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Ayuso en Méx(j)ico: la Hispanidad y sus fronteras

El viaje reveló cómo la nueva derecha transnacional usa los vínculos culturales con América Latina como bandera política mientras endurece su discurso contra los migrantes latinoamericanos en España.

Durante varios días, los medios españoles y mexicanos estuvieron copados por la visita de la Presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, representante del ala más conservadora del Partido Popular (PP) español a México y el consecuente espectáculo de acciones y reacciones con el gobierno local. Los debates que generó parecen poner al lector-espectador ante la necesidad de alinearse detrás de la Presidenta mexicana Claudia Sheinbaum o Ayuso, casi como si se tratase de un partido de fútbol de club de barrio.

Esa polarización visceral corre el riesgo de ocultar la dimensión estructural que subyace al incidente diplomático: la consolidación de una red ultraconservadora transnacional. Y, particularmente relevante para el lector latinoamericano, una contradicción que ese movimiento preferiría mantener disimulada: la «Hispanidad» como bandera y las fronteras como práctica.

Una infraestructura, no un incidente

La visita no surgió de la nada. Ayuso pertenece a un ecosistema específico. Desde 2020, una arquitectura formal de coordinación transnacional ultraconservadora viene tomando forma a ambos lados del Atlántico. El Foro Madrid, fundado por el partido de extrema derecha español Vox, se define como una «organización internacional» permanente, diseñada explícitamente como contrapeso conservador al Foro de São Paulo y al Grupo de Puebla. La tensión es real: tres semanas antes del viaje de Ayuso, Sheinbaum, Lula, Petro y Sánchez, entre otros, sellaban en Barcelona la IV Cumbre «En Defensa de la Democracia». Dos redes transnacionales, dos agendas, una batalla ideológica global. El viaje de Ayuso a México es un nodo más del circuito.

Las tres claves de la visita

En primer lugar, Ayuso no se reunió con la presidenta Sheinbaum, ni con el Congreso, ni con la Jefatura de Gobierno de Ciudad de México. Se reunió con la alcaldesa de Cuauhtémoc, con la gobernadora de Aguascalientes y con dirigentes del Partido Acción Nacional (PAN), sin ninguna reunión de alto nivel en la agenda.

El lenguaje es igualmente revelador, al punto de recuperar la grafía arcaica “Méjico” en sus comunicaciones. Ayuso reivindicó a Hernán Cortés, celebró la conquista como misión civilizatoria y describió la relación entre España e Hispanoamérica como «cinco siglos de amor». No son torpezas diplomáticas, sino el vocabulario deliberado de una identidad política transnacional que construye a su enemigo —el narcoestado comunista— y también disputa el pasado: el mestizaje como «mensaje de esperanza y alegría» y sus críticos como “zotes” y enemigos.

Cuando el viaje se interrumpió, el tercer elemento era predecible: la narrativa de la persecución. Ayuso acusó al gobierno de Sheinbaum de «boicotear» su visita, orquestar una «deriva totalitaria» y, luego, de no recibir protección del gobierno español. Desmentida categóricamente por el grupo Xcaret, el relato del martirio se desmoronó empíricamente pero ya había cumplido su función: días de cobertura internacional, una villana y una heroína que «resistió a la izquierda».

El manual y sus operadores

Este manual no es exclusivo de Ayuso ni un invento español. Milei lo ejecutó con precisión inversa: viajó a Madrid, declinó reunirse con Sánchez, se rodeó de los dirigentes de Vox y del PP, utilizó la misma gramática política: «socialismo», «decadencia», «destrucción de la libertad», y cosechó la cobertura y el escándalo esperados. El espejo es casi perfecto.

Entre los centros de gravedad conservadores, Trump destaca como máximo exponente: su retórica sobre el hemisferio occidental reactualiza la doctrina «Monroe» y su mansión en Mar-a-Lago funciona como escenario de consagración del circuito. Ayuso fue allí galardonada por su labor por la Hispanidad, compartiendo escenario con Milei y María Corina Machado.

La referente venezolana, que ejecuta a la perfección el manual, encarna la Venezuela que el movimiento necesita como arma retórica: «Madrid no puede convertirse en Caracas». Pero Venezuela es también la realidad humana de más de siete millones de personas desplazadas a países donde este movimiento impulsa políticas restrictivas y excluyentes.

Una contradicción soslayada

El mismo ecosistema político que envía figuras a América Latina a celebrar la «Hispanidad» libra hoy, en España, una batalla contra los latinoamericanos. Ante la regularización extraordinaria de alrededor de medio millón de inmigrantes impulsada por el gobierno de Sánchez, el PP rechazó la medida de forma contundente. Vox la describió como «consagrar la invasión». Cerca del 70% de los potenciales beneficiados son latinoamericanos, exactamente los pueblos a los que la retórica de la «Iberosfera» abraza como hermanos de civilización.

La coincidencia temporal es elocuente. Mientras Ayuso recibía medallas en Aguascalientes, su propio partido se oponía en Madrid a que cientos de miles de latinoamericanos regularizaran su estatus migratorio. La narrativa llegó en clave Trump: «invasión», «España primero» y deportaciones masivas, el vocabulario del nodo estadounidense aplicado en Madrid contra los mismos que el circuito abraza en sus giras latinoamericanas. La «Hispanidad» tiene, al parecer, una geografía precisa. Funciona como eslogan en los escenarios latinoamericanos, pero se evapora en los parlamentos españoles.

La evidencia es que la clasificación de «buen inmigrante hispano», popularizada por Ayuso, nunca fue una protección. Fue una táctica: una jerarquía racial diseñada para atacar la inmigración africana y musulmana. Cuando esa táctica choca con la realidad concreta de la regularización, el movimiento elige el elemento de «primero España» por encima de la «Hispanidad». El gesto más elocuente lo dio Vox, dando de baja la página web llamada «Latinos por Abascal» en enero de 2026 bajo la presión antiinmigratoria de su propia base.

Los migrantes latinoamericanos son indispensables como argumento discursivo: encarnan el peligro del «comunismo». Que los colombianos hayan emigrado bajo Duque o Petro, o los argentinos bajo el kirchnerismo o Milei, es irrelevante cuando se quiere definir al enemigo. Pero como personas quedan sujetos a las mismas lógicas de exclusión que el movimiento construye. La pregunta que entonces debe hacerse es muy concreta: ¿en qué columna está México, en la de los hermanos de civilización o en la de los «invasores»?

Lo que América Latina debería mirar

La importancia del caso de Ayuso en México no está en el protocolo diplomático ni en el show de sus dos protagonistas. Está en la red y en sus métodos. Una red conservadora transnacional con un andamiaje de alianzas, vocabulario y enemigos comunes operando en «Hispanoamérica» o en el «Hemisferio Occidental». Sabe generar escándalos que funcionan como propaganda, articular la libertad como bandera y el comunismo como amenaza, y usar a América Latina como escenario de legitimación o a los latinoamericanos como migrantes invasores según le conviene.

El lector-espectador que quiere ir más allá de la polarización futbolera tendrá que aprender a leer las claves veladas por el escándalo: quién está en la sala, el vocabulario que se despliega y el martirio que inevitablemente llegará. Y preguntarse qué dice ese mismo líder sobre los suyos, en casa, cuando las cámaras latinoamericanas apuntan hacia otro lado.

Autor

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Sociólogo por la Universidad Nacional de Cuyo y doctor en Relaciones Internacionales por Florida International University. Asesor en Pan-American Strategic Advisors. Investigador posdoctoral en la Steven J. Green School of International and Public Affairs de Florida International University.

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