue la subordinación intelectual y económica. Es necesario analizar críticamente la europeización de las élites, pero situándola dentro de una cuestión más amplia: la europeización de la intelligentzia latinoamericana y la adopción de categorías extranjeras para interpretar realidades nacionales.










