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La crisis climática ya se sirve en la mesa: el costo oculto de alimentar a América Latina

El aumento de los eventos climáticos extremos y la desigualdad amenazan el acceso a una alimentación saludable en América Latina, poniendo en riesgo avances logrados en nutrición y salud pública.

La crisis climática dejó de ser únicamente una discusión ambiental. Ahora es una discusión sobre lo que ponemos en el plato, sobre cuánto cuesta comer sano y sobre quiénes sobreviven cuando los sistemas de salud y alimentación colapsan al mismo tiempo. El Informe Global de Nutrición 2026 lanzado el 28 de mayo advierte que 2.6 mil millones de personas no pueden costear una dieta saludable y que el cambio climático está debilitando simultáneamente los sistemas alimentarios y sanitarios. En América Latina y el Caribe, una región marcada por profundas desigualdades, esta convergencia amenaza décadas de avances en nutrición y salud colectiva.

El informe plantea una idea poderosa: las crisis ya no llegan solas. Sequías, inflación, conflictos, pandemias y enfermedades se superponen como fichas de dominó. Los autores llaman a este fenómeno “policrisis”. Cuando una sequía destruye cultivos, aumentan los precios de los alimentos. Cuando suben los precios, las familias reemplazan frutas, verduras y proteínas por productos más baratos y ultraprocesados. Después, los sistemas de salud reciben el impacto en forma de anemia, obesidad, diabetes o desnutrición infantil.

La región conoce bien esta historia. Desde Centroamérica hasta los Andes, miles de familias enfrentan pérdidas agrícolas por inundaciones, olas de calor o cambios impredecibles en las lluvias. Mientras tanto, las ciudades latinoamericanas muestran otra cara de la crisis: barrios donde abundan bebidas azucaradas y alimentos ultraprocesados, pero faltan alimentos frescos y accesibles.

El documento insiste en que la nutrición no puede depender únicamente de hospitales o consultas médicas. Una niña con anemia no necesita solo hierro. Necesita agua segura, ingresos familiares estables, alimentos nutritivos disponibles y servicios de salud funcionando incluso durante una emergencia climática.

El clima entra a la cocina

Durante años, muchos gobiernos trataron el cambio climático y la nutrición como temas separados. El nuevo informe desmonta esa idea. Explica que el calentamiento global reduce la productividad agrícola, disminuye el valor nutricional de ciertos cultivos y aumenta las enfermedades sensibles al clima.

Hay una paradoja inquietante. América Latina produce enormes cantidades de alimentos, pero millones de personas no pueden pagar una dieta saludable. El problema ya no es solo producir más calorías. El desafío es garantizar alimentos nutritivos, sostenibles y culturalmente adecuados.

El informe identifica tres estrategias prometedoras. La primera es la agricultura climáticamente inteligente. La segunda es transformar los entornos alimentarios para promover dietas saludables y sostenibles. La tercera es reducir las pérdidas y desperdicios de alimentos.

Por ejemplo, promover dietas más basadas en plantas puede reducir emisiones contaminantes y enfermedades cardiovasculares. Pero si esta transición no se acompaña de políticas nutricionales adecuadas, ciertos grupos vulnerables podrían enfrentar deficiencias de micronutrientes.

Aquí aparece una de las ideas más provocadoras del informe: no existen políticas “mágicas” donde todos ganan siempre. Cada decisión implica costos, beneficios y disputas de poder. La diferencia está en reconocer esos costos de oportunidad antes de implementar políticas públicas.

Sistemas integrados o sistemas frágiles

La pandemia de COVID-19 dejó una lección brutal: los sistemas fragmentados responden peor a las crisis. Según el informe, los países que ya contaban con programas integrados de alimentación escolar, transferencias monetarias o atención comunitaria pudieron reaccionar más rápido durante emergencias.

Ese hallazgo tiene enormes implicaciones para América Latina. Programas históricos como la alimentación escolar en Brasil, las transferencias condicionadas o las redes comunitarias de salud en varios países andinos demostraron que las políticas integradas pueden proteger a las poblaciones más vulnerables.

El problema es que muchos sistemas públicos todavía funcionan como compartimentos aislados. El Ministeriod Agricultura trabaja, por un lado y el de Salud por otro. Ambiente en otra oficina distinta. El informe sostiene que esta lógica sectorial está quedando obsoleta frente a crisis cada vez más complejas.

También existe un problema financiero. El documento señala que la nutrición sigue siendo marginal dentro del financiamiento climático global. Apenas el 2% de las contribuciones climáticas nacionales incluyen movilización explícita de recursos para nutrición.

Por eso, el informe hace esta advertencia, pero también propone caminos concretos. Recomienda integrar la nutrición en la atención primaria de salud, fortalecer sistemas de protección social y redirigir subsidios agrícolas hacia alimentos nutritivos.

La política del hambre y la esperanza

Uno de los aspectos más interesantes del informe es su crítica a las promesas vacías. Los autores encontraron que muchos compromisos internacionales tienen buena redacción técnica, pero poca capacidad real de implementación.

La desigualdad de género también aparece como una deuda pendiente. El análisis del informe mostró que el 70% de los compromisos del Nutrition for Growth Paris 2025 no tenían conexión con género y solo el 2% eran verdaderamente transformadores.

Esto importa porque las mujeres sostienen gran parte de los sistemas alimentarios y del cuidado en América Latina. Son agricultoras, cuidadoras, trabajadoras comunitarias y responsables de la alimentación familiar.

El informe propone un nuevo marco conceptual llamado Food and Health Systems for Equitable Nutrition. La idea central es simple y revolucionaria al mismo tiempo: las dietas saludables no dependen de un solo ministerio ni de una única política.

La gran pregunta no es si América Latina puede producir alimentos. La verdadera pregunta es si puede construir sistemas capaces de alimentar dignamente a su población en un planeta cada vez más caliente, desigual e incierto.

Autor

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Nutricionista por PUCE y Salubrista Público por USFQ, diploma en Políticas Públicas por FLACSO. Ha coordinado proyectos de salud reconocidos por OPS y trabajado como consultor internacional. Actualmente, es docente en PUCE, enfocado en nutrición comunitaria y salud pública.

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