El 15 de enero de 2026, María Corina Machado, ganadora del Premio Nobel de la Paz y líder de la oposición venezolana, entregó al presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, la medalla otorgada por el Comité Noruego del Nobel. Este galardón, que es la distinción simbólica más relevante a nivel global, reconoce contribuciones destacadas a la paz: desarme, cooperación internacional y la defensa de los derechos humanos.
La reacción de la comunidad internacional no se hizo esperar. En Noruega, el gesto ha sido recibido con asombro y crítica, pues los méritos que lo sustentan son intransferibles. En consecuencia, el acto en la Casa Blanca, cediendo el símbolo del premio a Donald Trump, ha sido visto por los noruegos como una afrenta a los valores que llevaron a Machado a ser homenajeada: la lucha democrática, electoral y pacífica de los venezolanos contra el autoritarismo de Maduro, expresada en las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024.

El ofrecimiento de Machado ocurre en un momento de tensiones entre Europa y Estados Unidos. La insistencia de Trump en la anexión de Groenlandia, la crítica a la violación del derecho internacional durante la captura de Nicolás Maduro y el apoyo a las propuestas rusas de paz en la guerra de Ucrania han tensado el vínculo transatlántico. En el plano interno, el mandatario estadounidense mantiene su política de persecución y represión a través del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE por sus siglas en inglés) y eleva el conflicto en estados demócratas. Ambas dinámicas profundizan la contradicción entre el simbolismo de la medalla y las acciones de la Casa Blanca.
Pero analicemos los hechos desde la perspectiva del poder, ¿el gesto de Machado contribuye a su objetivo: alcanzar el poder en Venezuela? La respuesta, de momento, es negativa.
Su reunión del 15 de enero de 2026 no obtuvo promesas concretas ni respaldo abierto como líder de la transición venezolana. Su entrada por la puerta de visitantes, la ausencia de rueda de prensa conjunta y la recepción de una bolsa de regalos promocionales de la Casa Blanca contrastan con lo que sucedía en Caracas. El director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA por sus siglas en inglés) se reunía con la presidenta interina Delcy Rodríguez para abordar el tema del narcotráfico. Ese mismo día, Rodríguez presentó a la Asamblea Nacional chavista la reforma a la ley de hidrocarburos que facilitará la operación de las compañías petroleras extranjeras en territorio venezolano. Estos hechos reflejan un cambio estructural en la relación bilateral entre ambas naciones, pese a la captura de Maduro el 3 de enero.
Mientras tanto, las petroleras Repsol (España) y Maurel & Prom (Francia) solicitaban en Washington licencias para exportar petróleo desde Venezuela, y el día antes se dio la primera venta estadounidense de petróleo incautado por valor de 500 millones de dólares que entrarán al sistema financiero venezolano a través de la banca privada.
Estos tres eventos, comparados con lo obtenido por Machado en su visita a Washington, muestran que el gobierno de los Estados Unidos ha optado por negociar con la estructura de poder que sostenía a Maduro para lograr sus objetivos transaccionales –seguridad energética, narcotráfico y migración– antes que impulsar a la líder opositora en el proceso de transición democrática.
Lo anterior se refuerza con las declaraciones ofrecidas por Trump sobre la llamada que tuvo con Rodríguez el día antes en la que señaló que: «Tuvimos una larga llamada, discutimos un montón de cosas», «es una persona formidable», «Es alguien con quien trabajamos muy bien». El apoyo a Rodríguez sugiere que Washington la prefiere, de momento, como figura de transición. Esto contrasta con la crítica proveniente de los propios demócratas y Europa de apoyar una transición sin tomar en consideración los resultados del 28 de julio, en los que Edmundo González Urrutia fue electo presidente.
Para María Corina Machado, apoyar incondicionalmente a Trump supone el riesgo de alienar aliados importantes en la búsqueda de una transición democrática frente a la visión transaccional que se ha impuesto en este momento. Más allá del idealismo normativo, la realidad es que una transición ordenada solo es posible con la cooperación de los actores que controlan las estructuras de poder real dentro del territorio venezolano. En este contexto, respaldar la agenda de Trump refuerza la tendencia adaptativa del régimen post-madurista y la prolongación de un gobierno interino a mediano plazo.











