Cómo los déspotas se aferran al poder

John Keane en su libro El Nuevo Despotismo señala que una de las diferencias entre demócratas y déspotas es cómo dejan el poder. Cuando los demócratas terminan sus mandatos se reinventan, organizan fundaciones y ganan dinerales dando charlas, pero saben que ya no volverán al poder. Los déspotas que se engolosinaron en el gobierno tienen pánico a dejarlo. Su miedo más grande es la muerte política descrita por el Mariscal Josip Broz Tito como la más horrible de las muertes. Transformarse en un ciudadano de a pie debe ser una tortura para los que gobernaron como reyezuelos poniendo jueces sumisos, abusando de la ley y usando la maquinaria estatal para perpetuarse en el poder.

El caso más trágico es tal vez el de Evo Morales (2006-2019). Surgido de la pobreza extrema en la que viven los indígenas, llegó al poder de la mano de movimientos sociales poderosos y prometió gobernar obedeciendo. En los primeros años de su gobierno fue obligado a dar marcha atrás algunas de sus políticas públicas como el incremento del precio de la gasolina pues sus seguidores salieron a las calles y le recordaron que eran sus mandantes. Con los años su círculo íntimo le convenció que era la figura indispensable e insustituible para dar continuidad al “proyecto revolucionario”. Perdió un referendo para cambiar la constitución y quedarse en el poder, pero no importó pues el Tribunal Constitucional consideró que prohibirle participar atentaba en contra de su derecho humano de concursar en elecciones. En las elecciones presidenciales de octubre del 2019 cuando se interrumpió el conteo de votos apareció como el ganador y manifestaciones en contra del fraude electoral provocaron un golpe de estado y su destierro.

Posiblemente Morales aprendió de los malos juicios de Rafael Correa que gobernó por una década (2007-17) y que puso a sus ex vicepresidentes Lenín Moreno y Jorge Glas en el poder. Correa había modificado la constitución que el mismo hizo para elegirse cuantas veces quiera. Sin embargo, en un contexto de crisis económica provocada por el despilfarro de la mayor bonanza petrolera y con la posibilidad de no ganar en la primera vuelta dio un paso a un lado. A lo mejor consideró que Lenín Moreno que está en una silla de ruedas iba a comportarse como un perro fiel, pero obviamente Moreno tenía su proyecto y permitió que los organismos de control y el sistema de judicial investiguen los actos de corrupción y abusos de poder de su mentor. El vicepresidente Jorge Glas está en la cárcel, mientras que Correa y muchos de sus colaboradores cercanos se fugaron del país. Correa fue sentenciado en el fallido intento de secuestrar a un político de la oposición en Colombia y de usar donaciones de empresas para sus campañas electorales. Como los procesos se enredan en la justicia necesita regresar al poder y dar fin a lo que considera su persecución política. Se postuló a la vicepresidencia y está en búsqueda de una figura decorativa para la presidencia.

Si Joe Biden gana las elecciones el Partido Demócrata se prepara para una batalla legal pues lo más probable es que Trump intente aferrarse al poder a cómo de lugar. Denunciará fraude y movilizará a sus militantes a quienes se les vio armados hasta los dientes cuando protestaban en contra del encierro por el coronavirus. Trump no se ve cómo un político más. Es el líder de un movimiento que busca imponer la ley y el orden para recuperar los Estados Unidos para los ciudadanos blancos, cristianos, heterosexuales y ultraconservadores. Si bien muchos de sus impulsos han sido frenados por las instituciones democráticas busca un segundo mandato politizando el odio y el miedo racista.

Los déspotas crean redes de corrupción y patronazgo. Usan elecciones en las que tratan de ganar a toda costa incluso inclinado la cancha electoral a su favor

Los déspotas crean redes de corrupción y patronazgo. Usan elecciones en las que tratan de ganar a toda costa incluso inclinado la cancha electoral a su favor. Dicen ser la encarnación del pueblo verdadero y que luchan en contra de enemigos poderosos. Pero no todos los déspotas son iguales. En los trece años en que estuvo en el poder Morales otorgó dignidad y recursos a los más pobres que en su mayoría son indígenas. Manejó bien la economía, pero actuó como un tiranuelo cuando usó todo tipo de trucos para quedarse en el mando. Correa que se dice de izquierda persiguió a los movimientos sociales y a la izquierda, despilfarró petro-dólares en obras faraónicas como refinerías que no se construyeron y represas hidroeléctricas con sobreprecio. Trump favoreció a los millonarios y politizó la blancura como una identidad que debía ser protegida a toda costa para satisfacer a sus bases xenófobas y racistas.

Debe ser muy difícil ser un demócrata pues parece que el poder es una droga tan adictiva como sabrosa. El despotismo es un riesgo y posibilidad permanente en la democracia. No obedece a las características del líder sino a condiciones sociales que permiten que un individuo sea transformado en redentor de la patria. Cuando los ciudadanos sienten que los políticos no les representan, cuando las instituciones son vistas como impedimentos a que se exprese la voluntad popular, surgen populistas que dicen devolverán el poder al pueblo. Una vez llegan al poder tratan de colonizar las instituciones del estado para marginar a sus enemigos. La política se transforma en una guerra entre grupos antagónicos y la dinámica de la polarización mina la convivencia y las instituciones democráticas. La democracia se basa en la dispersión del poder en instituciones y en liderazgos. Si una persona es transformada por sus seguidores en la encarnación del pueblo mismo, las democracias se desfiguran y adquieren rasgos despóticos cuando imponen la voluntad de una parte sobre toda la población.

Foto de outtacontext en Foter.com / CC BY-NC-ND