El candidato de Pinochet

Coautor José Ragas

“Si estuviera vivo votaría por mí”. Identificando su política como una continuación de la obra del dictador chileno Augusto Pinochet, estas fueron en 2017 las palabras del actual candidato populista de extrema derecha chileno, José Antonio Kast.

Hijo de  un ex-oficial de los ejércitos nazis, Michael Kast, quien emigró a Chile a fines de la Segunda Guerra Mundial y hermano de un ex-ministro de Pinochet, Kast hace de la xenofobia un eje de su política. También aviva el fuego de conspiraciones y paranoias, denunciando sin fundamentos la posibilidad de un fraude electoral en caso que pierda. Al igual que en los casos de Donald Trump y Jair Bolsonaro, estas palabras parecen sacadas de un manual de fascismo, en el cual la democracia pasa a un segundo plano desplazada por el mito del dictador y la legitimidad de sus herederos.

De todas formas, Kast quiere ganar las elecciones. Y como candidato populista busca diferenciarse de los métodos dictatoriales tradicionales. Esta elección decidirá el rumbo que tome el país, especialmente a dos años de una de las protestas más importantes de su historia. El candidato centro-izquierdista Gabriel Boric (Apruebo Dignidad) plantea canalizar una serie de demandas (principalmente las relacionadas con acceso a servicios públicos y pensiones justas), las cuales también se encuentran siendo discutidas en la Convención Constituyente que redacta la nueva carta que reemplazará la del dictador Pinochet. Se trata de la primera constitución escrita en democracia, y con una Convención paritaria, con representación de pueblos originarios y legitimada con una votación de 78%.

El mundo vive un acercamiento del populismo al fascismo y, siguiendo a Bolsonaro, Kast se presenta como una alternativa frente a este supuesto abismo. Este tipo de populismos combinan la defensa de dictaduras pasadas, defensa del neoliberalismo y una política represiva de “ley y orden”, pero en realidad promueven el desorden, la paranoia y la división.

A diferencia de líderes como Hitler y Mussolini, los aspirantes a fascistas acusan a sus adversarios de serlo. En 2020, Kast sostuvo que “El fascismo se instala con fuerza en Chile y lo hace de la mano del Colegio Médico y otras ONG’s de izquierda que buscan dividir y discriminar entre chilenos contagiados y no contagiados, tener ‘agentes sanitarios’ y otras propuestas antidemocráticas”. Siguiendo la incongruencia, también denunció una campaña de destrucción civilizatoria supuestamente basada en el pensamiento de Michel Foucault.

A diferencia de sus avisos de campaña, en su programa presidencial y —por supuesto— en su cuestionable historial, Kast denuncia la “traición” de la “derecha tradicional” y se personifica como abanderado chileno de una “nueva derecha” global.

Al igual que Trump en EEUU, Bolsonaro en Brasil, Narendra Modi en la India y Victor Orban en Hungría, Kast reemplaza la historia con la fabricación de mitos sobre el pasado y a la vez acusa a sus enemigos de “falsificar la historia”. Promueve asimismo la xenofobia y el odio a lo diferente mientras acusa a sus oponentes de promover el “totalitarismo.” En suma, nada hay de nuevo en este proyecto bolsonarista para Chile. Y al igual que Trump y Jair Bolsonaro, Kast basa sus políticas en fantasías conspirativas y promesas represivas, pero lo hace con un tono pensadamente medido, como si fuera un Bolsonaro amable y sedado. El resultado es un envoltorio que intenta moderar sus contenidos.

Kast se presenta así también como una respuesta a una crisis de representatividad, aunque se dedica a la política desde hace décadas. Su discurso es tan vacío como efectivo.

En sus “principios rectores”, el movimiento de Kast sostiene: “Creemos en el bien y la verdad como realidades objetivas”. Y paso siguiente sugiere que se debe oponer la libertad a la igualdad. Kast apela a una noción particular de “orden”, con una defensa cerrada de las fuerzas policiales (pese a las denuncias por su accionar). Según Kast, “estamos en un punto de inflexión. Hay que detener la explosión de violencia y el reinado de la delincuencia que está transformando la vida diaria de miles de chilenos en una verdadera pesadilla”. No debe sorprender que su propuesta cuestione la existencia del orden y la ley si bien manifiesta que él hable en nombre de estas.

Esta apelación a una “violencia” no es gratuita: es una referencia a la movilización social desplegada después de octubre de 2019 en Chile, la cual cuestionó abiertamente el sistema político, económico y social del país. Pero es también una excusa para desmantelar lo avanzado en derechos sociales. Esto se inserta bastante bien en la “batalla cultural, ideológica y programática” a la que apela su movimiento, y que se traduce —entre otros ejemplos— en una defensa de la familia conformada únicamente por madre, padre e hijos así como a negar a las mujeres el derecho al aborto.

De aplicarse sus propuestas, sus efectos tendrán repercusiones continentales: para él y su equipo, la inmigración es vista como un problema que atenta contra la “independencia nacional” y “tiene un efecto destructivo” sobre la “integridad republicana” del país. Después de lo ocurrido en el norte de Chile, en Iquique, cuando una turba incendió las pertenencias de inmigrantes a plena luz del día, su propuesta se revela como la peor forma de enfrentar el problema.

El mismo Kast ha manifestado que lo idóneo es construir una zanja en la frontera norte, de modo que impida el ingreso de inmigrantes. Mientras Trump promovió la construcción de un muro para combatir una supuesta invasión de violadores y criminales (los bad hombres mexicanos) y —más recientemente— el coronavirus, Kast presenta la idea de un pozo que separaría a Chile de sus problemas. “Si usted hace una zanja de tres metros de profundidad, con cercos para que nadie caiga adentro, es factible y bastante económico”, declaró en un debate presidencial en octubre pasado.

En las últimas semanas, Kast ha incrementado sus propuestas de zanjas y mentiras sobre fraudes electorales demostrando en los hechos una cercanía con Trump y Bolsonaro que relativiza en entrevistas recientes. Kast representa una normalización del legado de Pinochet, pero también su aggiornamento populista para los tiempos que corren. Una diferencia central entre el populismo y el fascismo es que, para los populistas, los resultados electorales importan. En cambio, el fascismo implica un poder permanente, independientemente de las urnas.

Así, al igual que Trump y Bolsonaro, Kast quiere matizar estas diferencias, pero presenta su candidatura justamente como una defensa de la democracia de Chile contra el totalitarismo y el fascismo. Es típico de la propaganda de tipo fascista hablar de libertad y democracia cuando en realidad sus candidatos, como el político chileno, representan exactamente lo contrario.

José Ragas es historiador y profesor del Instituto de Historia de la Universidad Católica de Chile. Doctor por la Universidad de California e investigador postdoctoral en Cornell. Sus áreas de investigación abarcan la Historia Global y los Estudios de Ciencia y Tecnología.

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