Binomio Lula-Alckmin: ¿dónde está el error?

Se ha especulado mucho, dentro de la izquierda, sobre el significado y las implicaciones de una eventual alianza Lula-Alckmin en las elecciones de 2022, dos políticos antagónicos en el pasado. Para no cansar al lector, seré directo. La oligarquía financiera, artífice y beneficiaria del Golpe de 2016, que dicta la agenda económica del gobierno de Bolsonaro, sólo se embarcará en otra “Carta al pueblo brasileño” si se asegura, con ello, de anular cualquier rasgo progresista que represente el lulopetismo. Algo que, a pesar de toda la conciliación y moderación de Lula, no está ni estará garantizado, al menos mientras Lula esté en la escena política.

La agenda iniciada con el “Puente al Futuro” de Michel Temer y profundizada durante el gobierno de Bolsonaro no tiene espacio para cualquier concesión a los derechos consagrados en la Carta Magna de 1988, ni para una diplomacia mínimamente soberana. Se equivocan quienes, amablemente, ven en la papeleta Lula-Alckmin la vuelta a los preceptos y rumbos democráticos ensayados por la “Nueva República”, que habrían sido desvirtuados por Bolsonaro y por el Centrão. Asimismo, se equivocan igualmente quienes ven desesperadamente en esta pizarra una alternativa para frenar el neofascismo de Bolsonaro, visto como la tarea política más importante de la izquierda en este momento.

La izquierda “poliana” y la “desesperada” parece desconocer la profundidad de la ruptura operada con el Golpe de 2016. Aunque ya se presentaba como una tendencia antes, Brasil se convierte entonces definitivamente en una “plataforma internacional de valorización financiera”. El ritmo y el volumen de la especulación financiera mundial, en lugar de contenerse con la crisis de 2008, crecen enormemente, generando un exceso de capital en busca de nuevas fuentes de valorización, algo que se agrava en el contexto de la pandemia.

Aquí entran en juego las privatizaciones operadas por el ministro de Economía Paulo Guedes, centradas en Petrobras, Eletrobras y Correos, así como en las empresas estatales y municipales de saneamiento; la descapitalización del BNDES para que el Gobierno genere caja para cumplir con los compromisos financieros; la autonomía del Banco Central; y la tasa de interés real más alta del mundo. Asistimos así a la consolidación de la hegemonía del capital financiero, en la que se vinculan bancos y fondos de inversión nacionales y extranjeros, especialmente norteamericanos.

La amenaza a la democracia que quita el sueño a la izquierda no viene principalmente de Bolsonaro, ni del Centrão, siempre dispuesto a aprobar agendas promercado, incluso de los gobiernos del PSDB y del PT. Bolsonaro no es más que el síntoma, muy enfermo, sin duda, pero sin embargo un síntoma, de la hegemonía financiera, cuyas exigencias de rentabilidad permanente son irreconciliables con los derechos sociales y la democracia.

La enfermedad está en el dominio de una casta financiera, que está tan concentrada que puede ser nombrada. No es casualidad que estas instituciones hayan conseguido aumentar sus beneficios en medio de la pandemia. Son, hoy, los controladores del mercado de capitales, a través de ANBIMA; del Banco Central, a través de su presidente egresado del Santander; del superministro de economía, fundador de BTG Pactual; y, sin olvidar, de su pupilo, que hoy preside el BNDES.

Sin duda, en un eventual gobierno Lula-Alckmin, este arreglo político a favor de la oligarquía financiera podría mantenerse, o incluso perfeccionarse. Sin embargo, aun así, el liderazgo popular de Lula, sumado a los riesgos de una geopolítica de integración latinoamericana y de acercamiento a China, son elementos suficientes para que la oligarquía no se embarque en la candidatura de Lula.

“Bloquear a Bolsonaro” no es suficiente

Por lo tanto, el escenario electoral que se acerca es de enorme polarización. Bolsonaro ha alcanzado, al parecer, el piso de popularidad que, a pesar de muchos pesares, se mantiene en torno al 20%. Además del control de la máquina pública, incluida la Policía Federal, Bolsonaro comenzará a pagar el subsidio Auxílio Brasil, con mayores montos y llegando a más beneficiarios que la difunta política del Bolsa Família.

Si Bolsonaro logra recuperar la popularidad en los primeros meses de 2022, su candidatura será la opción preferida de la oligarquía financiera, que lo llevaría a la segunda vuelta. Las posibilidades de Lula-Alckmin aumentarían si la candidatura de Bolsonaro no despega. En este caso, el apoyo reticente de la oligarquía estaría destinado a neutralizar, de una manera u otra, cualquier sesgo progresista en un futuro gobierno de Lula.

En este caso, el apoyo de la oligarquía estaría destinado a neutralizar, de un modo u otro, cualquier sesgo progresista en un futuro gobierno de Lula. La mayor tarea de la izquierda, al parecer, no se limita a impedir a Bolsonaro, sino a sus jefes. Pues, ya sea con Bolsonaro o con Lula-Alckmin, ellos mandarán.

Si hay algo razonable en lo anterior, el cálculo político recomendaría una alianza de Lula para la izquierda. Una alianza que exponga al debate público la necesidad de enfrentar la dominación financiera, como condición para reorientar el ahorro público a favor del desarrollo sobre bases distributivas.

Esto tendría un papel movilizador, ampliando la base de apoyo popular y la fuerza electoral de Lula, generando músculo político para una agenda capaz de revertir las políticas ultraneoliberales del periodo post-golpe, empezando por la derogación de la ley de techo de gasto. Más que “parar a Bolsonaro”, se trata de combatir las raíces del bolsonarismo, enraizadas en la barbarie generada por la lógica depredadora y autocrática del capital financiero.

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