Las grandes mentiras se imponen a través de los medios

Recientemente el expresidente Trump terminó abruptamente una entrevista con NPR—radio pública de Estados Unidos—después de que le preguntaran sobre su “gran mentira” de que las elecciones de 2020 estaban “arregladas” en su contra, lo cual no hizo otra cosa que amplificar su propaganda. Esto demuestra el riesgo para los periodistas, especialmente los que hacen entrevistas en vivo, de entrevistar a Trump y este tipo de políticos populistas que tanto se acercan al fascismo.

Históricamente, los medios de comunicación han luchado con los líderes fascistas por el control de la información para ofrecer otras perspectivas. Sin embargo, los líderes totalitarios manipulan a los medios independientes para hacerse del poder, para luego eliminarlos. En este marco, los periodistas independientes deben entender que se trata de jugadores deshonestos que buscan promover sus mentiras en lugar de responder preguntas de forma honesta.

Adolf Hitler entendió la centralidad de la propaganda y la importancia de controlar la prensa para mantener el poder. En “Mein Kampf”, escribió, “la propaganda debe ajustarse a las amplias masas en contenido y en forma, y su solidez debe medirse exclusivamente por su resultado efectivo”. Por eso, también argumentó que el Estado “debe ejercer un control especialmente estricto sobre la prensa. … No debe dejarse confundir por las tonterías sobre la llamada libertad de prensa”.

Una vez en el poder, los nazis destruyeron los medios independientes, cerraron más de 200 periódicos y enviaron a miles de periodistas a la cárcel. Como explica el historiador Richard Evans, “La Ley de Editores del 4 de octubre de 1933 otorgó a los nazis el control total sobre la prensa”.

Una vez en el poder, “[Joseph] Goebbels [el ministro de propaganda nazi] daba instrucciones a los periódicos todos los días, describiendo lo que podían o no podían publicar”. Los fascistas odiaban especialmente a los periodistas porque su función debería representar lo opuesto a lo que defendía el fascismo. La verdad, la transparencia y la libertad de pensamiento son la antítesis del fascismo y de los nuevos aspirantes al fascismo como Trump, Jair Bolsonaro y Narendra Modi.

En 1932, uno de los pocos periodistas estadounidenses que entrevistó a Hitler, Hans Kaltenborn, explicó que “Adolf Hitler tiene una intensa aversión instintiva a las entrevistas. Este hombre, cuyas corazonadas sobre qué hacer y cuyo extraño sentido de cuándo hacerlo asombran al mundo, piensa mejor y decide con mayor astucia cuando está solo. No le gusta hablar con extraños porque lo intimidan. Compensa su timidez con una estridente autoafirmación en su presencia. En lugar de responder a las preguntas de un entrevistador, pronuncia discursos emocionados, buscando así crear para sí mismo la atmósfera de la reunión pública cuando en realidad se encuentra en su casa”.

Kaltenborn esperaba que su entrevista con el dictador alemán arrojara luz sobre las operaciones nazis, en particular sobre la mentalidad racista y antidemocrática de sus líderes. Pero sus preguntas sobre el antisemitismo de Hitler y sus puntos de vista sobre la dictadura entraron en conflicto con un elemento central del libreto fascista: el “fuhrerprinzip”, la idea de que los líderes tienen razón en todo y que el resto, incluidos los periodistas, deben aceptar sus explicaciones sin preguntar.  

Por eso, como explicó Kaltenborn, “desde el comienzo de su carrera pública, Hitler ha evitado el contacto personal con hombres que no están de acuerdo con él. Es tan consciente de su incapacidad para persuadir a los individuos como seguro de su habilidad para atraer a las masas”. Kaltenborn sintió que podía hacerle preguntas críticas a Hitler. Sin embargo, descontento con el cuestionamiento, Hitler se limitó a afirmar su antisemitismo, su identificación fascista con Mussolini y su vocación dictatorial. En otras palabras, simplemente se concentró en repetir sus grandes mentiras.

Es por eso que dictadores como Hitler prefirieron hacer entrevistas con quienes los idolatraban, no con periodistas serios e independientes, para poder extender su culto evitando preguntas críticas. El primer dictador argentino José Félix Uriburu, por ejemplo, fue “entrevistado” para legitimar el golpe de 1930 enmarcándolo falsamente como una revolución heroica. La entrevista ayudó a reforzar el mito del líder, cristalizando una narrativa ficticia que pasó a formar parte de la larga historia del autoritarismo en Argentina.

En 1931, el escritor judío alemán Emil Ludwig entrevistó a Benito Mussolini en el apogeo de su dictadura. Inicialmente, Mussolini vio esto como una oportunidad para difundir sus mentiras en el extranjero, mientras que Ludwig lo vio como una oportunidad para distanciar a Mussolini de Hitler y criticar el racismo y el antisemitismo nazis. Tal vez, fue el tono de aprobación e incluso de admiración de Ludwig lo que llevó a Mussolini a bajar la guardia y ridiculizar abiertamente el antisemitismo nazi.

Pero luego, Mussolini cambió de opinión, finalmente bloqueó la circulación de la entrevista publicada como libro y permitió que se volviera a publicar solo después de cambios importantes, por temor a parecer débil frente a los periodistas y para evitar dañar las relaciones con Hitler.

Finalmente, Mussolini aprobó sus propias leyes raciales en el otoño de 1938 y, como demostró el historiador italiano Simon Levis Sullam, algunos años más tarde y bajo la ocupación nazi, los fascistas se convirtieron en verdugos clave del Holocausto en Italia. La entrevista publicada con Mussolini apareció en todo el mundo en varios idiomas, lo que ayudó a normalizar la imagen de Mussolini en el extranjero, mientras se silenciaba dentro de la propia Italia. En consecuencia, la entrevista no logró ningún resultado positivo, ni dentro de Italia ni a nivel internacional a pesar de las buenas intenciones de Ludwig.

En resumen, los fascistas y populistas históricamente no favorecieron el debate o el acceso abierto a las ideas, sino que siempre buscaron minimizar la relevancia de instituciones democráticas como la prensa libre. Aspirantes fascistas como Trump y Bolsonaro a menudo han demonizado a los medios independientes, pero a menudo lo hacen en esas mismas plataformas mediáticas, y con demasiada frecuencia sin enfrentarse a preguntas críticas.

Es por ello que populistas extremos como Trump y Bolsonaro han llegado a ver a la prensa independiente como un adversario clave de su propia política, pero también como una herramienta de manipulación. La noción de escuchar a “las dos campanas” adoptada frecuentemente por los medios independientes los hace vulnerables a ser utilizados para amplificar mentiras. Como muestra la historia, los dictadores fascistas siempre entendieron que el papel de los medios libres era incompatible con su propaganda antidemocrática, y sin embargo manipularon esos mismos medios siempre que se les permitió hacerlo. 


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