La crisis de la democracia no proviene de las masas movilizadas, sino de élites económicas que, desde dentro, han aprendido a gobernar sin rendir cuentas.
Bolsonaro y Chávez, desde polos ideológicos opuestos, comparten un mismo recurso político: el uso de símbolos y narrativas religiosas para construirse como líderes mesiánicos y legitimar proyectos de poder que tensionan la democracia liberal.
La Teología del Dominio impulsa en Brasil una ofensiva político-religiosa: ocupar instituciones, imponer moral bíblica y librar “guerras culturales” contra derechos LGBTQIA+, aborto y educación con enfoque de género. Con Bolsonaro y figuras como Nikolas Ferreira, el pentecostalismo conservador gana poder, tensiona al Poder Judicial y erosiona laicidad y democracia.
En los últimos años hemos visto cómo líderes populistas en el mundo han utilizado la división social -ya sea de clase, nacionalidad, etnia, cultura-, como ideología política durante sus campañas electorales.
El problema es que los líderes y partidos populistas, si bien aceptan a grandes rasgos las reglas del juego democrático, tienen una retórica que tensiona con el componente pluralista de la democracia.