La transición energética está redefiniendo el poder global, desplazando la disputa geopolítica del petróleo hacia la electricidad, las tecnologías de almacenamiento y los minerales estratégicos.
Una transición justa no consiste únicamente en reemplazar una actividad económica por otra, sino en corregir las desigualdades sociales que el modelo anterior ayudó a consolidar.
La escalada de conflictos geopolíticos impulsa la transición energética al evidenciar los costos y riesgos de la dependencia de los combustibles fósiles.
La volatilidad del mercado y los riesgos de desabastecimiento están empujando a grandes economías a replantear con urgencia sus estrategias de seguridad energética.