La influencia de China en América Latina va más allá de las materias primas: también se extiende, de forma menos visible, a las universidades y las becas.
Occidente culpa a China de sus debilidades industriales, pero debería aprender de su inversión, planificación y políticas a largo plazo, lecciones más útiles que las guerras comerciales y la retórica antichina.
La creciente cooperación con Nicaragua, El Salvador y Honduras abre interrogantes sobre cómo los intercambios institucionales y tecnológicos pueden reforzar dinámicas autoritarias.
La urgencia por concretar grandes obras sin controles rigurosos abre la puerta a decisiones costosas que comprometen el desarrollo y la soberanía a largo plazo.
El colapso democrático de Nicaragua ha creado las condiciones ideales para que China consolide un modelo de cooperación basado en control político, dependencia comercial y extracción de recursos.