Bad Bunny protagonizó un espectáculo que fue celebrado globalmente como interpelación política y como acto de integración cultural. El medio tiempo del Super Bowl LX fue el escenario de un concepto emocionante de una latinidad visible, orgullosa e inclusiva en la lengua hispanoamericana. La consigna performativa y explicita más potente apela a la reinvención de lo estadounidense: América no es un país, es un continente.
El gesto tuvo repercusión política inmediata. Amplios sectores culturales del mundo hispanohablante vitorearon con entusiasmo, mientras que la derecha cultural trumpista deploró lo que interpretó como un ataque a la nacionalidad norteamericana. Sin embargo, detener el análisis en esta bipolaridad y situarse en una de ambas opciones implica un renunciamiento de una lectura más incómoda pero necesaria: el problema de fondo no es la expresión cultural latinoamericana, sino el tipo de latinidad que fue expresada y representada, preguntarse a qué matriz cultural responde y quiénes quedaron fuera de esta representación. Esto se plantea especialmente cuando se contrasta este indudable esfuerzo de integración simbólica con la realidad de la política migratoria estadounidense, marcada por deportaciones masivas, selectivas, desiguales y diferenciadas según el origen geográfico de los migrantes.

Así fue como el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl funcionó como un espejo invertido: mostró inclusión cultural mientras, al mismo tiempo, ocultó jerarquías profundas dentro de la propia latinidad. Para entender esta paradoja es necesario observar las cifras de la criminalización de la migración contemporánea en los Estados Unidos.
Desde 2025, Ecuador es el país con mayor número de deportaciones desde los Estados Unidos según datos de The Global Statistics y de Ecuador Chequea, pese a estar muy por debajo de los diez primeros países con la mayor población migrante. La tasa es reveladora: por cada mil migrantes ecuatorianos, aproximadamente 23 son deportados por el ICE, mientras que en el caso de México -la comunidad migrante más numerosa con aproximadamente 40 millones de personas- la cifra asciende a alrededor de 2 deportados por cada mil. La asimetría es notable: mientras Ecuador sobrepasa el millón de migrantes, es decir, 39 veces menos que la población migrante mexicana, sufre tasas de deportación 20 veces más altas.
Este patrón no puede explicarse únicamente por razones administrativas sobre cumplimiento de requisitos, sino que parece apuntar a una situación de discriminación estructural en la aplicación de la política migratoria donde ciertas apariencias, acentos, rasgos culturales y orígenes geográficos califican mejor para la deportación. Esto no solo revela una desproporción estadística, sino una jerarquización humana en el control migratorio, en donde los migrantes andinos resultan especialmente perseguidos por la policía migratoria estadounidense, aun cuando estos países no corresponden a las comunidades más numerosas.
Sin embargo, no se trata de establecer una competencia de victimización entre comunidades migrantes. La historia de discriminación estructural contra la comunidad mexicana en Estados Unidos es extensa y ampliamente documentada. El punto no es relativizar esas trayectorias, sino advertir que la asimetría actual en las tasas de deportación abre una pregunta específica sobre el tratamiento diferenciado hacia otras comunidades latinoamericanas menos visibles. ¿Por qué los migrantes andinos reciben un trato diferenciado y más severo?
Por razones históricamente estructurales, lo latino ha sido hegemonizado cultural y simbólicamente por la influencia del Caribe, tanto en términos estéticos como migratorios. La cultura y música urbana, el reguetón, la salsa, el merengue y la iconografía caribeña se han convertido, por mérito propio, en el lenguaje dominante de la latinidad visible. Aunque hablar de hegemonía en este contexto no implica atribuir una intención excluyente o una imposición deliberada, este predominio cultural produce una idea globalmente aceptada de que “ser latino” equivale a bailar ciertos ritmos, hablar el español con un determinado acento, asumir ciertos comportamientos estereotípicos y representar una apariencia específica.
Mientras tanto, las comunidades migrantes andinoamericanas -ecuatorianas, peruanas y, en buena medida, colombianas y venezolanas provenientes de sus regiones interiores- que son las más castigadas en términos migratorios, quedan al margen de los procesos de reconocimiento cultural. Y a pesar de que algunas puedan mimetizarse con más suerte a los códigos dominantes de la latinidad visible, su presencia migratoria significativa no se traduce en igual visibilidad simbólica ni en menor vulnerabilidad jurídica.
Los números de The Global Statistics y de Ecuador Chequea confirman que, entre los 20 países con mayor presencia migrante en los Estados Unidos, países como Ecuador, Perú, Colombia y Venezuela (estos dos últimos geográficamente situados entre los Andes y el Caribe) aparecen después de los 10 primeros, pero cuando se observan las tasas de deportación estos mismos países escalan a los primeros lugares y, junto a Honduras, encabezan las listas de deportaciones. Por tanto, la contradicción se presenta a gritos: la latinidad visible no coincide con la latinidad más castigada.
En este marco, ser latino no debería significar el ejercicio de acoplamiento a una estandarización simbólica, sino reconocer la existencia de una constelación de historias, orígenes, geografías, lenguas y culturas indígenas, negras, mestizas y blancas que conforman el continente. América no es un país, pero tampoco se resume a dos tipos de culturas con dos tipos de lenguas.
La latinidad caribeña, por su perseverancia, alegría y vitalidad, seguirá ocupando el centro de la representación cultural en los Estados Unidos, consolidándose como una latinidad hegemónica. Sin embargo, otras experiencias culturales permanecerán periféricas y lo preocupante es que esta diferenciación se exprese en términos de vulneración a sus derechos humanos, especialmente en sus derechos migratorios.
En ese sentido, la agencia cultural actuada durante el Super Bowl LX puede incomodar a sectores ultraconservadores, abrir debates académicos y mediáticos, puede tensionar símbolos culturales, pero, de momento, no interpela por sí misma las estructuras de discriminación que pesan sobre quienes son más vulnerables al momento de una deportación. Sin un cuestionamiento explícito de esta latinidad hegemónica, la integración de otras formas de latinidad seguirá siendo parcial y excluyente, reproduciendo discriminaciones en la propia comunidad latina en los Estados Unidos y en el mundo entero.










