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El rol vital de la diversidad del suelo para una agricultura sustentable 

Los suelos son la base silenciosa de nuestras sociedades y definen nuestras culturas. Más que un recurso, los suelos son un reflejo de nuestra relación con la naturaleza.

El olor a tierra mojada nos resulta inconfundible y despierta algo en todos los seres humanos. Pero, ¿por qué nos gusta tanto ese olor? Probablemente, porque es más que un perfume: es el aroma de los suelos “activos”, con materia orgánica, fértiles y llenos de vida. Este olor, el de un suelo biológicamente sano, es fruto de la geosmina, un compuesto producido por ciertas bacterias. Incluso con nuestra limitada sensibilidad olfativa, podríamos percibir su aroma si una sola cucharada de geosmina se disolviera en 200 piscinas olímpicas. 

Aunque a menudo los imaginamos como simples puñados de tierra inerte, en los suelos sanos habitan millones de organismos. Apenas unos gramos de suelo pueden contener una gran biodiversidad, incluyendo hongos, bacterias, animales, plantas y más. De hecho, los suelos albergan más de la mitad de todas las especies del planeta. La interacción entre estos organismos, sus desechos y los minerales del suelo da como resultado la materia orgánica, el material que sostiene los múltiples beneficios del suelo para las personas.

La materia orgánica permite que las plantas crezcan y nos provean alimento, así como también aporta estructura al suelo y regula los flujos de agua, facilitando la infiltración de la lluvia y evitando que los ríos se sequen durante las temporadas secas. Además, la materia orgánica posee más carbono que la atmósfera y toda la vegetación del mundo combinadas. Por ello, formar nueva materia orgánica es una estrategia clave para combatir el cambio climático. El carbono de la atmósfera que la materia orgánica incorpora al suelo puede quedar atrapado allí durante cientos o miles de años y mitigar el cambio climático. Sin embargo, si esa materia orgánica se pierde, su carbono se libera al aire y contribuye al cambio climático.

Desde los orígenes de la agricultura, hace alrededor de 12.000 años, la actividad humana ha afectado, muchas veces negativamente, los suelos y su materia orgánica. Actualmente, la materia orgánica del suelo de casi todos los rincones del planeta ha disminuido como resultado de la deforestación, la expansión de tierras de cultivo, las prácticas agrícolas y los desarrollos urbanos. Estas transformaciones han provocado la pérdida de aproximadamente 116 mil millones de toneladas de carbono desde el suelo a escala global, una cantidad equivalente a las emisiones de dióxido de carbono que produce todo el mundo a lo largo de 10 años.

Latinoamérica no es una excepción a este patrón. En la región se han registrado pérdidas de materia orgánica que van entre el 5 y el 15% en promedio. Sin embargo, aquellas áreas naturales que fueron transformadas para la producción agraria o ganadera intensiva muestran pérdidas más drásticas, de entre el 40 y el 75%. Este es el caso por ejemplo de la Mata Atlántica y ciertas zonas del Cerrado y Amazonía de Brasil, del Chaco y las Pampas de Argentina (y de Paraguay y Uruguay, respectivamente), o de la zona Andina y del Orinoco en Colombia.

Pero, ¿cómo podemos recuperar la materia orgánica perdida? Para contestar esta pregunta, primero debemos comprender cómo se forma. Hasta hace algunos años, creíamos que la materia orgánica estaba formada fundamentalmente por sustancias muy complejas. Hoy sabemos que está compuesta tanto por sustancias simples, de rápida descomposición (como hojas blandas y raíces finas), como por sustancias complejas, de lenta descomposición (como hojas duras, madera, y raíces gruesas). Las sustancias simples pueden descomponerse y liberar sus nutrientes en cuestión de meses, pero también parte de ellas puede unirse a pequeños minerales del suelo, quedando atrapada por milenios. Así, las sustancias simples aportan nutrientes y estabilidad a corto y largo plazo. Por su parte, las sustancias complejas, al no estar atrapadas en los minerales del suelo, se descomponen en cuestión de años o décadas, aportando nutrientes y estructura al suelo a mediano plazo.

Para recuperar la materia orgánica perdida y tener suelos sanos y fértiles necesitamos, entonces, incorporar al suelo materiales diversos, tanto de descomposición lenta como rápida. Esto implica un cambio en algunos paradigmas de manejo agrícola y, en particular, repensar la agricultura en la que predominan uno o unos pocos cultivos. Hasta hace solo un par de siglos, los agricultores cultivaban múltiples especies en sus parcelas. Desde mediados del siglo XX, la mayor parte de la producción se especializó en los monocultivos (cultivos de una sola especie, como soja, trigo o maíz). Este modelo de agricultura busca una mayor eficiencia y rentabilidad, pero para ello consume de los suelos mucha más materia orgánica (y sus nutrientes) de los que incorpora. Como resultado, muchos suelos se quedaron sin capacidad de producir alimentos o solo pudiendo hacerlo mediante el uso de fertilizantes, herbicidas y otros insumos, porque perdieron la materia orgánica que los hacía fértiles y estables. 

En respuesta a esta problemática, en las últimas décadas se han recuperado y revalorizado prácticas tradicionales integrándolas a la ciencia moderna. Tal es el caso de la agroecología, la agroforestería y el uso de los cultivos de cobertura. Estas prácticas permiten que los suelos reciban hojarasca y raíces de distintas especies, las cuales alimentan comunidades de organismos del suelo más abundantes y diversas, formando materia orgánica diversa. Estas prácticas también protegen a los suelos de la erosión y la insolación al mantenerlos cubiertos con vegetación y, con ello, también los protegen frente a los desafíos del cambio climático, fundamentalmente ante temperaturas, lluvias y sequías extremas.

Por ejemplo, en el Amazonas colombiano, el cultivo de cacao integrado con el cultivo de árboles frutales y especies del bosque nativo no solo mantiene suelos más fértiles, sino que puede ser usada como una estrategia para mejorar hasta en un 40% múltiples funciones de los suelos degradados de pastizales. Por su parte, en los sistemas montañosos de Latinoamérica en general, la agroforestería además de conservar la materia orgánica de los suelos, contribuye a la conservación de la biodiversidad de animales y plantas de la región y, al mismo tiempo, permite sostener los modos de vida de productores locales. Incluso en la región de los pastizales pampeanos del sur de Latinoamérica, donde predominan monocultivos como la soja, la incorporación de cultivos de cobertura como la avena permitiría comenzar a recuperar la pérdida de materia orgánica provocada por los monocultivos. 

Los suelos son la base silenciosa de nuestras sociedades y definen nuestras culturas. Su fertilidad nos alimenta, y su estabilidad nos protege. Más que un recurso, los suelos son un reflejo de nuestra relación con la naturaleza. Entender su funcionamiento, especialmente el papel esencial de la materia orgánica y los organismos que la conforman, es clave para replantear cómo manejamos los ecosistemas. Solo así garantizaremos que los suelos sigan siendo una fuente de vida y bienestar para las generaciones futuras.

Autor

Bióloga y doctora en Ciencias Biológicas de la Universidad Nacional de Córdoba. Profesora titular de Biogeografía en la FCEFyN de la UNC e Investigadora de CONICET en el IMBIV. 

Biólogo de la Universidad Nacional de Córdoba. Candidato a Doctor en Ciencias Biológicas en el Instituto Multidisciplinario de Biología Vegetal (UNC-CONICET), donde es miembro del grupo de Ecosistemas, Diversidad y Sustentabilidad.

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