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El extractivismo hídrico bajo el amparo del desarrollo

El departamento de Caldas, en el centro de Colombia con un paisaje montañoso del que brotan numerosos cursos de agua se ha convertido en el blanco de proyectos hidroeléctricos.

Como recurso o bien común, el agua está en el centro de tensiones sociales y ambientales. Un número creciente de ríos en el mundo son represados, minados, canalizados, contaminados y sobreexplotados. Los proyectos mineros e hidroeléctricos se multiplican, beneficiándose de discursos verdes y limpios, en contraste con sus vecinos gasíferos y petroleros. Aunque son esenciales para la transición energética, estos proyectos vienen a reconfigurar nuevos territorios, donde se entrelazan y disputan distintas visiones del desarrollo y de la relación con la naturaleza.

La expansión hidroeléctrica colombiana

En Colombia, la hidroelectricidad representa el 70 % de la electricidad del país. Desde la década de 1980, el apoyo del gobierno nacional, de las instituciones internacionales y del sector privado ha consolidado el lugar preponderante de la hidroelectricidad. Recientemente, el Plan Energético Nacional 2006-2025 reforzó una visión orientada hacia la exportación al priorizar la electricidad como una mercancía. En 2024, Colombia exportó electricidad por valor de 320 millones de dólares.

Esta expansión se concentra en el corazón del departamento de Caldas. Rica en agua, sus ríos nacen en la Cordillera Central y fluyen hasta el majestuoso río Magdalena, al oriente. Pero no sin obstáculos. Desde la construcción de la represa Hidromiel I en 2002, la más grande del departamento, han surgido otros cuatro proyectos hidroeléctricos y de trasvase de ríos. En el oriente de Caldas hay más de 40 proyectos planificados. Aunque se enfrentan a un fuerte rechazo y la tasa de electrificación del departamento ya alcanza casi el 100 %, las multinacionales anclan estos proyectos en un discurso basado en el desarrollo, destacando especialmente su papel en la producción de electricidad y la creación de empleo.

La pérdida del uso y del acceso al agua

Es precisamente esta presencia repentina la que viene a represar, captar, desviar y, en ocasiones, privar de agua a la población. En efecto, el agua captada y desviada por los túneles reduce el caudal natural del curso de agua. Sobre todo, estas incisiones en las montañas provocan la infiltración de las aguas superficiales. Es por ello que las comunidades rurales han visto cómo los cursos de agua de sus fincas se secaban. «Esta quebrada proporcionaba agua a 18 familias», exclama David, campesino del municipio de Pensilvania, durante una visita a las antiguas huellas de los arroyos que daban forma a estos valles. La Universidad de Caldas contabilizó 80 familias campesinas afectadas por El Edén, -pequeña central hidroeléctrica en funcionamiento desde 2017-, que dependen del agua para sus actividades domésticas y productivas.

De este modo, el desarrollo de la hidroelectricidad provoca una reconfiguración fundamental de las redes hidrosociales establecidas. Cuando el agua escasea en las proximidades de las viviendas y los cultivos, algunos campesinos deben recurrir a otras fuentes, lo que aumenta el estrés hídrico en otros lugares. «Si [las empresas] destruyen nuestro territorio, es otra forma de desplazamiento forzado», señala uno de ellos, comparando los proyectos hidroeléctricos con los «desplazamientos forzados sufridos a causa de los grupos armados ilegales».

Más allá de las pérdidas materiales relacionadas con el acceso y el uso del agua, también son formas de habitar el territorio que se ven atacadas. Sebastián, otro campesino afectado por El Edén, resume esta dependencia con palabras más íntimas: «Lo único que sé es cultivar la tierra, lo único que sé es cómo disfrutar del paisaje […]. Todo eso me afecta emocionalmente y económicamente. Me matan, ¿ves? Matan todo lo que soy como campesino. Mi vida, mi identidad». Detrás de esta frase está la dependencia económica del recurso, pero también un paisaje que pierde progresivamente aquello que lo mantiene vivo.

Por los ríos en movimiento, vivos, libres y alegres

Las comunidades campesinas denuncian una verdadera guerra por el agua. Una guerra por el acceso a un recurso y por su uso, del que depende la supervivencia del mundo campesino. El colectivo campesino MACO lleva a cabo así una batalla jurídica y social contra el desarrollo de estos proyectos hidroeléctricos. La organización, que reúne a 2.000 campesinos, recuerda que el agua es la condición material de un territorio vivido, cultivado y transmitido. El agua alimenta los cultivos de cacao y café, pilares de la economía local y de una forma de vida que, generación tras generación, ha dado identidad a estas comunidades campesinas.

A través de breves apariciones en la COP16 sobre biodiversidad y en las calles de la capital de la región, Manizales, el colectivo convierte su conocimiento del territorio en una herramienta de acción política. La movilización campesina constituye así la base de una concepción alternativa del desarrollo, fundada en la permanencia de los usos agrícolas y en la capacidad de las comunidades para decidir sobre el futuro de sus territorios. El relato pone de manifiesto el despojo experimentado por las comunidades frente a una infraestructura presentada como progreso. Su lucha revela, sobre todo, una tensión fundamental de la transición energética entre la producción de una energía calificada de «limpia» y el coste social y ecológico que esta implica.

¿Un desarrollo verde?

Colombia no es un caso aislado. En toda América Latina, los proyectos hidráulicos como mineros y energéticos amplían las fronteras del extractivismo hacia nuevos territorios, a menudo allí donde viven comunidades campesinas, indígenas y afrodescendientes. La cuestión no se limita al acceso al agua. También concierne a los usos que se le atribuyen y a las poblaciones que sufren sus consecuencias.

El extractivismo hídrico se inscribe ahora en un poderoso discurso verde. La captación del agua para convertirla en un recurso económico queda así justificada, en detrimento de los usos y de los equilibrios ecosistémicos locales. Al reconfigurar el territorio, son trayectorias de vida las que quedan marginadas o borradas, mientras se impone un modelo de desarrollo. Salir del prisma de un modelo único basado en grandes proyectos parece esencial para considerar las profundas injusticias ambientales.

En el oriente de Caldas, el conflicto en torno al agua trasciende así la cuestión de la hidroelectricidad. Interroga entre un modelo de desarrollo impuesto desde fuera y las formas de vida que históricamente han sostenido el territorio. Porque una transición no puede ser sostenible si reproduce las desigualdades del extractivismo que pretende superar.

Autor

Asistante de investigación en la Fundación Nueva Cultura del Agua, en España. Ha colaborado durante su viaje académico con investigadores, ONGs y campesinos sobre los conflictos socioambientales del agua.

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