El Día Internacional de la Mujer, celebrado el 8 de marzo pasado, es siempre una oportunidad para hacer un balance sobre los progresos y retrocesos en materia de equidad de género. Y mientras varias fuentes revelan un discurso asimilado y legitimado favorable a la igualdad, los niveles de violencia registrados contra mujeres no ceden. Las encuestas realizadas por la red WIN (Worldwide International Network) indican que a nivel global el 17% de las mujeres declaran haber sufrido algún tipo de violencia física o psicológica en el último año. En Argentina, esa cifra asciende al 34%, y en México, Venezuela y Chile ronda el 30%, casi el doble del promedio global. No se trata de un fenómeno aislado ni coyuntural: la cifra se mantiene estable respecto a mediciones anteriores. La violencia no retrocede al ritmo de la percepción de igualdad.
Este cuadro regional está en línea con datos estructurales aún más amplios. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), en América Latina una de cada tres mujeres de 15 años o más ha sufrido violencia física o sexual en algún momento de su vida. En varios países latinoamericanos, el femicidio es hoy una de las principales causas de muerte violenta de mujeres. Además, los niños y niñas expuestos a la violencia en el hogar tienen más probabilidades de sufrir o cometer abuso cuando son adultos, perpetuando así el ciclo intergeneracional de la violencia. La violencia no solo se experimenta en el presente; también se hereda, en algunos casos.
Algo similar ocurre con el acoso sexual. Una de cada diez mujeres en el mundo afirma haberlo experimentado en los últimos doce meses, mientras que en México llega al 25%. Entre las más jóvenes, la proporción se duplica: dos de cada diez mujeres de entre 18 y 24 años reportan acoso. Es la generación que creció con mayor discurso sobre derechos, que internalizó con más naturalidad el lenguaje de la igualdad, la que presenta los niveles más altos de exposición a agresiones y hostigamientos. Aquí aparece una de las claves más inquietantes del estudio: la paradoja generacional de la igualdad. Más conciencia, más visibilidad, más conversación pública; pero también más registro de experiencias de daño.
La inseguridad en el espacio público refuerza esa tensión. A nivel global, el 45% de las mujeres no se sienten seguras caminando solas de noche en su barrio. En el continente americano, la cifra trepa al 62%. Y los niveles más elevados se concentran en América Latina: en países como Ecuador, México o Chile, los porcentajes son aún mayores.
Es cierto que la inseguridad no afecta exclusivamente a las mujeres. América Latina arrastra problemas estructurales de violencia urbana que impactan en toda la sociedad. Pero la brecha de género es consistente: en prácticamente todos los países relevados, las mujeres reportan mayores niveles de temor e inseguridad que los hombres. Y entre ellas, el sentimiento crece en los segmentos jóvenes, urbanos y con mayor nivel educativo. La inseguridad no es solo una percepción abstracta: condiciona trayectorias, horarios, decisiones laborales, actividades sociales, hábitos de salud y niveles de autonomía.
El punto central es la relación entre las dos dimensiones: la experiencia de violencia o acoso reduce la percepción de igualdad en el trabajo, la política y el hogar. También entre quienes se sienten inseguras al caminar de noche cae la percepción de avances.
Esto obliga a una reflexión más profunda sobre qué entendemos por igualdad. La encuesta muestra que el reconocimiento de avances formales en algunos ámbitos es real. Las políticas públicas, las cuotas, las leyes contra la discriminación y las campañas de concientización generan un efecto visible en la opinión pública. Pero la igualdad formal no garantiza automáticamente integridad física ni libertad de circulación. Y sin integridad física, la igualdad queda incompleta.
En América Latina, esta brecha adquiere un espesor particular. Es una región con fuerte movilización feminista, marcos normativos avanzados en muchos países y una agenda pública de género muy instalada. Sin embargo, también es una de las regiones más desiguales y violentas del mundo. El cruce entre desigualdad estructural, violencia urbana y género produce un escenario en el que los derechos reconocidos conviven con riesgos persistentes.
No es casual que uno de los lemas más potentes de los movimientos feministas latinoamericanos haya sido “Vivas nos queremos”. La consigna surgió como respuesta a la magnitud de los femicidios en la región y expresa con claridad el núcleo del problema: antes que igualdad plena en todos los ámbitos, lo primero que las mujeres reclaman es algo más básico, pero no menos urgente: el derecho a vivir sin violencia.
El Día Internacional de la Mujer, como decíamos, es una ocasión para hacer un balance, pero también se corre el riesgo de caer en lecturas simplistas. No estamos ante un fracaso total de la agenda de igualdad, pero tampoco ante un éxito consolidado. Los datos describen un escenario en el que los avances institucionales no se traducen de manera homogénea en condiciones de seguridad cotidiana. América Latina expresa con nitidez esa tensión: sociedades que reconocen progresos en el plano formal, pero donde la experiencia diaria de muchas mujeres continúa marcada por el miedo, el acoso y la violencia.
Si la igualdad que venimos construyendo se limita a la representación política o al acceso al empleo, pero no garantiza libertad de movimiento y protección frente a la violencia, su alcance es parcial. La igualdad no puede medirse únicamente en cargos ocupados o en leyes sancionadas; también debe medirse en la posibilidad de caminar solas, de volver a casa sin temor, de vivir sin hostigamiento.
Mientras una proporción significativa de mujeres en la región continúe atravesando experiencias de violencia física o sexual a lo largo de su vida, la igualdad seguirá presentando brechas sustantivas entre reconocimiento formal y condiciones efectivas de autonomía. Para que la igualdad no sea una promesa incompleta, el desafío es garantizar algo más elemental: que las mujeres puedan vivir, moverse y participar en la sociedad sin miedo.










