Izquierda y medioambiente en Latinoamérica

Una característica de las izquierdas latinoamericanas que la separa de las europeas y norteamericanas es su clara apuesta por la explotación de recursos naturales como palanca de desarrollo. Es llamativo ver cómo una vez en el poder, los dirigentes de izquierda redoblan la apuesta por materias primas para financiar sus proyectos sociales. De esta forma, mientras que en Washington, Londres y París los progresismos discuten energías verdes y reducción de emisiones contaminantes, en Ciudad de México, Buenos Aires, Caracas o La Paz siguen hablando de minería y combustibles fósiles. Si acaso, lo que vemos son piruetas semánticas entre líderes de izquierda que por un lado rechazan sin cortapisas la ortodoxia neoliberal de derecha, pero por otro se juegan su resto en industrias de alto impacto ambiental. Tanto da: para los cerros y las selvas que se desmontan, la semántica es irrelevante. Cabe entonces preguntarse qué hay detrás de este vínculo entre izquierda y explotación de recursos naturales, y el porqué de la orfandad política de la agenda medioambiental en Latinoamérica. Ofrezco en estas líneas una hipótesis: el cruce de la mitología nacionalista del siglo diecinueve con el impulso revolucionario del veinte. Pero vayamos por partes, empezando por los datos.

De acuerdo a un reporte publicado por Naciones Unidas titulado “State of Commodity Dependence 2021”, los países latinoamericanos son en general altamente dependientes de la exportación de materias primas. Un país sería dependiente cuando más del 60 por ciento de sus exportaciones totales de mercancías están compuestas por productos básicos, lo cual es el caso de Bolivia 94%, Ecuador 93%, Perú 90%, Chile y Paraguay 87%, Venezuela 80%, Uruguay y Colombia 79%, Brasil 66%, y Argentina 64%. Respecto a los países del istmo centroamericano y el Caribe, vemos también que varios de ellos rondan el 60%. La excepción a la regla sería México que cuenta con un porcentaje relativamente bajo (15%).

Dicho lo anterior, la presente administración de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) impulsa proyectos de alto impacto ambiental. Me refiero en particular a la refinería de Dos Bocas en su estado natal de Tabasco, y el Tren Maya en las selvas del sureste mexicano. Se trata de dos multimillonarios proyectos de infraestructura que son francamente indefendibles desde el punto de vista del medio ambiente, pero que confirman que el tema no es una prioridad para AMLO. En este respecto no es muy diferente de otros líderes regionales como el finado Chávez, Morales, Correa, los Kirchner, e incluso Lula, que lograron posicionar una narrativa en donde la explotación de recursos naturales es un acto de justicia social y de redistribución del ingreso.

¿Qué hay detrás de esta narrativa común a los líderes de izquierda? El cruce de nacionalismo y pensamiento revolucionario. Empecemos por el primer elemento: el nacionalismo político.

Benedict Anderson señala en su obra clásica “Comunidades imaginadas” que el nacionalismo es un fenómeno que surge primeramente en el Nuevo Mundo, concretamente en Estados Unidos y más tarde en los países americanos de habla hispana. Ese aliento nacionalista sería fundamental para el nacimiento de los modernos Estados latinoamericanos, pues habría dado origen a las revoluciones hispanoamericanas que crearon una nueva geografía política sobre los vastos virreinatos y capitanías del Imperio Español en América. Es importante señalar que la emergencia de los actuales países latinoamericanos no fue un proceso lineal ni predestinado como sugieren los libros de texto. Todo lo contrario. La geografía política latinoamericana de hoy es una de muchas combinaciones que se probaron durante buena parte del siglo diecinueve.

Para otro gran teórico como Charles Tilly, la región puede ser vista incluso como un “cementerio de Estados” (considérese las malogradas repúblicas de América Central, Gran Colombia, Río Grande, Liga de los Pueblos Libres, Yucatán, etc.). Quien sienta curiosidad por esos otros Estados y geografías políticas que nunca llegaron a ser, remítase al libro de Sebastián Mazzuca “Latecomer State Formation”, en donde explica la debilidad de los Estados modernos latinoamericanos en base a la particular geografía de la región.

El nacionalismo decimonónico de nuestra América, autóctono de acuerdo a Anderson, se fundirá en el siglo veinte con el pensamiento revolucionario marxista tal como sucede a las claras en Cuba en las figuras de José Martí y Fidel Castro. Pero no son el único caso. En México esa fusión es también evidente en el Partido Revolucionario Institucional (PRI) que dominó buena parte del siglo pasado como partido hegemónico. Fundado en 1929 como una federación de caudillos revolucionarios, su nombre original deja pocas dudas de su orientación política: Partido Nacional Revolucionario (PNR). En su caso, fue en el gobierno del General Lázaro Cárdenas (1934-1940) cuando nacionalismo y pensamiento revolucionario se funden en una clara apuesta por la explotación de recursos naturales como palanca de desarrollo.

En efecto, el 18 de marzo de 1938 Cárdenas decreta la expropiación del petróleo en México, entonces explotado por empresas extranjeras asentadas en el país. La expropiación tuvo gran repercusión en el continente, y en general en el mundo en desarrollo, ilustrando como un gobernante de izquierda podía hacerse de los recursos naturales de su país para incrementar el gasto público y fortalecer al Estado.

Hoy en pleno siglo veintiuno, la izquierda latinoamericana se sigue sintiendo cómoda en ese espacio donde se superponen el nacionalismo y el pensamiento revolucionario. En este sentido, la explotación de recursos naturales por parte de gobiernos progresistas logra obtener legitimidad política y popular a pesar del altísimo impacto ambiental de algunas de sus iniciativas. Pero estamos empezando a ver cambios. Por ejemplo, vemos hoy en el discurso del nuevo presidente de Colombia, Gustavo Petro o el presidente chileno Gabriel Boric un intento desde la izquierda de recoger la bandera medioambiental en Latinoamérica.

En semanas pasadas, Boric promulgó una “Ley Marco de Cambio Climático” y en su discurso pareciera intentar tomar el liderazgo en materia de energías renovables en la región: “como dice nuestra ministra de Medio Ambiente no tenemos tiempo que perder, no estamos hablando del futuro, no estamos haciendo un acto de generosidad a las generaciones que vendrán, estamos hablando de nuestra propia supervivencia”. En efecto, el tiempo apremia, pues la degradación ambiental en la región avanza inexorable.


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