El asesinato de Marielle, las milicias y la “narrativa del golpe”

La noche del miércoles 14 de marzo fue asesinada en una calle céntrica de Río de Janeiro la concejala Marielle Franco, del Partido Socialismo y Libertad (PSOL), de izquierda. Una ráfaga de balas, de 9 milímetros, proveniente de un vehículo que se había detenido junto al que transportaba a Marielle, daría fin a su vida y a la del conductor, Anderson Pedro Gomes. El asesinato fue inmediatamente cubierto por los medios y al día siguiente hubo multitudinarias manifestaciones de repudio en varias ciudades del país y el mundo.

Marielle Franco era conocida en el ámbito de la militancia por los derechos de las minorías en Río de Janeiro. Mujer de 38 años, autodefinida feminista, negra y criada en una de las mayores favelas del país, Complexo da Maré, no había tenido una vida fácil. Se graduó como socióloga, con beca integral, y realizó una maestría en Administración Pública. Fue asesora de Marcelo Freixo, diputado y uno de los principales líderes de su partido. En 2016 se lanzó como candidata a la cámara de concejales de Río; en esto obtuvo más de cuarenta mil votos.

A partir de ahí, integró comisiones de investigación sobre la violencia policial en las favelas y se comprometió con sus problemas cotidianos. Últimamente se había centrado en repudiar la “intervención militar” de las favelas. Por ello, inmediatamente se adjudicó su asesinato a un móvil político. Para la mayoría, se trataba de un “atentado político” clásico, aunque el asunto se presente más complejo.

El asesinato de Marielle representa un atentado contra la democracia brasileña. Sin embargo, más que eso, evidencia, una vez más, la correlación de fuerzas criminales que actúan en Río de Janeiro. En este escenario, las “milicias” —grupos “paramilitares” surgidos en los setenta, cuyo papel inicial era garantizar la seguridad, pero que con los años pasaron a intimidar y a extorsionar a los habitantes y comerciantes de las favelas—, tienen un rol fundamental. Y su asesinato fue la respuesta a la avalancha de detenciones de miembros de estas organizaciones en los últimos días. Por ello, la tesis de que el crimen de Marielle es un “atentado político” no explica el fenómeno.

Veamos los acontecimientos. El mismo miércoles 14 de marzo el portal de noticias G1 publicó una nota con el título: “Operación para combatir milicia que actúa en la Bajada Fluminense detiene a 9 personas; cuatro son Policías Militares”. Otro artículo decía: “Franquicia del crimen: 2 millones de personas en Río de Janeiro viven en áreas de influencia de las milicias”.

Tras una reestructuración reciente de la Policía Civil, esta institución, junto a la Policía Militar, habían aumentado desde fines del año pasado y, sobre todo en febrero y marzo, los procedimientos contra líderes de las “milicias”. Si bien la “intervención militar” era ampliamente criticada, las acciones policiales de represión al “crimen organizado” estaban obteniendo evidentes éxitos.

el asesinato de Marielle habría sido perversamente funcional al mensaje que las “milicias” querían dar en respuesta a las recientes investigaciones policiales

Es importante entender que la muerte de la concejala no fue, en su totalidad, una respuesta política a sus recientes acusaciones de violencia policial en la favela de Acari. En las redes sociales, Marielle venía dando testimonio de los abusos de las fuerzas policiales en el contexto de la “intervención militar”. Eso contribuyó a que los análisis se hubieran inclinado hacia la tesis del “atentado político”. No obstante, se sospecha que no fue necesariamente asesinada por sus acusados.

Para la “razón de ser” de las “milicias”, era necesario un movimiento estratégico mediáticamente significativo para deshacerse de la policía. Así, el asesinato de Marielle habría sido perversamente funcional al mensaje que las “milicias” querían dar en respuesta a las recientes investigaciones policiales. Las “milicias” tenían muy claro que la muerte de una concejala del PSOL, con un nítido posicionamiento contra la acción de la Policía Militar y el Ejército en las favelas, permitiría transformar el crimen en un “hecho político” contundente, y esto les beneficiaría.  

Mientras la opinión pública se entretenía con la narrativa política sobre el supuesto “golpe” y el posterior “estado de excepción”, tras la destitución de Dilma Rousseff, las “milicias” ganarían tiempo, para luego retraerse si la indignación colectiva presionaba la salida de la policía de las favelas.

Con esto último se revertirían las investigaciones policiales en su contra. Tal vez el Gobierno, dando un paso al costado, podría frenar el creciente desbaratamiento de sus organizaciones. Las “milicias”, así, le daban una vuelta de tuerca a la “narrativa del golpe” político-institucional de la mano de los simpatizantes de la izquierda política que, de inmediato, pondrían en marcha una estrategia de movilizaciones en contra del Gobierno y sus medidas de “militarizar” las favelas. La deslegitimación de la acción de las fuerzas de seguridad era prioritaria para las “milicias”, y en ese contexto, Marielle, trágicamente, entraría en escena.

Que el Estado reprima violentamente a través de sus fuerzas policiales contra los “favelados” y que estas intervenciones se retomaran tras la destitución de Rousseff y la asunción de Michel Temer al Gobierno, no era novedad. Tampoco era algo reciente el asesinato de políticos o candidatos a cargos públicos: entre enero y setiembre de 2016, antes de las elecciones municipales, fueron asesinadas 96 personas, entre ellas secretarios municipales, candidatos y militantes políticos.

Por ello, por más que la muerte de Marielle pueda ser entendida a través de la “narrativa del golpe”, es saludable considerar que su trágica muerte no es únicamente el sinónimo de un deterioro político reciente.

La particularidad de este asesinato es el momento preciso de su ejecución, el contexto en el que ocurrió y los autores del crimen. Si bien se trató de una concejala, su muerte entremezcla lo político con la disputa de poderes señoriales en espacios geográficos y económicos concretos. Por tal motivo, no sería prudente incluir el asesinato de Marielle en la “narrativa del golpe”, con el perjuicio de reducir su significado.

La joven concejala pudo haber sido asesinada por ser mujer, negra y de la favela. Sin embargo, fue fatalmente elegida como “pivote” en las disputas entre el Estado y las “milicias”. Un Estado que  “militarizó” su actuación sin medir las consecuencias inmediatas y se vio sorprendido por las pujas de poder en el interior de las favelas.

El Estado deberá investigar a fondo lo que sucedió, encontrar a los culpables y no dejarse intimidar por los enemigos que habitan en su propio seno. El asesinato de Marielle debe servir, más que para activar demandas sociales legítimas, para tomar conciencia de la cultura de la violencia que se ha construido y que no podrá ser eliminada fácilmente.

Photo by midianinja on Trend hype / CC BY-NC-SA

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