Hay una paradoja en la política de los outsiders: aquello que los hace especialmente fuertes para conquistar el poder puede convertirse, una vez alcanzado, en una fuente de vulnerabilidad. Llegan porque vienen de fuera, porque no hablan como los políticos tradicionales, porque pueden presentarse como una ruptura frente a organizaciones, procedimientos e intermediarios desacreditados. Pero gobernar exige precisamente organizaciones, procedimientos e intermediarios. El desafío entonces, empieza cuando la principal virtud de estos líderes, el hecho de ser ajenos al sistema, tiene que transformarse en capacidad política sin desaparecer en el camino.
Colombia y Argentina nos permiten ver hoy dos momentos diferentes de ese proceso. Abelardo de la Espriella acaba de comenzar el primero. Javier Milei, en cambio, ya va transitando el segundo. El nuevo presidente colombiano asumió el 7 de agosto sin haber ocupado antes un cargo público, después de construir una candidatura desde una identidad marcadamente outsider. Milei, por su parte, ya superó el ecuador de un mandato que comenzó también con una organización política incipiente y una presencia parlamentaria reducida. Son dos fotografías distintas de una misma cuestión: una cosa es llegar, y otra completamente distinta es construir las condiciones para permanecer.

De La Espriella tuvo, adicionalmente, un inicio que ningún estratega pudo diseñar. A tan solo tres días de su asunción, un terremoto de fuerte magnitud golpeó el oeste de su país, y obligó al nuevo gobierno a alterar de inmediato todas sus prioridades. Una tragedia de semejante dimensión trasciende naturalmente cualquier lectura política. Pero también nos recuerda una característica elemental de lo que es gobernar: mientras que las campañas nos permiten elegir temas, adversarios y escenarios, el poder nos obliga a administrar la realidad tal cual llega.
Y la realidad casi siempre llega intermediada. Para afrontar una emergencia no alcanza con el liderazgo presidencial. Hacen falta funcionarios, técnicos, gobiernos locales, fuerzas de seguridad, hospitales, organismos especializados, recursos presupuestarios, cooperación internacional y cadenas administrativas que funcionen cuando las cámaras no están presentes. El terremoto colombiano convirtió así las primeras horas de un gobierno outsider en una prueba inmediata de coordinación institucional. También puso arriba de la mesa cuánto importan cuestiones poco épicas en una campaña, como los procesos de traspaso entre administraciones y la capacidad de hacer funcionar burocracias heredadas.
Este es, quizá, el primer aprendizaje del outsider cuando llega al poder: descubrir que gobernar no necesariamente consiste en parecerse a quienes estaban antes, pero tampoco en prescindir de todo aquello que había antes. La política institucional tiene inercias y procedimientos porque debe resolver problemas colectivos de una escala que ninguna persona puede administrar individualmente. Aprenderlos no implica renunciar a la voluntad de cambiarlos. Muy por el contrario, quien pretende transformar al Estado necesita conseguir primero que el Estado responda.
Milei se encuentra en una etapa diferente. Llegó a la presidencia argentina en 2023 con una fuerza de construcción reciente y enormes dificultades territoriales. Durante sus primeros años, La Libertad Avanza avanzó precisamente en la creación de lo que le faltaba: partido, dirigentes, bloques legislativos y presencia en las provincias. En las legislativas de 2025 obtuvo más del 40% de los votos y mejoró su posición en el Congreso. Esa mayor fortaleza le permitió empezar 2026 con un escenario legislativo mucho más favorable que el que tenía al asumir la presidencia.
Pero esa consolidación abre una dificultad nueva. Milei ya no necesita demostrar que puede irrumpir, sino que necesita mostrar que su proyecto puede durar. Y la duración vuelve a introducir aquello que todo discurso de ruptura tiende inicialmente a mirar con desconfianza: acuerdos, aliados e intermediarios. De cara a 2027, el oficialismo argentino intensificó las conversaciones con gobernadores, y reabrió canales con el Pro de Mauricio Macri, mientras sigue fortaleciendo su propia estructura territorial. Esto no necesariamente es una contradicción, sino que es posible que se trate de una evolución.
La intermediación no es sinónimo de la vieja política, sino una tecnología de la democracia. Los partidos políticos agregan intereses, los legisladores construyen mayorías, los gobernadores y líderes locales articulan territorios, y los funcionarios convierten decisiones políticas en políticas públicas. El problema aparece cuando estas instituciones se cierran en si mismas y dejan de representar a quienes deberían servir. Es de este deterioro que los outsiders obtienen gran parte de su fuerza. Pero una cosa es combatir una intermediación agotada y otra es imaginar que sociedades complejas pueden gobernarse sin intermediación alguna.
Allí es, entonces, donde reside la prueba de madurez de estos liderazgos. El outsider exitoso no es necesariamente quien permanece siempre fuera del sistema después de haberlo conquistado, ni quien se mimetiza al instante con él, sino quien consigue conservar aquello que justificó su llegada. Cierta credibilidad, una mirada diferente y una promesa de transformación, mientras aprende las distintas capacidades que el ejercicio del poder requieren, son los requisitos básicos para sostener estos liderazgos. El desafío para ellos es institucionalizar una novedad sin burocratizarla al extremo de hacerla irreconocible.
Por eso, la discusión sobre los outsiders suele equivocarse cuando se limita a preguntar si son buenos o malos para la democracia. Son, antes que nada, una forma cada vez más frecuente de acceso al poder en las sociedades que las estructuras de toda la vida perdieron su capacidad de representación. La pregunta interesante empieza el día después de ganar las elecciones: qué hacen con aquello que los llevó hasta ese lugar.
De La Espriella tiene que convertir rápidamente la energía de la ruptura con capacidad de gobierno, en circunstancias infinitamente más difíciles de las que se preveían. Milei tendrá que comprobar si la organización y los acuerdos que necesita pueden ampliar su proyecto, sin que pierda por ello su identidad ni competitividad. Son momentos distintos, pero forman parte del mismo aprendizaje. Gobernar exige aprender desde adentro. Y perdurar consiste, probablemente, en conseguir ambas cosas sin olvidar por qué se llegó.










