Tras la caída de Maduro, Venezuela enfrenta el dilema de muchas transiciones abruptas: cómo evitar que el fin del autoritarismo derive en nuevas formas de poder inestable o extractivo.
La creciente concentración de la riqueza en manos de una élite global amenaza con capturar el poder político y erosionar las bases mismas de la democracia.
En un mundo que se reorganiza al margen de reglas y controles, las democracias enfrentan el desafío urgente de resistir el avance de liderazgos autoritarios sin renunciar a sus propios límites.
La concentración extrema de riqueza no solo profundiza la desigualdad, sino que amenaza la supervivencia misma de la democracia al convertir el poder político en un privilegio de las élites económicas.
En América Latina, la corrupción no es una anomalía del sistema democrático, sino un engranaje estructural que lo debilita, alimenta el populismo y reproduce la desigualdad.
La crisis de la democracia no proviene de las masas movilizadas, sino de élites económicas que, desde dentro, han aprendido a gobernar sin rendir cuentas.