La democracia enfrenta crecientes presiones por la polarización, la inseguridad y el desencanto ciudadano, reabriendo el debate sobre el papel del Estado y la ciudadanía en su fortalecimiento.
La tecnología se ha convertido en el chivo expiatorio perfecto para alimentar narrativas de fraude electoral que erosionan la confianza democrática sin necesidad de pruebas.
En una Latinoamérica marcada por el desencanto, la ira, el miedo y el rechazo se han vuelto claves para movilizar votantes, aunque a costa de gobiernos más débiles y apoyos inestables.
Perú no es un país polarizado en sentido estructural, sino una democracia fragmentada y volátil donde abundan los vetos y faltan proyectos capaces de ordenar la competencia política.
El avance de las nuevas derechas en América Latina no se explica solo por ciclos ideológicos, sino por su capacidad de transformar el malestar social profundo y anómico en proyecto político.