¿Una agenda globalista para diezmar la población mundial?

Desde hace algunos años las calles de las principales ciudades latinoamericanas vienen siendo el escenario de multitudinarias manifestaciones para denunciar y detener un supuesto plan macabro que pretende, entre otras cosas, diezmar la población mundial, subvertir la naturaleza humana mediante mentiras anticientíficas, adoctrinar y corromper a la infancia, acabar con las libertades civiles, destruir a la familia y desmantelar la dignidad humana. Se trata de marchas en contra de una Agenda globalista autoritaria que impone una presunta “Ideología de Género”. El relato sobre tal imposición es capaz de movilizar personas de una amplia variedad de estratos de la población, y aunque no se pueda afirmar que todas ellas estén al tanto de los motivos para los que son sacadas a la calle, sí es posible sostener que lo hacen comprometidas con una cruzada moral por la vida, la niñez y la familia. Esta cruzada ha de ser librada en América Latina, el último baluarte en pie, toda vez que en las democracias del llamado Primer mundo esta batalla ya está perdida.

La amplia capacidad de convocatoria de estos movimientos anti Ideología de Género depende de que sus reivindicaciones no sean políticas sino morales, pero mirando con atención comprobamos que los artífices de tales marchas y denuncias son plataformas vinculadas a potentes lobbies políticos y a organizaciones religiosas con representación parlamentaria. Varios de estos foros de la familia, organizaciones provida y colectivos por la defensa de los hijos han logrado trascender fronteras; hoy las democracias latinoamericanas experimentan la construcción de redes transnacionales de movilización que van conquistando amplias cuotas de poder dentro de los diversos sistemas nacionales. Como toda manifestación ciudadana, éstas también son una demostración de fuerza, lo que se traduce en votos, no siempre puestos a disposición de proyectos democráticos. Basta recordar cómo este discurso fue definitivo para el rechazo del llamado Plebiscito por la Paz en Colombia o para la elección del presidente Bolsonaro en Brasil.

Resulta bastante singular la composición del bando que acusa la existencia de una Ideología de Género. Bajo este paraguas se dan cita tanto los sectores más conservadores de la sociedad cercanos a la iglesia católica y a las denominaciones protestantes, como los sectores más liberales que abogan por la reducción del estado y su no intromisión en las relaciones sociales y familiares. Las alianzas aquí no se tejen en términos de derecha/izquierda. Los promotores teóricos de este movimiento propagan el discurso virulento, catastrofista y polarizador que tanto gusta en las redes sociales. Pastores evangélicos, ultracatólicos militantes o locuaces anarcocapitalistas, hasta hace poco desconocidos, han logrado gran predicamento mediático a cuenta de sus encendidas arengas en contra de la Ideología de Género. Y como los algoritmos no entienden de justicia sino de clicks, no se ha dudado en utilizar el miedo, la exageración, la tergiversación y la manipulación teórica.

Llama la atención cómo opera el relato de la ʹconstrucción del enemigoʹ por parte de estos actores y su capacidad de incluir fenómenos muy distintos y a veces incompatibles en un gran bloque monolítico que llaman “Lobby de género”. En éste queda incluido todo lo que huela a feminismo, los colectivos LGTBIQ+, quienes abogan por el control de la natalidad o por la descriminalización del aborto, las personas que luchan por erradicar la violencia machista, las que pretenden educar en la no discriminación, y la llamada Nueva Izquierda. En esta narrativa también son adversarios los mass media, las Naciones Unidas, los gobiernos que han aprobado leyes a favor de la igualdad o de salud sexual y reproductiva, o políticas públicas contra la discriminación y, por supuesto, los magnates George Soros y Bill Gates. El enemigo entonces es una gran variedad de cosas que conforman lo que se ha bautizado como “Dictadura global de género”. Así, en la lógica de la cruzada, toda persona que luche contra una dictadura queda redimida por el halo de la legítima resistencia a la opresión. 

La consecuencia más peligrosa de esto es la gran polarización social que se está consiguiendo mediante una versión simplificada de la realidad, fácil de digerir para la persona bien intencionada y poco informada, pero que mete en el mismo saco fenómenos muy diferentes, demonizando luchas históricas por la justicia social. Según esta versión, reconocer derechos de las minorías equivale a aplastar los de las mayorías, ya que se considera que la mera igualdad formal ante la ley es suficiente y que las voces por la igualdad real y efectiva no son más que cantos de adoctrinamiento e ingeniería social.

Este escenario de polarización toma la forma de una auténtica guerra cultural.

Este escenario de polarización toma la forma de una auténtica guerra cultural. Pero hay que reconocer que, en buena parte, esta guerra fue declarada como reacción al surgimiento, en el seno del propio feminismo, de las teorías deconstructivas de género que entronizan en el centro de su pensamiento a la inconsistente dicotomía naturaleza/cultura y convierten la política de la sexualidad en política de las identidades de género, radicalizando y desenfocando las posturas de los movimientos sociales por la igualdad. Este activismo se decantó por una actitud más beligerante que disidente, retando con sus formas a las fuerzas más reaccionarias de nuestras sociedades. El desafío fue aceptado y la herejía declarada; el durmiente ha despertado. Hoy, las tesis filosóficas sobre el sistema sexo/género son sacadas de contexto y adulteradas para azuzar el miedo frente a la descomposición social y antropológica y, paradójicamente, este clima de confrontación pone en riesgo las justas conquistas históricas del movimiento feminista.

Quienes entran en la batalla para defender tales conquistas suelen enrocarse en una estrategia discursiva equivocada: limitarse a negar que exista cosa tal como una “Ideología de Género” y afirmar que lo que suscriben es una “perspectiva de género”. Esta estrategia implica entrar al juego de la polarización y sólo consigue que un debate social tan importante termine relegado al plano meramente terminológico. Pues, aunque aquel rótulo haya sido acuñado para caricaturizar al enemigo, desmontarlo exige presentar una definición de “ideología”, pero el actual estiramiento conceptual del término hace que esa defensa acabe siendo necesariamente ideológica. Y es que resulta paradójico que, tanto ultraconservadores como ultraliberales, los dos mayores rivales de Marx, terminen acogiéndose precisamente a la noción marxista de ideología como “falsa conciencia” para denostar a su enemigo. Sin embargo, la generalización de esta emotiva palabreja puede ser aprovechada para despojarla de sus connotaciones peyorativas y polarizadoras.

A mi juicio, los movimientos por la igualdad bien podrían apropiarse de la expresión Ideología de Género para resignificarla, como hicieron en los noventa con en término queer (marica). De lo contrario, seguirán enzarzados en infructuosas batallitas dialécticas perdiendo oportunidades de oro para explicar a las sociedades latinoamericanas que la defensa de la igualdad y la no discriminación es algo valioso en sí mismo. Mientras eso no suceda, la narrativa apocalíptica de una oscura agenda para diezmar la población mundial seguirá ganando adeptos que pondrán sus votos al servicio de los fines que sus movilizadores decidan.

Foto de Felipe Cárdenas-Támara en Foter.com / CC BY-NC-ND

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