El próximo 22 de marzo la ciudadanía boliviana elegirá a nueve gobernadores, 277 asambleístas departamentales, 335 alcaldes y 2.049 concejales municipales. Este megaproceso democrático cierra la etapa de reconfiguración política iniciada con las elecciones presidenciales de agosto de 2025, que llevaron al PDC de Rodrigo Paz a la presidencia del Estado, y que se ha caracterizado por el fin de la hegemonía del MAS y la fragmentación de la representación política.
El MAS ha desaparecido por completo de la competencia electoral, pues no ha postulado candidatos en ninguna ciudad capital. Tampoco participará el partido Evo es Pueblo con sigla ni candidatura propia. Es verdad que algunos militantes del MAS se presentan como postulantes, pero fuera de la estructura del partido. Este escenario es resultado de la descomposición interna del MAS, cuya pugna fratricida entre las corrientes arcistas y evistas derivó en un bloqueo mutuo que hizo metástasis en el nivel subnacional.

A cambio, han surgido los partidos Libre y Patria, que presentaron listas de candidatos en casi la totalidad de los municipios de cada departamento. Libre corresponde al partido de Tuto Quiroga, quien intentó sin éxito llegar al poder en 2025, mientras que Patria agrupa a diversos movimientos en torno a la figura del presidente Rodrigo Paz. Resta saber si estos partidos lograrán seducir al electorado del MAS, actualmente confundido y desarticulado. No parece probable.
Si en su momento se supuso que el MAS y la izquierda podrían recomponerse para las elecciones subnacionales, nada de eso está pasando. La debacle de la izquierda decolonial y la emergencia de la derecha continuarán.
Con todo, la pérdida de hegemonía del MAS no implica un fortalecimiento del sistema de partidos ni de los mecanismos de mediación política. Tanto Libre como la oficialista Patria carecen de una estructura de partido sólida, al punto que muchos de sus candidatos son figuras ajenas a su propio aparato.
A esto hay que añadirle la fragmentación política. En promedio, los nueve municipios de capital de departamento cuentan con quince partidos en pugna. Con dieciocho candidaturas, La Paz es la que posee el mayor número de postulaciones, y la que menos es la ciudad de Cobija, con once. En un contexto en el que ya no existe un partido hegemónico como el MAS, lo que se vislumbra es que las elecciones subnacionales de marzo estarán marcadas por una alta fragmentación del voto y una notable atomización de la representación política.
Tampoco se advierte un discurso capaz de ordenar mínimamente el campo político. Los partidos que ahora están en pugna continúan tratando de rentabilizar electoralmente el clivaje MAS-anti-MAS, aunque con muy poco efecto político, dado que el MAS ha terminado por ser no solo un partido minoritario, sino marginal. Las acusaciones entre unos y otros acusándose de “masistas” no tienen efecto político, porque Morales, hoy por hoy, es un muñeco de trapo temeroso de ser el próximo Maduro.
Los discursos de los candidatos terminan siendo variopintos y curiosos; muy en línea con la tendencia tecnocrática, buscan alejarse de las coordenadas ideológicas —a las que consideran pasadas de moda— y tratan de mostrarse apolíticos y técnicos. De este modo, los candidatos que en el pasado trabajaron para el gobierno del MAS buscan mostrar que su experiencia en dicha gestión fue valiosa desde el punto de vista tecnocrático y que, aseguran, podrán ponerla al servicio de la población si resultan electos.
En definitiva, Bolivia se encamina a una jornada electoral centrada en personas y no en partidos. La deshegemonía del MAS no ha dado paso a una renovación democrática de fondo, sino a una atomizacion del voto. Reinan la confusion, el desaliento y la publicidad por redes sociales que abomina el debate de ideas. Imperan el insulto y la diatriba, pero no aparece ninguna propuesta capaz de hacer soñar al electorado con mejores días.
El gran peligro es que, tras el 22 de marzo, el país podría despertar con autoridades locales carentes de mayorías sólidas para gobernar, atrapadas en concejos municipales ingobernables. Mientras el MAS se desvanece en su propia metástasis, los nuevos actores parecen olvidar que la gestión sin proyecto político no sirve de mucho, como los caudillos sin partido.











