En casi todas las cumbres entre América Latina y el Caribe y la Unión Europea se repite la misma idea: la relación birregional está sustentada en valores compartidos como la democracia, los derechos humanos y el multilateralismo. Sin embargo, si se deja de lado el lenguaje diplomático y se observan las relaciones entre bloques, esa narrativa resulta menos evidente. El espacio público se ha convertido en un escenario donde el consenso pierde terreno frente a la polarización, las emociones desplazan a los argumentos y la política deja de organizarse alrededor de adversarios para hacerlo alrededor de enemigos.
Los resultados de la última Encuesta Mundial de Valores (World Values Survey, WVS), el mayor estudio comparado sobre valores y actitudes ciudadanas, que muestra cómo evolucionan las percepciones sobre democracia, instituciones y confianza interpersonal ilustran esta paradoja. En Bogotá, el 85% de los ciudadanos considera que la democracia es un buen sistema de gobierno, pero casi seis de cada diez personas apoyarían a un líder fuerte dispuesto a gobernar sin Congreso ni elecciones. A nivel nacional ese respaldo alcanza el 63% y también aumenta la aceptación de un gobierno militar. No se trata de una contradicción, sino de una señal de que el respaldo a la democracia como ideal convive con una creciente frustración frente a su funcionamiento cotidiano.

El año 2024 confirmó que esta tensión no es exclusiva de Colombia. En América Latina, Europa y otras regiones, las campañas electorales mostraron un cambio profundo en el lenguaje político. La competencia democrática dejó de construirse sobre la diferencia entre adversarios legítimos para transformarse en una confrontación entre enemigos. Cuando la política adopta esa lógica, el objetivo deja de ser convencer y pasa a ser excluir.
Este desplazamiento atraviesa ambas orillas del Atlántico. En América Latina, liderazgos de distintas orientaciones ideológicas apelan a narrativas que enfrentan a un «nosotros» amenazado por élites, migrantes o actores externos. En Europa ocurre un fenómeno similar con el crecimiento de fuerzas populistas y nacionalistas que han dejado de ser excepciones para convertirse en actores centrales. La polarización observada recientemente en países como Argentina, Brasil, Chile o Colombia refleja la misma tendencia.
Durante la última década la confianza en las instituciones y la satisfacción con la democracia han disminuido de forma sostenida en América Latina, mientras el Índice de Democracia de The Economist registra un deterioro regional continuo. La confianza interpersonal también permanece en niveles muy bajos: en Colombia apenas alcanza el 4%. Europa mantiene niveles superiores, especialmente en los países nórdicos, aunque también enfrenta un desgaste institucional. Sin confianza entre ciudadanos resulta difícil sostener instituciones legítimas y procesos democráticos estables.
La WVS distingue entre el apoyo abstracto a la democracia y la satisfacción con su desempeño real. Esa diferencia crea el terreno propicio para liderazgos que prometen soluciones rápidas mediante la concentración del poder. Cuando las instituciones parecen incapaces de responder, aumenta la disposición a aceptar atajos autoritarios frente a problemas como la inseguridad, la corrupción o el deterioro económico.
Uno de los hallazgos más relevantes es la fractura generacional. En la capital colombiana menos de la mitad de los jóvenes considera prioritario vivir en democracia, frente al 71% de las personas mayores de 56 años. La distancia refleja que las nuevas generaciones no siempre experimentan la democracia como un sistema capaz de ofrecer oportunidades reales. La deuda con los jóvenes no es únicamente económica; también es institucional y política.
Existe además una dimensión territorial que suele quedar fuera de los grandes acuerdos internacionales. Los valores no evolucionan de manera homogénea. Las grandes ciudades conectadas al sistema global experimentan transformaciones culturales más rápidas y muestran mayores niveles de apertura, pero también un creciente escepticismo institucional. En contraste, amplias zonas rurales y periféricas mantienen sistemas de valores distintos y con frecuencia se sienten excluidas de los beneficios de la globalización. Los datos de Bogotá son ilustrativos. El rechazo a tener vecinos homosexuales cayó del 31% al 13% en una generación, aunque en algunas localidades periféricas todavía tres de cada diez personas mantienen esa posición.
Frente a este escenario, la respuesta habitual ha sido buscar liderazgos fuertes capaces de resolver rápidamente las limitaciones del sistema. Sin embargo, la evidencia muestra que el modelo del líder heroico suele reforzar la concentración del poder y debilitar la deliberación democrática.
Una investigación desarrollada por expertos de la Escuela de Gobierno de la Universidad de los Andes de Colombia propone entender el liderazgo como un proceso colectivo y relacional, más que como el resultado de capacidades individuales excepcionales. El liderazgo emerge de la interacción entre personas, organizaciones y comunidades que trabajan conjuntamente para producir valor público. La pregunta deja de ser quién debe liderar y pasa a ser qué condiciones permiten que una sociedad construya liderazgo de manera compartida.
Esta perspectiva resulta especialmente pertinente frente a la polarización. Allí donde el discurso del enemigo divide, el liderazgo colectivo requiere cooperación, reconocimiento de la diversidad y construcción de confianza. No busca eliminar las diferencias, sino convertirlas en un recurso para producir soluciones comunes.
Los resultados más recientes de la WVS ofrecen una pista alentadora. Aunque la confianza en partidos políticos y parlamentos continúa disminuyendo, la confianza en las familias, los vecinos y las organizaciones comunitarias permanece relativamente estable. La reconstrucción democrática difícilmente vendrá solo desde las instituciones nacionales; también deberá surgir desde los territorios y las comunidades donde todavía existen vínculos de cooperación.
De este diagnóstico se desprenden tres prioridades. La primera consiste en la formación de líderes capaces de interpretar los cambios en los valores ciudadanos como información estratégica para diseñar mejores políticas públicas y reconstruir la confianza institucional.
La segunda es incorporar una perspectiva territorial en los programas de formación de universidades, centros de pensamiento, administraciones públicas y organizaciones de la sociedad civil. Los desafíos asociados a la polarización y la desconfianza no pueden comprenderse únicamente desde las capitales, requieren escuchar a quienes llevan años construyendo cohesión social en los territorios.
La tercera es abandonar el paradigma del liderazgo heroico como modelo dominante de formación. Persiste la idea de que liderar depende principalmente de individuos excepcionales. Sin embargo, las democracias necesitan fortalecer capacidades colectivas, promover la corresponsabilidad y desarrollar instituciones capaces de sostener procesos más allá de figuras individuales.
Los valores compartidos entre América Latina y Europa no pueden asumirse como un punto de partida garantizado. Constituyen un horizonte que exige ser construido continuamente. La democracia sigue siendo ampliamente valorada como ideal, pero esa legitimidad solo podrá sostenerse si las instituciones logran traducir sus promesas en experiencias cotidianas de confianza, inclusión y participación.
En ese desafío, el liderazgo colectivo y la reconstrucción del tejido social son condiciones indispensables para que los valores compartidos dejen de ser únicamente un discurso diplomático y se conviertan en una realidad democrática.
Este artículo forma parte de una colaboración con la Red Jean Monnet EULAS, coordinada por el IBEI y cofinanciada por la Unión Europea, cuyo objetivo es fomentar la cooperación académica, la innovación y la investigación entre Europa y América Latina y el Caribe.










