La crisis venezolana expone no un nuevo orden mundial, sino la persistencia del viejo principio del poder del más fuerte, ahora reconfigurado en una disputa abierta por las áreas de influencia.
Cuando Nicolás Maduro desafió al mundo con un “¡vengan por mí!”, no imaginó que ese grito marcaría el principio del fin de su poder y abriría una transición incierta para Venezuela.
La nueva estrategia de Donald Trump hacia Venezuela priorizó la estabilidad y los intereses geopolíticos de Estados Unidos, dejando a la oposición democrática venezolana como la primera gran damnificada.
La crisis venezolana no obliga a elegir entre la dictadura chavista y el imperialismo estadounidense: ambos representan formas inaceptables de usurpación de la soberanía y la voluntad democrática.
La salida forzada de Nicolás Maduro no supone el fin del chavismo, sino la apertura de una estrategia de supervivencia basada en cohesión interna, negociación con Estados Unidos y adaptación a un nuevo orden geopolítico.
La caída de Nicolás Maduro cierra un ciclo histórico en Venezuela, pero el modo violento de su salida abre un futuro incierto donde la democracia está lejos de estar garantizada.